Este es un espacio que propone reflexiones y debates sobre la inter-retro-conexión sociedad en la Naturaleza y la Naturaleza en la sociedad.

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viernes, 1 de marzo de 2024

LA "AUTOPISTA" SIMÓN BOLÍVAR EN SANTIAGO DE CALI

La “Autopista” Simón Bolívar en Santiago de Cali


Por: Hernando Uribe Castro, PhD.


Me llama profundamente la atención que, a pesar de las décadas transcurridas desde su apertura, la así denominada “Autopista” Simón Bolívar al oriente de la ciudad de Santiago de Cali en Colombia, continúe sin terminar en su diseño y estructura.

Esta es una vía considerada como una de las más importantes de esta región, porque conecta el norte del área metropolitana de Cali con la zona del sur, de un modo más directo y en un trayecto que acorta tiempo de desplazamiento.

Ella ha sido objeto de varias ampliaciones a lo largo de su historia -como sucedió hacia finales de la década de los años noventa con la construcción del segundo carril  en 1998- y las obras complementarias que se realizaron en la última década para incorporar las vías por donde transita el Sistema de Transporte Articulado. No obstante, esta importante ventaja con respecto a otras vías de la ciudad y de sus condiciones sociales de posibilidad de cumplir una función adecuada de movilidad, han sido deplorables por, el siempre, mal estado de su malla vial, de sus andenes, de la señalización y de la demarcación, que hacen de la Simón Bolívar, un lugar de tránsito de alto riesgo para la salud física y emocional de los ciudadanos.

No solo por lo que representa en términos de actos delictivos y criminales que sobre ella se presentan continuamente, sino porque su calidad y estado de vías -y de todos los elementos que la componen-, ponen en alto riesgo la vida de las personas que transitan como peatones y conductores.

Estamos ante un cinturón vial sin clara señalización y atestada de increíbles trampas mortales (como los gigantescos huecos) que sobresalen del pavimento, de sardineles, de los postes, de los cables y de los andenes. Transitar por sus cruces representa siempre un acto de valentía.

Por ejemplo, una persona con movilidad reducida tiene gran dificultad para desplazarse libremente por el espacio público peatonal, dados los desniveles en el piso, la ocupación con todo tipo de obstáculos sobre los angostos andenes mal ubicados y las constantes trampas que el caminante puede tener en su recorrido.

En ella existen “vías sin sentido” que, por arte de magia social -y a veces sin ningún tipo de advertencia-, pasan de 6 carriles a tan solo 2 y de tres carriles a tan solo uno. Posee una ruta para ciclistas que aparece en unos trayectos y, en otras, desaparece.

Esta ha sido una de las avenidas cuyo flujo se ve interrumpido por un creciente número de semáforos, dada la deficiente planeación de la red vial. Se han construido increíbles puentes a unos altos costos económicos que representan altos impuestos para los ciudadanos, pero que, una vez entrados en funcionamiento, se deterioran del modo más rápido.

Puentes vehiculares presentados por la publicidad de los políticos como las más grandes “Mega-obras” y cuya función ideal era permitir un mejor flujo urbano, han terminado bordeados y ocupados-obstaculizados –incluso sobre ellos mismos-, con semáforos que detienen y/o restringen el paso fluido. Inmensos puentes vehiculares con semáforos por debajo, por arriba y por los lados.

El caminante de a pie la tiene más difícil porque experimenta un alto riesgo, que potencia la probalidad de la pérdida de integridad física, sino porque tiene que enfrentar y experimentar los comportamientos de conductores irresponsables, quienes por sus afanes, transitan a unas altas velocidades sobre las vías, y lo peor, sobre los andenes. Esta avenida es un claro ejemplo de una anomia urbana.

Todo lo anterior ha alcanzado niveles de gran preocupación, dado que esta ciudad experimenta el incremento exponencial de autos y motocicletas que transitan por las calles, dadas las escasas exigencias en la normatividad a la hora de otorgar las licencias de conducción. El mercado de motos, por ejemplo, ha generado grandes dividendos a las compañías importadoras, ensambladores y productoras.

A ello se debe sumar una ciudad en crecimiento cuyo cuerpo de agentes de tránsito queda limitado en realizar su trabajo porque perdió toda autoridad entre los ciudadanos por causa del comportamiento corruptos de algunos de ellos. Son cientas las situaciones que se presentan asociadas a los atropeyos que producen los ciudadanos a esta autoridad. Aunque se hacen controles viales, estos son insuficientes.

Las tecnologías urbanas incorporadas, como las cámaras de foto-multa o de vigilancia vial, con las que se pretendía mejorar el comportamiento de los ciudadanos en su transcurrir por las vías de la ciudad, terminaron mercantilizadas para asegurar recursos económicos para las agencias; su objetivo inicial de ser controladoras y promotoras de nuevos compartimientos más responsables, se diluyó.

Como ciudadano, se piensa dos veces, antes de tomar la iniciativa de transitar por los muchos kilómetros que posee la “Autopista” Simón Bolívar de Cali. Y si nos vemos obligados a movilizarnos por ella, el sentido de seguridad, de certidumbre y de salir victoriosos y con vida de ella, decrece sustancialmente.

Estamos ante una realidad espacial de increíble riesgo; como ciudad importante de Colombia, se posee una vía cuyas condiciones sociales de existencia deplorable, cobra la vida de muchas personas a lo largo del año. Nadie dice nada. Nadie hace nada.







jueves, 21 de junio de 2018

COMUNIDADES DESPOJADAS Y "DESCAMPESINIZADAS"


Comunidades despojadas y “descampesinizadas”

Por:
Hernando Uribe Castro
Doctor en Ciencias Ambientales

Hernando Uribe Castro
En la segunda mitad del siglo XX y lo que ha corrido del siglo XXI, la ciudad de Cali se convirtió en foco de llegada de población despojada y desplazada por motivos tales como: conflicto armado (Caso en el Macizo Colombiano y todo el Pacífico), desarrollo de megaproyectos agenciados por el Estado (casos represas de Salvajina y Anchicayá), actividades extractivas legales e ilegales (casos río Dagua y Departamentos del Cauca y Chocó), eventos por desastres (caso Tumaco), narcotráfico (todo el suroccidente y zona cafetera desde el Departamento de Antioquia hasta la frontera con Ecuador), agresiones-persecución y muerte a líderes y lideresas (provenientes de todo Colombia), entre otros.

Por sólo citar algunos datos recientes (para el caso concreto del Pacifico colombiano) y aportados por la Consultoría para los Derechos Humanos y el Desplazamiento (CODHES), “Entre 2010 y 2017, han ocurrido por lo menos 576 eventos de desplazamiento masivo[1] y múltiple, lo que corresponde al 71% del total eventos en el país 170.000 personas que equivale al 81% total de las víctimas identificadas en el monitoreo”[2].

Esta población, en su mayoría campesina, afrodescendiente e indígena, enfrenta la situación de despojo y desplazamiento forzoso y se ve obligada a salir de sus tierras para llegar a  centros urbanos como la ciudad de Cali. En este lugar, las familias víctimas enfrentan la vida urbana en espacios que son marginalizados y segregados como sucede con los asentamientos informales, muchos de ellos considerados por los agentes del Estado como “invasores”. Fueron víctimas por el despojo en su lugar de origen y, una vez en la ciudad, revictimizadas como “invasores”.

Es un hecho que los asentamientos informales en Cali siguen en aumento. Cada día, aparecen noticias sobre los intentos realizados por grupos de población por tomar tierras mediante vías de hecho en zonas de alto riesgo para construir sus viviendas, incluso enfrentando la fuerza pública. Según se anuncia, “En las 133 invasiones que hay actualmente en Cali habitan 150.000 personas, de las cuales al menos un 40 % se encuentran en zonas de alto riesgo no mitigable, es decir, cerca de 62.000 personas”[3]

Históricamente, las autoridades locales utilizan diferentes repertorios de acción para enfrentar la proliferación de estos asentamientos, los cuales van desde: el uso de la fuerza pública (para atender los nuevos casos de intentos de formación de asentamientos humanos informales), la ejecución de políticas de relocalización (para la población que viven en asentamientos que llevan décadas de existencia y que se perciben en riesgo por ubicarse en zonas de alto riesgo) y para una gran mayoría de casos, se produce la “formalización” y “regularización” de los asentamientos, sobre todo cuando no son atendidos o no se les ha prestado la atención debida.

Para el caso de los asentamientos informales ya establecidos desde hace algunos años y que se encuentran en zonas consideradas como de alto riesgo -como sucede con los existentes en el jarillón, Charco Azul, Pondaje o en algunas zonas de ladera-, las soluciones planteadas están enfocadas a las políticas de relocalización y reagrupamiento; es decir, se producen políticas de relocalización de familias que viven de modo informal en diferentes zonas de la ciudad, en su mayoría de origen campesino, y se reagrupan en zonas de urbanización conformadas por casas o apartamentos entre 28 y 35 m². Todo ello, como parte de las políticas públicas de vivienda que albergan a la población sin acompañamiento de parte de las instituciones del Estado y confinadas a vivir en estos lugares reproduciendo, en algunos casos, la segregación, la marginalidad, la miseria, la violencia y la criminalidad.

Un caso claro de reagrupamiento de población confinada a vivir en una zona de urbanización catalogada hoy como una de las más violentas de la ciudad es la Urbanización "Potrero Grande" en el oriente de Cali. Se trata de una población que continúa siendo marginalizada, estigmatizada y confinada por las autoridades, física y simbólicamente, a realizar sus vidas en estos lugares. Lugares sobre los que se ejerce, lo que hemos denominado en otros momento, un “encerramiento simbólico”, a pesar de que no existe una malla o reja que la separe de los demás lugares de la ciudad[4].

Esto es, en otras palabras, un proceso de urbanización de familias campesinas cuya condición de vida expresa, como lo dice Garay, “serios problemas de exclusión y marginalidad”[5]. Fíjese que no son políticas de retorno a sus lugares de origen, o políticas que refuercen la restitución de tierras. Es sabido que en Colombia, han existido dificultades para hacer posible el cumplimiento de la Ley de Victimas y Restitución de Tierras. Todavía se dan pasos lentos en este sentido, y los resultados no han sido los esperados ni los proyectados por la complejidad de lo que significa el retorno de los campesinos al campo en un país donde los espacios rurales continúan cooptados por nuevos grupos delincuenciales, neoparamilitares, disidencias y redes criminales.

Con un agravante, y es que conociendo el ambiente que rodeará al nuevo gobierno nacional elegido el 17 de junio del 2018, y cuya meta anunciada fue “hacer trizas el Acuerdo de Paz”, se prevé un escenario en el que el proceso de paz ingresará en su peor crisis. Proceso del que depende la convivencia en el campo, el retorno de los campesinos y la implementación de todas las políticas que favorecen a las víctimas, las comunidades y sus territorios. Por lo visto, el aumento en número de comunidades “despojadas”, campesinos “descampesinizados” y “proletarizados” y reagrupados en zonas de urbanización en las ciudades en Colombia será parte del diario vivir.

A pesar de ello, en Colombia, todavía existen familias, grupos y comunidades campesinas, indígenas y afrodescendientes que se resisten a dejar sus tierras, sus pertenencias, su lugar de vida; a dar la luchar por lo que son y a defender el terruño para resistir los embates de un modelo de sociedad arrasadora y "descampesinizadora", de unas políticas agresivas y lesionarías y unas redes criminales que van por sus pertenencias, sus fuentes productivas y sus bienes de la naturaleza.



[1] "De acuerdo con el Decreto 2569 de 2000, se entiende por desplazamiento masivo un evento en el que se desplazan por lo menos 10 familias o 50 personas, por las mismas circunstancias. De acuerdo con la metodología de CODHES, un desplazamiento múltiple, es todo aquel que supera las 10 personas, pero no alcanza a ser masivo." (Codhes, 2017).
[2] CODHES, (2017). Boletín CODHES, no. 93. Consultoría para los Derechos Humanos y el Desplazamiento. Bogotá, noviembre de 2017. p. 2.
[3] El País, (2018). 62 mil personas que viven en invasiones de Cali están en alto riesgo. Junio 12 de 2018.
[4] Uribe-Castro, H., Holguín, C. J., & Ayala-Osorio, G. (2016). De “invasores” a población urbanizada: encerramiento simbólico de los habitantes de Potrero Grande en Cali-Colombia. PROSPECTIVA. Revista de Trabajo Social e Intervención Social, (21), 181-211.
[5]  Garay, L. J. (2009). El reto ante la tragedia humanitaria del desplazamiento forzado: reparar de manera integral el despojo de tierras y bienes. Comisión de Seguimiento a la Política Pública sobre Desplazamiento Forzado, Bogotá. p. 74.

viernes, 6 de octubre de 2017

AGENTES Y AGENCIAS "AMBIENTALISTAS" VERDADERAMENTE FALSAS

Agentes y agencias “ambientalistas” verdaderamente falsas!

Por
Hernando Uribe Castro
PhD. en Ciencias Ambientales
Magister en Sociología



Vivimos un momento de gran turbulencia ecológica y ambiental producida por una racionalidad humana, que reduce a valores de capital todo cuanto se pueda reducir. Una característica de este momento es la indolencia que produce en muchos corazones, cerebros y cuerpos la extinción, el dolor, el sufrimiento de otras especies, de otras vidas y la de muchos otros seres humanos.

Se perciben las plantas y los animales, incluso muchas almas humanas, como objetos, como artículos, como productos, muchas veces, como objetos de decoración. No se comprende, no se entiende y no se quiere ver que cada vida, por más grande o diminuta  que sea, es posible porque existe una compleja trama de inter– retro–conexiones físicas, biológicas, es decir, planetarias y cósmicas que lo permiten. Detrás de cada vida existe una compleja interacción que a veces escapa a los ciegos ojos humanos. La vida de una planta o de un animal vale por sí misma. Esa vida es en sí misma.

Los humanos tenemos gran dificultad para despojarnos de esa idea ingenua, parcial y egoísta según la cual, solo viven aquellas cosas que nos son productivas, que nos son útiles y que nos benefician. Los humanos cargamos con una suprema arrogancia de especie que ha producido el desastre de planeta en que nos hemos convertido. Ello conlleva a pensar que hace falta una reconexión con la vida, una visión del mundo distinta y en toda su complejidad y toda su trama. Una reconexión que permita experimentar no solo las múltiples dimensiones de la existencia sino también lo pequeños y diminutos que somos con respecto al tamaño de la incertidumbre cósmica.

De dientes para afuera, nuestras palabras parlotean sobre la crisis ambiental y la necesidad de encontrar soluciones, si es que la conciencia acepta verdad; pero de dientes para adentro, las intenciones, comprensiones, intereses y modos de entender la existencia producen comportamientos que expresan la total desconexión con la vida. Se podrían citar miles de ejemplos sobre este hecho, pero deseo referir uno que acontece en estos días en Cali. En diciembre se celebra solamente durante 4 días la Feria de Cali, evento que poco a poco se ha ido privatizando. Para este evento se construyen unas tarimas para que la gente pueda ver los desfiles. Para este 2017, el Departamento Administrativo de Gestión del Medio Ambiente y la alcaldía de Cali habían comunicado que podarían, trasladarían y erradicarían 43 árboles para construir la tarima. Una tarima que es provisional porque solo se construye en la fecha decembrina. Se echó más leña al fuego cuando a través de redes sociales se difundió un fragmento de una entrevista a una funcionaria que expresó: “Estamos en la ciudad, no en el campo, y como la ciudad se combinan otros tipos de derechos, entre esos cultura, entonces se justifica la tala; los ciudadanos no debemos generar polémica y debemos pensar en arborización donde nacen las cuencas y no en la ciudad" Comentarios que por cierto es desacertado, lamentable e inapropiado.

De inmediato tuvo que intervenir la Personería Municipal de Cali y los habitantes sensibles a la protección ambiental para denunciar estos hechos. Según el periódico El País “La Personería Municipal informó este viernes que las justificaciones del Departamento Administrativo de Gestión del Medio Ambiente, Dagma, para intervenir 43 árboles sobre el separador de la Autopista Sur Oriental, no son válidas y recomiendan no otorgar permisos a Corfecali”[1]

Sorprende que entidades, que dicen estar enfrentado las consecuencias del cambio climático, que favorecen la protección de los bienes de la naturaleza, de su cuidado, incluso de su conservación, terminen reproduciendo acciones contrarias a todo ello que burdamente afectan en gran cantidad y dimensión. Acciones que se llevan a cabo con mensajes y “verdades” verdaderamente falsas. Con embustes y falacias. Utilizan y hacen uso de los conceptos ambientales como estrategia y argucia para hacer creer que están en la línea de la responsabilidad ambiental. Esta trampa es más peligrosa aún porque las acciones que llevan a cabo las realizan y las imponen mediante dispositivos y argucias que timan, engañan y mienten a la toda la comunidad.

Estos agentes -que dicen hablar y actuar en nombre de las instituciones más ambientalizadas del Estado y que además proclaman que velan por el cuidado de plantas y animales-, reproducen el falso ambientalismo: talan árboles con toda su diversidad de vida en ellos para construir tarimas, canalizan ríos para favorecer el negocio de la creciente segregación urbana, proponen urbanizaciones en antiguos basureros, autorizan la construcción de infraestructuras en zonas de humedal, permiten el despojo a las comunidades de su tierra para plantar los lucrativos monocultivos que amplían las arcas de la acumulación de capital privado. Todo ello se hace en nombre del "progreso" y del "desarrollo" que son más importantes, dicen ellos, que unos cuantos árboles talados, unas cuantas bosques extintos, unos cuantos humedales desecos, unos cuantos ríos transformados y contaminados. Ojo, cuando se tala un árbol no es solo la vida del árbol la que desaparece sino toda la trama de vida con la que está conectado ese árbol. Cuando se deseca un humedal se afecta todo el sistema de vida que habita en él y los otros ecosistemas que dependen de él.

Agentes que siendo cuotas políticas de intereses burocráticos de otros agentes de Estado, seguramente de más rango poder, van en contra de las evidencias de una humanidad al borde de la inexistencia planetaria. Mientras que con una mano sostienen el parlante con el que le vociferan al pueblo lo sostenible que son sus acciones “ambientales” llevadas a cabo, con la otra mano y sierra entre dedos, manipulando maquinaria y haciendo cuentas con el capital, arrasan y depredan con las formas de vida, los colores, los olores y los bienes de la naturaleza.




[1] El País. “Personería recomienda no intervenir árboles de la Autopista”. Octubre 5 de 2017.

miércoles, 30 de agosto de 2017

CONFLICTOS AMBIENTALES EN CALI, COLOMBIA

Conflictos Ambientales en Cali, Colombia

Por:
Hernando Uribe Castro
Doctor en Ciencias Ambientales y Magíster en Sociología

Los conflictos ambientales aparecen en la escena (urbana o rural), cuando una serie de acontecimientos es definida por un conjunto de actores sociales como problemas ambientales. En los conflictos ambientales, los actores sociales que participan en la contienda poseen distintas formas de percibir, de entender y de actuar frente a la naturaleza y sus bienes: el agua, la tierra, el aire y la biodiversidad.

No es que hoy aparezcan como por arte de magia los conflictos ambientales. Este tipo de conflicto ha estado presente desde tiempo atrás. Lo que sucede es que, anteriormente, no se entendían como tales, es decir, como ambientales. Es en el siglo XX, el momento histórico en donde lo ambiental cobró una importancia central en la vida del planeta y de sus habitantes, precisamente, cuando desde algunos sectores de la ciencia, de las comunidades y desde los pueblos ancestrales se hizo llamados urgentes, gritos de tierra, por la destrucción que producía un modelo de desarrollo económico concentrado en la acumulación de capital y las leyes del mercado en los territorios y en el sistema planetario.

Algunos impactos globales fueron identificados: por ejemplo, la destrucción del Amazonas, la pérdida de la capa de ozono, la contaminación oceánica, el derretimiento de los polos, el aumento del nivel del mar, el calentamiento del planeta, la explosión de reactores nucleares, entro otros. Otros impactos fueron identificados como desastres locales: la tala de bosques, la pérdida de bosque seco tropical, los efectos de la construcción de estructuras e infraestructuras como represas, hidroeléctricas, vías, urbanizaciones, ampliación de la frontera para ganadería, monocultivos, exterminio de humedales, desecación de lagos, extinción de ríos, etc. Los distintos medios de comunicación de masa, las revistas científicas, los eventos científicos, las discusiones políticas, los partidos “verdes” o ambientales en todo el mundo, el desarrollo de la educación ambiental y los movimientos sociales fueron centrales en la difusión de estos eventos y en su reconocimiento.

En ciudades como Cali, capital del Departamento del Valle del Cauca en Colombia, hoy en día se perciben conflictos ambientales, que si se observan bien, proceden desde tiempo atrás, sobre todo desde el mismo momento en que se establecieron las políticas modernizadoras y modernizantes que fueron impulsadas por las elites de poder económico y político de la región. Planes, programas y proyectos que en nombre del "progreso" se llevaron a cabo, pero que terminaron por afectar a los ecosistemas (con mayor intensidad desde inicios del siglo XX). 

Frente a estas acciones lideradas por las elites, aparecieron poco a poco las respuestas y las acciones comunitarias en defensa de los ecosistemas y de los entornos de vida. Algunas de estas acciones fueron de resistencia ambiental. Las protestas por el mejoramiento de las vías en los años setentas, las luchas por los humedales, la destrucción del bosque en los cerros sobre los Farallones de Cali, la lucha por el acceso al agua potable, entre otros, son algunos ejemplos de estos conflictos.

El crecimiento de la ciudad hacia el oriente, hacia la ladera en el occidente y el sur de la ciudad evidenció los fuertes impactos humanos sobre la naturaleza: humedales desecados, la canalización de los ríos con jarillones mal diseñados y construidos, la falta de control sobre el espacio, el no reconocimiento de los otros sujetos, la escasez del agua, la expansión urbana en las zonas de bosque son solo algunos ejemplos de estas afectaciones a los ecosistemas y comunidades.

El conflicto que actualmente se presenta entre las comunidades asentadas en el jarillón del río Cauca y algunas agencias del Estado se puede considerar como un conflicto no solo político, económico, de planeación, sino también como un conflicto ambiental. También se tiene el caso de la construcción de la Terminal del MIO (Sistema de Transporte Masivo) en el sector del Valle del Lili, proyecto que se pretende realizar sobre un ecosistema de humedal, el humedal el Cortijo, también puede considerarse como un conflicto ambiental. Y son conflictos ambientales porque los actores tienen distintos modos de percibir, comprender y actuar frente a la naturaleza. Para las elites, corporaciones y empresarios, los bienes de la naturaleza son materia prima, una mercancía que debe explotarse o usarse para alcanzar el "desarrollo". Para las comunidades, la naturaleza es la fuente de vida y un sujeto de derechos.

A estos hechos se suman: conflictos por la contaminación de los ríos que pasan por la ciudad, la contaminación del aire por parte de las empresas e industrias, el manejo inadecuado de las escombreras, las actividades de minería en las zonas de los Farallones, etc. A medida que la ciudad crece, aparecen más y más conflictos ambientales, que se suman a la lista de los ya existentes desde el pasado y que no han sido resueltos a pesar del correr de los años.

Lo interesante es que se evidencia que las comunidades se están organizando para enfrentar todas estas situaciones adversas. Especialmente aquellas situaciones en donde las decisiones de los agentes privados y del Estado tratan de imponer planes y proyectos de desarrollo que tienen impactos severos en los entornos de las comunidades y en las condiciones ambientales. La defensa de los árboles, la defensa del bosque, la defensa de los animales, la defensa de un ambiente sano y de respeto y responsabilidad con la naturaleza se hace más fuerte cada día. Tal es la fuerza de la comunidad, que en algunas ocasiones las autoridades deben hacer uso de la fuerza policial para imponerse y así llevar a cabo los proyectos. A pesar de las acciones represivas y de control, encuentran la resistencia y la lucha de las comunidades que ya no se dejan manipular tan fácil como en tiempos anteriores.

Hoy, las comunidades locales refuerzan su papel como sociedad civil. Una sociedad civil que se informa, que estudia y trata de comprender los efectos de las políticas y de los proyectos. Una sociedad civil que se empodera de sus entornos, que vela por el bienestar de la comunidad y de todo lo que en ella habita.

Las elites de poder la tienen bien difícil cuando las comunidades se organizan y luchan por sus derechos y los derechos de la naturaleza, que son los derechos a la vida, a vivir sanamente y en paz.

La cuestión ambiental y el modo como se haga uso de ello, será decisivo para el mundo político y sus dinamizadores: los agentes y los partidos políticos. Todos aquellos programas políticos y económicos que no incluyan, o que sus propuestas, afecten o perturben la naturaleza y los entornos de vida de las comunidades se verán fuertemente debilitados, afectados y extinguidos. Lo ambiental cobra una importancia sustancial y las comunidades se están armando de los dispositivos del saber, de la ciencia,  de la sociedad y de los elementos jurídicos para defender la vida.

Por ello tan importante la alfabetización ecológica y ambiental. Por ello tan importante la formación ciudadana en un ética de la vida y del ambiente. Una sociedad que reduzca su vida y su futuro a lo meramente económico, será una sociedad manipulada, dominada y controlada, que enfrentará con mayor rigor los estragos de la crisis civilizatoria.

Recomiendo que las comunidades y todas las personas, incluyendo los actores de poder político y económico, lean el documento “Manifiesto por la Vida” que se encuentra disponible en el siguiente link: http://www.pnuma.org/educamb/documentos/Manifiesto.pdf


viernes, 19 de mayo de 2017

CALI Y EL CAMBIO CLIMÁTICO

Cali y el cambio climático

Por
Hernando Uribe Castro
Ph.D. en Ciencias Ambientales

Es evidente que Santiago de Cali no está preparada para afrontar las fuerzas que imponen los efectos del cambio y la variabilidad climática. Se suma a ello, el hecho de que Cali es una ciudad planeada más desde los escritorios de los tecnócratas y desde los intereses de una elite económica y política que se interesó profundamente en cómo hacer riqueza con el mercado de tierra y la expansión urbana, y muy poco en cómo aportar a la construcción de una ciudad acorde a las características propias del territorio y sus ecosistemas.

La ciudad fue construida sobre zonas de humedales, lagos y ciénagas que fueron intervenidas con obras llevadas a cabo por las instituciones en nombre del Estado para sacar una renta y beneficio económico a la tierra. Por ejemplo, la línea del jarillón se construyó junto a la orilla del río canalizando de este modo el caudal del río Cauca e interviniendo la comunicación entre ésta y su zona de inundación. El papel que cumplían los humedales, lagos y ciénagas era precisamente el de ser espacios de control del desbordamiento del afluente y de sus tributarios.

Toda la parte de Cali, desde la línea del ferrocarril (entre las calles 25 y 26) hacia el oriente debió ser una zona de amortiguamiento para la dinámica de inundación del río Cauca y no un área de expansión urbana. Esto había quedado muy claro en la formulación del Plan Piloto de los años 40. Plan que por supuesto no fue llevado a cabo en su totalidad porque primaron más los intereses  por fomentar y ejecutar el Plan Lilienthal que diseñó el valle geográfico del río Cauca a imagen y semejanza del Plan Teneesse en Estados Unidos con el que se pretendía beneficiar un sector agrícola y agroindustrial. En el marco de este Plan Lilienthal, se ejecutó el Plan Aguablanca para la ciudad de Cali. Con el Plan Aguablanca, las áreas de inundación, aquellas en donde estaba el gran sistema del sector, se incorporaron como tierras para la expansión urbana desecando y rellenando este inmenso sistema de humedales.

A esto se debe agregar que las elites, al negociar el valor de la tierra, no prestaron tampoco una atención a las cuencas hidrográficas que bajaban desde los Farallones de Cali en la Cordillera Occidental hacia el río Cauca. Muchos de estos ríos fueron canalizados (como Cañaveralejo, Meléndez y Lilí). El Cañaveralejo llevó la peor parte pues fue convertido en canal de aguas residuales y unido a los otros dos ríos (Meléndez y Lilí) mediante un canal de intercepción en el sur. No es raro pues, que ahora estos afluentes puedan recobrar su memoria y producir los estragos sociales que se han venido construyendo por largos años debido a que sus áreas de inundación fueron urbanizadas.

Las autoridades nunca controlaron el proceso expansivo de urbanizaciones legales e ilegales hacia las zonas de ladera, así como en el oriente, incluso en la línea del jarillón. Hoy en las zonas de ladera habitan innumerables familias (de estratos socioeconómicos altos, medios y bajos) que corren gran peligro ante posibles deslizamientos por las intensas lluvias producidas por los efectos del fenómeno de La Niña, así como por la pérdida del bosque, el aumento de la erosión y los incendios forestales. Se construyó así la posibilidad inminente de un riesgo social de gran envergadura ante un cambio climático cuyos efectos se van haciendo más fuertes con el pasar del tiempo. Lo que se ha visto de estos efectos en la ciudad de Cali todavía es poco para lo que en términos de variabilidad y cambio se prevee, viene para el futuro.

Lo que se observa es que las acciones del gobierno local y nacional actúan sobre los acontecimientos ya producidos y no sobre la capacidad de evitarlos y/o prevenirlos. Los recursos que se asignan para la atención por desastres en Colombia es inmensa y esto se convierte en un botín muy importante para agentes y funcionarios corruptos que se aprovechan de que las cosas sigan así.

Los lugares de la ciudad y sus zonas adyacentes que desde tiempo atrás venían presentando problemas por inundaciones (en temporadas de fuertes lluvias) o de incendios (en temporadas de fuerte sequía) continúan presentando estos problemas a pesar de que se han detectado desde hace mucho tiempo. El caso de las inundaciones en Juanchito sobre el río Cauca se repite cada vez que aparecen las famosas “Olas invernales”. La población ha vivido inundaciones desde hace mucho tiempo, y se hacen más fuertes en el presente. Lo peor de esta situación, es que estos lugares se verán cada día más afectados por la fuerza del cambio climático. Otros lugares en donde no se vislumbraban problemas relacionados con estos impactos, hoy ya se están viendo afectados. Por ejemplo, las inundaciones en sectores como El Templete, El Panamericano y la Autopista Suroriental.

Falta mucho para que Cali sea una ciudad adaptada al cambio climático. Falta mucho para que los políticos que toman decisiones se den cuenta de la prioridad que implica el cambio y la variabilidad climática en la agenda pública. Los políticos y tomadores de decisión todavía creen que los estragos que se presentan en las ciudades y en diferentes zonas del país son hechos aislados, porque no ven (o no quieren ver) que todo esto hace parte de la dinámica del sistema natural. El crecimiento agigantado de Cali no respetó las condiciones de la Naturaleza y esta misma Naturaleza le está pasando cuenta de cobro ya a la ciudad.

Infortunadamente, ante este panorama desolador, la población termina dolida por las víctimas humanas y las pérdidas materiales. Población que regularmente se corresponde con los grupos sociales que han sido empobrecidos y marginalizados. Pero ya se está observando que los efectos se empiezan a sentir en toda la población, indistintamente de su clase social.

En términos concretos: la generación de los desastres por inundación en el valle geográfico del río Cauca, y en Cali en especial, obedecen al pésimo diseño y ordenamiento del territorio que desde las primeras décadas del siglo XX, hasta el presente, han llevado a cabo los agentes privados del capital agrícola y agroindustrial, así como los agentes del Estado sobre este territorio. El agua del río Cauca recupera su memoria. La acción humana irresponsable ha participado también de la producción acelerada del cambio climático

Ante este panorama, las comunidades locales, la academia y los movimientos sociales, así como la sociedad civil en general, tienen un importante papel por desempeñar. No solo como dinamizadores de las discusiones. También como demandantes de políticas públicas claras y transparentes antes las instituciones de los organismos competentes. Del mismo modo, como diseñadores que participan y proponen en la toma de decisiones de los futuros escenarios y de las posibles soluciones a tan agigantado problema.



viernes, 19 de agosto de 2016

EDWARD

EDWARD

Bajo esa luz emanada por la luna golosa, inmensa y brillante que rasgaba el infinito manto oscuro de la noche del 18 de agosto, su aliento de vida se despegó de su cuerpo para alzarse hacia los confines del infinito cósmico. Y su alma, seguramente impactada, desubicada e impaciente, se apartó de su cuerpo, desgarrando su maravilloso ser.

Una bala salida de un arma de fuego impulsada intencionalmente por la fuerza del dedo sobre el gatillo, atravesó su humanidad. Un hombre salido de cualquier parte, entre las penumbras malintencionadas y llenas de avaricia, no solo le arrebató su motocicleta sino que además le arrancó su existencia.

Hacía tan solo un mes atrás, en medios de libros e historias en el Centro de Documentación de Geografía de la Universidad del Valle, Edward me había confiado sus sueños, sus alegrías y sus motivaciones, como si sintiera la necesidad de que quedara en mi memoria las huellas de su vida. Habíamos quedado con el compromiso de hacer un buen trabajo académico para su grado. Y logramos adelantar algo del tema de investigación.

Ese día, después de risas, charlas, promesas y tareas, no se dio una despedida como las demás, pues fue una despedida que se impregnó con un fuerte abrazo, corrientazo de energía al estrechar nuestros cuerpos, extrañamente prolongado y muy fraternal. El momento se percibió con una profunda sensación de no querer despedirnos nunca. Lo sentí intensamente mi amigo... Una última mirada, una cálida sonrisa y unas manos diciendo adios...

Un joven maravilloso que salió de su tierra en busca de oportunidades, con esfuerzo llegó a la universidad y allí se marcó un rumbo de vida en la caótica, insegura y desfigurada ciudad. Ruta que terminó anoche bajo las sombras de la oscuridad callejera y con la luna y las estrellas como testigos.

Tengo en mi memoria el verlo atento en el salón de clase. También, sentado en su lugar de trabajo entre libros y estantes, siempre con esa sonrisa maravillosa y un sentido inmenso de cordialidad.

Una vida que se apaga, un recuerdo que se queda y un dolor que perdurará.



viernes, 4 de marzo de 2016

EXTRACTIVISMO URBANO Y CAPITAL SIMBÓLICO EN CALI, COLOMBIA

Extractivismo urbano y capital simbólico en Cali, Colombia.

Por
Hernando Uribe Castro
Magíster en Sociología
Candidato a Doctor en Ciencias Ambientales
Prof. Universidad Autónoma de Occidente.

Uno de los llamados de atención que hace David Harvey a Pierre Bourdieu en cuanto al uso del concepto de capital simbólico, es precisamente, que este puede tener un uso más generalizado, incluso , para los estudios de lugares y no solo para individuos.[1]

Expresa Harvey que cuando se mira una ciudad desde la perspectiva del capital simbólico, éste se manifiesta con grandes ventajas para aquellas ciudades que han logrado mantener sus rasgos distintivos, sus particularidades, su valoración histórica, sus tradiciones, sus logros artísticos y su herencia cultural. No obstante, este capital simbólico puede enfrentar un detrimento cuando las ciudades presentan reestructuraciones, cambios o transiciones por la arremetida y la intervención del capital global que tiende a homogenizar y a imponer un tipo de urbanismo global.

Harvey menciona el caso de Barcelona en España, ciudad que se incorporó al sistema de ciudades europeas por el desarrollo exquisito de un ornato arquitectónico que fue afín al legado histórico existente y a la recuperación de espacios públicos que realzaron, precisamente, sus rasgos particulares. En este proceso tuvo importancia sustancial la inyección de capitales para eventos globales como los juegos olímpicos. Pero a su vez, esta fascinante transformación atrajo la mercantilización multinacional homogenizante que ha venido haciendo de Barcelona en los últimos años, una urbe igual a lo que se podría ver en otras ciudades del mundo, sobre todo en sus últimas fases del desarrollo, que terminaron disneyficando la ciudad, gentrificando espacios, congestionando sus calles e instalando centros comerciales, tan similares como otros en otras partes del mundo.

La experiencia de Barcelona es muy interesante y nos invita a pensar en los procesos vividos en nuestras ciudades latinoamericanas por los efectos del capitalismo global urbano. Pienso en la ciudad que habito, Santiago de Cali, capital del Departamento del Valle del Cauca en Colombia.

¿Qué ha sucedió en Cali con respecto a su capital simbólico, y cómo éste se ha visto afectado por el capitalismo global urbano promovido por las multinacionales y los modelos del urbanismo homogenizante?.

Cali es una ciudad ubicada al piedemonte de la cordillera occidental de la gran cadena montañosa de los Andes y sobre la zona plana del valle geográfico del río Cauca. Un territorio construido y diseñado por los agentes del capital agroindustrial en colaboración con los agentes del Estado colombiano. (Uribe, 2015).

Cali es ejemplo claro de ciudad que poco a poco fue experimentando la aniquilación de su capital simbólico urbanos cuando las elites decidieron hacer de su centro histórico, espacio para lucrativo para los inversionistas privados que tumbaron las joyas arquitectónicas históricas para construir edificios altos y cuadrados. De su escenario histórico y herencia cultural ni qué hablar, tan solo queda un relicto en el centro histórico, en San Antonio y San Cayetano. La exquisitez arquitectónica quedó arrasada, en fotografías y en el olvido.

Hoy, el espacio social y de socialibilidad se teje en la caótica ciudad entre los centros comerciales conectados por la ineficaz red de transporte público masivo.

Una ciudad que al ser atrapada por la lógica de la rentabilidad de la tierra, acaparada por unas elites locales y terratenientes, terminó desbordada y sin ningún tipo de planeamiento, control o visión futura. Las obras de jarillón construidas sobre el curso del río Cauca beneficiaron la expansión de la caña de azúcar y la expansión urbana sobre el oriente de Cali, produciendo una ciudad tan grande como grandes sus actuales problemas socioespaciales.

Para la historia local de esta ciudad, los juegos panamericanos de 1971 se consideraron muy significativos porque obligaron a construir una infraestructura apropiada para el evento, los cuales se significaron como claves para la modernización urbana y el “progreso” de la ciudad. Pero casi nunca se dijo algo con respecto a los efectos que en términos del incremento de la calidad de vida, el acaparamiento de tierras, las plusvalías esfumadas por la corrupción y los impactos ambientales tuvieron estas obras para los ciudadanos.

Una ciudad que vio perder sus tardes de brisa caleña porque los procesos del mercado del suelo y la construcción de grandes bloques de apartamentos sobre las pendientes, atraparon el viento que escurre por las laderas de la montaña hacia la zona plana.

Una ciudad que al igual que las otras latinoamericanas ve aparecer en su escenario la privatización del espacio y las zonas residenciales en conjuntos cerrados de bloques de apartamentos de cinco y veinte pisos. Conjuntos cerrados al modo de encarcelamientos con rejas, mallas, tapias y sistemas de seguridad. Urbanizaciones y conjuntos cerrados rentables cuyos promotores reproducen el discurso de que la ciudad es peligrosa y el conjunto cerrado seguro, como principal argumento para incrementar el negocio.

Cali es una ciudad que no volvió a construir museos, parques, zonas de bosque y plazas públicas. Una ciudad que para realizar eventos como la Feria de Cali que era la fiesta del pueblo, donde todo el mundo gozaba y con una larga tradición desde los años cincuenta, ahora está privatizada. Y lo peor, es que es una feria que para poderse realizar, las autoridades tienen que cerrar y encerrar vías públicas y montar tarimas junto a los canales de aguas residuales de la principal “autopista” para las caravanas y desfiles. Y todo ello para cobrar, pues la feria ahora es para los privados y no para la comunidad. El cerramiento y encerramiento producen más congestión que se suma a la congestión continua de todos los días a todas horas del año.

El sur de la ciudad es intransitable para peatones, conductores o motociclistas en las horas pico. Recorridos de cinco minutos pueden convertirse en horas en medio de la congestión como sucede todos los días entre el sector conocido como Macro hasta la salida a Popayán. Y ni hablar de otros sectores como el Norte, el Centro o el Occidente.

Una ciudad donde las autoridades aniquilaron el transporte público de buses para construir un sistema de transporte masivo, modelo que también se replicó en otros lugares del país y de américa latina, con el argumento de que este tipo de transporte resolvería el problema de movilidad. Hoy los ciudadanos no solo deben dedicar más tiempo para movilizarse de un lugar a otro, haciendo transbordo, sino también de caminar largos trayectos para acceder a alguna de las estaciones. Muchos ciudadanos para evitarse estos problemas, optaron por el transporte pirata: taxis, autos particulares y los famosos “motoratones” (que es el transporte pirata en motocicletas). Cali era de las pocas ciudades en Colombia, donde el transporte pirata no tenía fuerza,  pero hoy esta ciudad se destaca y brilla por el aumento exponencial de este tipo de servicio.

En general, Cali es un claro ejemplo de extractivismo urbano que implica hacer de la expansión y del crecimiento de la ciudad fuente de plusvalía urbana, apropiadas por las elites de poder e inversionistas, que no solo se adueñan de esta plusvalía sino que además mercantilizan con el capital físico y simbólico urbano, aquel capital del que ha participado los habitantes urbanos sin recibir ninguna retribución. Una inequidad e irracionalidad del modo como se da la participación de plusvalía urbana donde toda la ventaja es para los privados en detrimento de la participación del Estado.

Todo esto nos lleva a pensar al fin de cuentas ¿Y en qué quedó el capital simbólico de la llamada y reconocida como la sucursal del cielo?



[1] “Bourdieu, a quien debemos el uso genérico de estos términos, los restringe desgraciadamente a individuos que como “(átomos flotasen en un océano de juicios estéticos estructurados) cuando a mí me parece que podrían ser mucho más interés las formas colectivas (y la relación de los individuos con ellas”. El capital simbólico adherido a nombres y lugares como París, Atenas, Nueva York, Río de Janeiro, Berlín o Roma es de gran importancia y da a tales lugares grandes ventajas económicas comparados, digamos con Baltimore, Liverpool, Essen, Lille o Glasgow” (Harvey, 2013: 156).

sábado, 27 de febrero de 2016

HACIA EL ESTRÉS AMBIENTAL E HÍDRICO

Hacia el estrés ambiental e hídrico*

Por Hernando Uribe Castro
Integrante del Centro Interdisciplinario de Estudios de la Región Pacífico Colombiana, CIER
Universidad Autónoma de Occidente
Magíster en Sociología y Candidato a Doctor en Ciencias Ambientales

En uno de los pasajes más bellos del libro La ciudad de las bestias de la escritora Isabel Allende -historia que se centra en los riesgos que corren los indígenas del Amazonas y sus saberes ancestrales por la incursión de las empresas explotadoras y extractivas-, aparece una sabia frase: “la experiencia es lo que se obtiene justo después que uno la necesita”. Frase que cobra todo el sentido al observar los acontecimientos actuales de nuestra crítica realidad ambiental local-global.

La sociedad parece estar anestesiada, autista, e indiferente frente a la gravedad que reviste la situación ambiental planetaria, resultado de las acciones humanas. Se está ante un modelo que acrecienta los monocultivos, produce montañas de basura en tierra y mar, que emite gases de efecto de invernadero que ferozmente siguen hiriendo a la Madre Tierra. Acciones humanas que explotaron, esclavizaron y extinguieron comunidades ancestrales. Este efecto de exterminio sobre el sistema viviente, actúan como boomerang sobre la misma humanidad, pues el planeta está pasando ya su cuenta de cobro.

En Colombia, por ejemplo, 140.356 has de bosque fueron desforestadas (IDEAM); hay 359 especies silvestres en peligro de extinción (UINC); De los 48.437 humedales registrados, solo el 7% de humedales están protegidos (Instituto Humboldt); Existen 5,5 millones de has sembradas y se espera llegar a 6.5 en el 2018 (MINAGRICULTURA); 39,2 millones de has ocupa la industria del ganado y existen 22.593.283 cabezas (FEDEGAN); según el Censo Ganadero, el 0.4 % de propietarios tienen el 41 % de los 113 millones de hectáreas de uso agrícola.

Vamos cada día hacia un estrés ambiental e hídrico. Presenciamos los bruscos cambios y variabilidades climáticas: desesperante ola de calor y/o frío, carestía del agua, deshielo de los polos, cuyos efectos son claramente visibles en el planeta; efectos que en buena medida son resultado del modelo de desarrollo social y económico extractivo; de la negligencia e indiferencias de unas instituciones del Estado que no han garantizado una vida sustentable y responsable con la naturaleza y una sociedad civil maniatada-paralizada y silenciosa. Los acuerdos sobre Cambio Climático Global lo hacen los Estados, pero no las Corporaciones que son las que en últimas las que imponen y ejercen, verdaderamente, el poder del modelo de sociedad contemporánea consumista, con una capacidad de persuasión publicitaria.

El estrés ambiental se refiere aquella situación de alteración y tensión emocional en el sistema viviente y que es provocada por el agotamiento y el exterminio de los elementos básicos ofrecidos por la naturaleza –como la tierra, el agua, el aire y los alimentos necesarios para la sustentabilidad de la vida– debido a las irresponsables, destructoras y egoístas acciones humanas. Hace parte de ese estrés ambiental, el estrés hídrico que se refiere, precisamente, aquella situación de alteración y tensión caracterizada por una alta demanda de agua y poca cantidad disponible durante un periodo y espacio determinado, debido al deterioro en términos de su cantidad (número de fuentes de agua y ríos secos) y de su calidad (contaminación, salinización, presencia de químicos y venenos, etc.).

Una ciudad como Cali, con siete cuencas hidrográficas, con unas montañas favorables para la inversión térmica, con un Parque Nacional Natural sobre los Farallones con alta diversidad de especies, asentada sobre un valle geográfico con las tierras más fértiles del país para la producción de alimento, tendría que ser la urbe mejor preparada para afrontar los efectos de la variabilidad y el cambio climático. Pero no lo es. Por ejemplo, el 24 de enero de 2016, el río Cali había bajado su caudal a 300 litros por segundo de los 1800 litros por segundo que es el promedio histórico y el río Cauca pasó de tener un caudal de 200.000 litros por segundo, a 85.690 litros por segundo, un bajo nivel récord (El País, 24-01-2016).

En otros lugares de la región se denunciaron múltiples abusos: por ejemplo, ingenios azucareros que captaban agua de forma ilegal en los ríos Frayle y Amaime para sus cultivos mientras las poblaciones aguantaban sed; propietarios privados daban muerte a la Laguna de Sonso para cultivar caña de azúcar; la extrema sequía del río Sambingo en el Cauca y el río Cabí en el Chocó afectados también por actividades mineras, entre otros desafortunados casos.

La solución del gobierno de turno y de sus agencias responsables de la dimensión ambiental del territorio es el mismo repertorio: razonamiento y cortes de agua, amenazas de la actuación de la justicia, multas, etc. Nunca se plantea una solución estructural que confronte directamente el modelo de desarrollo impuesto por las Corporaciones globales y el Estado que tiene repercusiones de gravedad sobre la salud del planeta.

Transgredimos el límite dado por la Naturaleza y ahora pagamos las consecuencias, responsabilizando de esta situación al fenómeno del Niño y ocultando-negando la responsabilidad que recae sobre las Corporaciones, los gobiernos, las empresas y la sociedad civil. Al parecer, será en un escenario en donde ya no haya nada que hacer por cambiar nuestro rumbo de colisión y destrucción, cuando justo adquiriremos la experiencia de respetar y conservar la Madre Tierra.

* Columna de opinión publicada por El Pueblo, 27 de febrero de 2016.