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lunes, 3 de septiembre de 2018

HACIA UN HABITUS AMBIENTAL: EL APORTE DE LA ECOPEDAGOGÍA


Hacia un habitus ambiental:
el aporte de la ecopedagogía a la pedagogía planetaria

Por Hernando Uribe Castro
Doctor en Ciencias Ambientales

Ya lo había señalado en mi reciente libro titulado Sobre el Campo Ambiental, que para enfrentar la crisis ambiental se requiere, entre otras cosas, de la construcción de un habitus ambiental, nutrido por procesos ecoeducativos o de educación para la sustentabilidad. Es decir, la construcción de una serie de disposiciones pedagógicas (que refuercen formas de comprender, de ver, de sentir, de pensar y de actuar frente a la naturaleza planetaria y la naturaleza cósmica) sobre las bases de la ética de sustentabilidad y los principios de vida. Un proceso pedagógico donde la ética ecológica y ambiental, se interioricen en cada uno de los individuos y grupos.

Un habitus ambiental entendido como el conjunto de disposiciones mentales y cognitivas que conlleven y produzcan prácticas humanas cargadas de sensibilidad y entendimiento por la complejidad del sistema planetario, e inter-retro-conectadas con la diversidad de la vida. Esto es en el fondo, una revolución educativa que aporta a superar la crisis ambiental, como una dimensión de la crisis civilizatoria y que puede poner -y concentrar- todo su esfuerzo en crear valoraciones de respeto por la otredad, la alteridad y las diferencias. Conocimiento y reconocimiento de las leyes sistémicas del planeta. Una pedagogía ecocentrada y que supera las desgatadas bases del antropocentrismo.

Para alcanzar éste habitus ambiental se hace necesario que en el campo educativo, se produzca una revolución a partir de la cual, se puedan construir otros procesos pedagógicos, otra enseñabilidad, otros currículos más ambientalizados y ecologizados, enfocados a los ciudadanos y las nuevas generaciones, para que adquieran un entendimiento, comprensión y sensibilidad, más profunda sobre la  experiencia y el arte de vivir en los entornos de vida y su relación con todo el planeta como un ser vivo.

Unas enseñanzas y didácticas que puedan mostrar y hacer comprender, con toda claridad, las devastaciones que, como seres humanos, hemos producimos en los diferentes niveles, espacios y escales del planeta, y a proponer firmes soluciones para superarlos, mejorarlos y no repetirlos. Una ecoeducación alimentada de principios éticos del cuidado, del conocimiento de la complejidad de la vida, de la responsabilidad y del sentido de pertenencia a un mundo sensible e increíblemente complejo y frágil[1].  Una ecoeducación que mueve y toque las fibras humanas del sentir, pensar y actuar ambientalmente.

Una ecoeducación, o pedagogía cósmica, que pueda dimensionar en los seres humanos, su lugar en el mundo y en el cosmos, el lugar de todos los seres vivos; del increíble funcionamiento complementario entre el átomo y el cosmos; de la interesante diversidad en los modos de ver y entender el sistema humano y cultural en éste planeta.

Una ecoeducación ecocentrada. Que pueda producir unas nuevas experiencias y sensaciones del contacto con la naturaleza (el agua, el viento, los animales, las plantas, etc.). Esto implica una danzar, no como oposiciones sino como complementos, entre lo disciplinado y lo interdisciplinado, entre las ciencias sociales y las ciencias naturales, entre los conocimientos y los saberes, entre lo teórico y lo práctico, entre la razón y la emoción. Una ecoeducación que valora la diversidad, lo étnico, lo histórico-espacial, la filosofía, la matemática, la ciencia normal y posnormal, lo particular y la totalidad.

Bien lo señala el “Manifiesto por la Vida”:

“La educación para la sustentabilidad debe entenderse en este contexto como una pedagogía basada en el diálogo de saberes, y orientada hacia la construcción de una racionalidad ambiental. Esta pedagogía incorpora una visión holística del mundo y un pensamiento de la complejidad. Pero va más allá al fundarse en una ética y una ontología de la otredad que del mundo cerrado de las interrelaciones sistémicas del mundo objetivado de lo ya dado, se abre hacia lo infinito del mundo de lo posible y a la creación de “lo que aún no es”. Es la educación para la construcción de un futuro sustentable, equitativo, justo y diverso. Es una educación para la participación, la autodeterminación y la transformación; una educación que permita recuperar el valor de lo sencillo en la complejidad; de lo local ante lo global; de lo diverso ante lo único; de lo singular ante lo universal” (2003, p. 3).

Esta ecoeducación -que no se limita solo a la educación formal, sino que es incluyente de otras formas de educación-, contaría con la participación de diferentes actores sociales, educativos y políticos: familias, escuelas, científicos, intelectuales, académicos, grupos de pares, líderes sociales, medios de comunicación sensibles y coherentes con lo ambiental, movimientos sociales y culturales, entre otros. Una ecoeducación que esté abierta a conocer, comprender, y en lo posible adoptar, las enseñanzas tradicionales que se sustentan en la idea de comprender la vida como una totalidad, como una interconexión entre los sistemas físicos, culturales y espiriturales. 

Todos estos actores aportarían en la construcción de una ciudadanía de y para la sustentabilidad. Una ciudadanía en línea y conectada con el sentir del planeta. Una ciudadanía donde las bases emocionales y científicas, produzcan y conduzcan a una lucha constante por mantener el planeta, y todo lo que lo  contiene, como un organismo vivo. Una ciudadanía responsable con la atmósfera, la hidrósfera y la litosfera. Un ciudadano sistémico y crítico, que haga del planeta una parte de su cuerpo, de su mente y de su cognición.

Un ciudadano situado, como lo diría L. Boff (2003), con la ética planetaria, que estaría alimentada por otras éticas como la del diálogo, del cuidado, de la solidaridad, de la responsabilidad, de la compasión y de lo holístico. Recomiendo leer la Carta de la Ecopedagogía



[1] Un trabajo interesante sobre ecoeducación se puede ver en: Gadotti, Moacir. (2003). “Pedagogía de la Tierra y cultura de la sustentabilidad”. En: Paulo Freyre. Revista de Pedagogía Crítica. Año 2, No. 2.

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