Este es un espacio que propone reflexiones y debates sobre la inter-retro-conexión sociedad en la Naturaleza y la Naturaleza en la sociedad.

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martes, 28 de julio de 2015

LADERAS DE CALI: DESTRUCCIÓN ECOLÓGICA Y DEGRADACIÓN AMBIENTAL

Laderas de Cali: destrucción ecológica y degradación ambiental*

Por:
Hernando Uribe Castro
Centro Interdisciplinario de Estudios de la Región Pacífico Colombiana, CIER
Profesor de la Universidad Autónoma de Occidente
Estudiante del Doctorado en Ciencias Ambientales, Universidad del Valle

Una de las atracciones naturales más hermosas que poseía Santiago de Cali en el pasado era, precisamente, el paisaje cordillerano boscoso que sobresalía sobre los Farallones de Cali y sus variadas tonalidades de verde. Un lugar que con el paso del tiempo se va destiñendo y transformándose por los diferentes impactos de las actividades humanas.

Hoy en día, se presencian los fuertes impactos causados por los asentamientos humanos (legales, ilegales e informales), así como por las diferentes actividades agrícolas, mineras y de explotación maderera. Todo un proceso de destrucción ecológica y transformación paisajística por quemas, tala de bosque e incendios. Desde el mirador de la Iglesia de San Ignacio de Loyola en Terrón Colorado con vista hacia el cerro de las Tres Cruces, el panorama es desalentador, pues la actividad extractiva destroza este cerro.

Actividad extractiva sobre la cuenca del río Cali. Frente a la Iglesia San Ignacio de Loya
Carretera vía al mar - Cali. Fuente: Google Earth.

De este modo, el impacto no solo tiene que ver con el agotamiento y la contaminación del agua, el aire y la erosión del suelo, sino también con los conflictos sociales relacionados con las actividades legales e ilegales producidos por la extracción de los elementos de la naturaleza y por el mercado de tierras para procesos de urbanización.

Pero no basta únicamente con percibir el daño, es necesario llevar a cabo las investigaciones académicas y legales para determinar responsables, impactos y problemáticas relacionadas con el conjunto de estas actividades.

Mientras que las comunidades han alertado sobre la situación delicada que se está dando con respecto a la extracción de minerales, de roca y vegetación sobre la cuenca del río Cali y Aguacatal, las autoridades ambientales y la fuerza pública poco hacen por impedir que en estos sectores se continúe destruyendo la naturaleza. Algunos ejemplos son: el caso de la minería en Peñas Blancas, en el lugar conocido como Minas del Socorro, El Alto del Buey y las canteras en Normandía.

Con respecto al primero, en un reportaje de mayo del presente año, el periódico El País en entrevista al director Territorial Pacífico de Parques Nacionales, expresaba que: existían 622 hectáreas afectadas, Uno de los ecosistemas más diezmados es el de bosque alto andino, rico en especies vegetales como el roble y el encenillo y todo tipo de aves que ven amenazada su hábitat.” (El País, 14 de mayo de 2015). La actividad ilegal ha llegado, incluso, a cambiar el cauce de la quebrada del Socorro que es afluente del río Cali por medio de un  túnel artificial de 30 metros de largo que transporta estas aguas hacia el río Anchicayá en la vertiente Pacífico.

Con respecto al segundo caso es el Alto del Buey, ecosistema de páramo y bosque andino en el que existen evidencias de campamentos para la extracción minera. Sobre este hecho escasea la información. Acceder al lugar es todavía mucho más riesgoso.

El tercero de los casos, es el de las canteras en Normandía. En informe de prensa de 2008, El Tiempo, titulaba “Cierran minas en las tres cruces” y se informaba que: “Las canteras fueron cerradas por la Administración municipal después de que el Juzgado 14 Administrativo del Circuito de Cali ordenara al alcalde Jorge Iván Ospina suspender la explotación ilegal a raíz de una acción popular instaurada por un grupo de ambientalistas contra el municipio. Las canteras de altos de Normandía eran explotadas por 60 personas. La inspectora de Policía, Olga Lucía Becerra, dijo que debía respetarse los derechos de estas personas que dependían de este trabajo, pero aclaró que de por medio estaba un derecho colectivo por un ambiente sano. Becerra dijo que la explotación se hacía de manera ilegal, generando muchos inconvenientes para el sector.” (El Tiempo, 23 de octubre de 2008).

En 2011, sobre este mismo caso, el periódico Occidente titulaba "Mina de Piedra Laja en Altos de Normandía será cerrada definivamente". En este reporte informaba que la Secretaria de Gobierno de Cali, Ingeominas y CVC, habían realizado visitas técnicas y habían logrado evidenciar el daño ecológico por la explotación de piedra laja. La Fundación Biodiversidad había realizado una acción popular para detener estas actividades y el cierre definitivo de estas canteras y se dispuso del cierre de caminos y senderos que conducen a este lugar y la instalación de un puesto de policía ambiental. (Occidente, 30 de septiembre de 2011)

Un vistazo hoy en día a todos estos hechos, Minas del Socorro, Alto del Buey, por solo nombrar algunos casos, permite establecer que las actividades continúan. De inmediato nos surgen interrogantes:

¿Qué está sucediendo en las laderas de Cali? ¿Si existe una normatividad legal ambiental, por qué no se hace cumplir? ¿Por qué los agentes del Estado prolongan en el tiempo las acciones que debieron de ejercerse hace tiempo? ¿Por qué, y a pesar, de que el Plan de Desarrollo de Cali se considera el más ambiental, se continúa sin ejercer el control sobre estas zonas para evitar la presencia de estas actividades destructoras de las cuencas hídricas? ¿Existen personas, grupos y/o organizaciones ya identificadas y judicializadas por estas actividades? ¿Por qué, conociéndose estos hechos, el proceso de destrucción continúa? ¿Dónde están los agentes del Estado encargados y responsabilizados por estos hechos? ¿Por qué se atacan algunos casos como el de jarillón y por qué otros se callan e invisibilizan?

Y peor aún, ¿Acaso empresarios, políticos o agentes privados con mucho poder en los espacios de decisión local, están detrás de estos intereses económicos y actividades extractivas ilegales?

* Publicado por El Pueblo, 1 de agosto de 2015.


viernes, 17 de julio de 2015

ENTRE PUENTES, SEMÁFOROS Y CAOS URBANO: UN URBANISMO EXTRAÑO

Entre puentes, semáforos y caos urbano: un urbanismo extraño

Por: Hernando Uribe Castro
Magíster en sociología,
Estudiante del Doctorado Interinstitucional en Ciencias Ambientales, Universidad del Valle
Profesor, Universidad Autónoma de Occidente

De las cosas que llama profundamente la atención con respecto a la movilidad de Cali, tiene que ver con un conjunto de obras civiles, construcciones e infraestructuras realizadas a lo largo de la historia urbana de la ciudad que tras una cuidadosa observación, produce preguntas, inquietudes y cuestionamientos. Muchas de estas obras impactan no por su diseño arquitectónico ejemplar, sino por lo mal elaboradas y por la pobre función que cumplen.

Obras que se construyeron muy mal y que no han logrado solucionar muchos de los problemas de movilidad de la ciudad prometidos. Una ciudad que en su mayor parte posee una topografía plana, piensa uno, facilitaría una excelente planificación. Desafortunadamente, las obras evidencian que sobre su ejecución, pesaron más los intereses económicos en beneficio de lo privado y personal que unos intereses auténticamente ciudadanos y colectivos.

Inicio con la mal llamada “Autopista suroriental” cuyo  trazado, extraño de por sí, zigzaguea desde el norte hacia el oriente, y del oriente hacia el occidente y del occidente hacia el sur. No es una línea recta.

Esta “Autopista” tiene la particularidad de que sobre ella existe un número importante de puentes vehiculares y debajo de cada puente una cantidad de semáforos (casi en cada cruce con vías secundarias importantes).

Piensa uno, en su ingenuo y poco conocimiento en obras civiles, que si se construyen puentes sobre las principales vías es para que el flujo de autos no se interrumpa y, en consecuencia, se eviten trancones y obstáculos para la movilidad. Por tanto, la función de que se construyan puentes es para mantener el flujo continuo de vehículos y peatones.

Pero precisamente esto es lo que no sucede sobre esta autopista: obsérvese cómo en el sector donde se conecta la “Autopista” Suroriental con la “Autopista” Simón Bolívar, existe el puente de los Mil Días y debajo de él están los semáforos. Si se sigue el recorrido, se llega al hundimiento vial de la autopista frente al edificio Comfandi de Prados de Oriente con Troncal de Aguablanca. Un hundimiento que se hace con el fin de agilizar la movilidad por el sector en beneficio del transporte masivo MIO, termina finalmente construido con una maraña de cruces y semáforos que producen una movilidad lenta y trancones a las horas pico. Los autos, peatones y ciclistas se confunden a la hora de transitar por este lugar. Y lo peor es que este hundimiento termina en uno de sus extremos con unos semáforos. 

Luego se llega al sector de La Luna (Autopista con calle 13), donde también existe un inmenso puente y debajo de él este están los semáforos. Igual sucede en el sector de la 39, junto a las canchas Panamericanas. Puentes con semáforos por doquier. ¡Qué locura!

Sobre la “autopista” Simón Bolívar hace algunos años se construyeron unos puentes largos peatonales que nadie usa, y debajo de estos puentes se han puesto semáforos. Las personas pasan la autopista al ras del piso y no hacen uso de los puentes.

Ahora bien, sobre el sector del Valle del Lili a la altura de la calle 25 con carrera 100, se vuelven a unir la Autopista suroriental que con la Avenida Simón Bolívar que traen cada uno de a 5 carriles. Estas dos vías con 10 carriles al unirse quedan tan solo en dos, que son los dos carriles que van desde el puente de la 25 con 100 hasta el Municipio de Jamundí. En este lugar también se ha formado un paradero “pirata” de los buses intermunicipales que van hacia el sur del país. En este punto diariamente se producen trancones, accidentes de vehiculares, choques con motos y tránsito de carretillas (vehículos de tracción animal). Se pincha una llanta de bicicleta y el trancón sobre este lugar es monumental.

Con una ciudad tan plana como Cali, el trazado de las vías, se supone debe ser eficiente para la movilidad vehicular y sobre todo, para la movilidad en bicicleta y peatonal. Cali carece de ciclorutas y las que existen, como por ejemplo sobre la avenida Simón Bolívar es perversa. No solo por los problemas del diseño de esta ciclo ruta, sino también por su mal estado, su descuido y falta de mantenimiento y por la inseguridad permanente en el sector.

La reciente construida Avenida Ciudad de Cali en el oriente de la ciudad es otro ejemplo de los trazados viales cuyo estado es lamentable. Semáforos en cada esquina a veces sin funcionar, huecos por doquier, no existe señalización alguna, no posee cicloruta, los andenes peatonales están en muy mal estado y en algunos lugares no se construyeron.

Existe en esta ciudad uno de los trazados viales más extraños, caóticos y poco funcionales como la llamada “Troncal de Aguablanca”. Una vía sobre la que opera el servicio del transporte masivo Mío cuyo diseño y trazado es espantosamente dis-funcional. Un carril de vehículo en cada lado, un carril para el masivo Mío y unos andenes de menos de 1 metro de ancho para los peatones. El tránsito lento de una bicicleta en este lugar produce un trancón monumental. Los peatones deben bajar del andén en algunos sectores y transitar sobre la vía por donde van los autos, porque los andenes son un peligro mortal, puesto que no están diseñados en condiciones dignas para la movilidad de personas. No imagino como pueden transitan sobre este lugar personas en condición de discapacidad, de la tercera edad o madres con sus niños de brazo.

No se entiende cómo en esta ciudad los ciudadanos hemos permitido este tipo de obras increíblemente mal elaboradas que no solucionaron los problemas de movilidad y que al contrario produjeron muchos otros problemas que no existían.

Y es sobre esta perversa plataforma urbana que se está construyendo el futuro de la ciudad. Se expresa intereses políticos que no tuvieron la precaución de establecer si estas obras cumplían con los requerimientos técnicos y sociales, y las ejecutaron más por lo que, seguramente, representaba para sus arcas personales y redes clientelares, que los beneficios y servicios que prestaran a la ciudadanía.

Hoy tenemos una ciudad caótica en términos de movilidad, cuyos problemas se pretende resolver con el castigo económico de la fotomulta, la sanción económica de la norma de tránsito, pero que no se cuestiona el perverso diseño, función y estado que la maya vial urbana y peatonal cumple en esta ciudad.

Terminamos siendo los ciudadanos los responsables por aceptar que se hagan estas obras. Afectados por tener que exponer nuestras vidas al movilizarnos por estos mal diseñados lugares  y, lo peor, siendo culpables por no cumplir con lo exigido por la norma y el control social en una malla vial urbana que produce caos, descontrol e inseguridad.

La ciudad reproduce en este sentido miedos urbanos para vivirla y disfrutarla. Un diseño urbano que impide su disfrute para caminarla y reconocerla en placenteros y seguros paseos urbanos.


viernes, 19 de junio de 2015

EL MINISTRO DEL MEDIOAMBIENTE: ¿POLITICO O AMBIENTALISTA?

El Ministro del Medioambiente: ¿político o ambientalista?

Por Hernando Uribe Castro
Centro Interdisciplinario de Estudios de la Región Pacífico Colombiana, CIER
Profesor de la Universidad Autónoma de Occidente
Estudiante del Doctorado en Ciencias Ambientales, Universidad del Valle

Para quienes hemos tenido algo de formación ambiental, nos damos cuenta perfectamente lo difícil que es comprender la dimensión sistémica y compleja de la dinámica de la naturaleza y sus ecosistemas, y sobre todo, si estos han sido intervenidos por la humanidad, que no solo ha hecho uso de ellos para su sobrevivencia, sino que además se dio la tarea de producir un ataque enérgico contra los ecosistemas en busca de rentabilidad, acumulación y todo tipo de exterminación en pro del “beneficio”, “desarrollo” y “progreso”.

En Colombia, este ataque enérgico contra la naturaleza ha sido liderado por el mismo Estado, los empresarios, los grupos legales e ilegales y por las corporaciones globales que ven en el territorio nacional, elementos de la naturaleza, convertidos en recursos que generan importantes ganancias.

El Estado no solo ha permitido esta intervención sobre la extracción de la naturaleza sino que además la impulsa y la promueve. Invita a las corporaciones globales extractivas a que vengan al país a producir crecimiento a costa del deterioro ambiental que afecta a las comunidades locales y sus entornos de vida.

En este Estado, desde donde se promueve este tipo de actuación a través de los Planes de Desarrollo, actúan seres humanos de carne y hueso que toman estas decisiones. Seres humanos que como agentes del Estado actúan como tal para impulsar estos intereses privados. Agentes, algunos de ellos provenientes del sector privado, se insertan en el gobierno, construyen y utilizan el marco jurídico para legitimar sus decisiones y legitimarse a ellos mismos como Estado.

Por ello no es raro que en Colombia sucedan casos como el que un Ministro del Medioambiente sea un abogado, con posgrado en Gerencia de Recursos Humanos, en Mercadeo y en Dirección de Empresas. Nada que ver con el ambiente.

El actual Ministro del Medioambiente en Colombia es Gabriel Vallejo López “abogado de la Universidad Externado de Colombia con posgrado en Gerencia de Recursos Humanos de la Universidad de los Andes, postgrado en Mercadeo de EAFIT-CESA de Colombia y tiene un MBA en Dirección de Empresas en el Instituto de Empresa de Madrid, España. Realizó estudios de coaching en Ola Coach, de España, además de un curso de Alta Dirección en el Ipade, de México” (tomado de la Presidencia de la Republica de Colombia).

Según la Presidencia de la República, este Ministro ha sido Gerente del Servicio al Cliente de la Compañía Mundial de Seguros, Gerente de Mercadeo de la cadena Hoteles Royal, Vicepresidente de Recursos Humanos de Noel, Gerente General de Canal Capital de Bogotá, Director General de HSM Group México, Vicepresidente Comercial para Latinoamérica de HSM Group, Gerente General de Medios Especializados de Casa Editorial El Tiempo y Vicepresidente de Media 24.

Después de toda esta presentación se pregunta uno, ¿y dónde está la formación ambiental del Ministro? Esto implica que no solo el Ministro no está preparado para afrontar los complejos problemas ambientales sino que además hace de su Ministerio algo reducido, algo pequeño, algo sin importancia. Y sobre todo en un contexto de camino hacia el posconflicto, donde los temas ambientales deben estar al orden del día.

Bien lo afirma Manuel Rodriguez Becerra cuando en reciente entrevista que se le realizó sobre la crisis ambiental en el país, expresa con respecto al Ministro del Medioambiente:

No sé si entienda totalmente porque él no es un experto en eso, pero además el Ministerio de Medio Ambiente es tan pequeño y limitado… Esto tiene que ver con políticas ambientales, mineras, agrícolas y con el desorden enorme de este país, donde hay una cantidad de sectores que están por fuera del control del Estado a través de grupos criminales, informales, de la nueva riqueza, legal o ilegalmente hecha. En cierto sentido estamos viviendo el posconflicto. Hay una cantidad de empresas de mediano tamaño que están drenando humedales para sembrar palma de aceite. Eso está pasando en el Magdalena Medio, en la Orinoquia. Secan humedales, tumban morichales, cortan matas de monte. En algún momento, después de que hagamos la paz, habrá que hacer una especie de pacto nacional, a ver cómo contenemos esto, que es clave para el desarrollo futuro del país.” (El Tiempo, 16 de junio de 2015).

Y esto no solo sucede con el medioambiente, puesto que también se ve en la educación, la salud y todos los sectores sensibles en los que se nombran agentes del Estado cuya formación nada tiene que ver con sus espacios de actuación.



martes, 2 de junio de 2015

EL MIEDO AMBIENTE EN CALI, COLOMBIA

El miedo ambiente en Cali, Colombia

Por:
Leonardo Franco Cruz[1] y Hernando Uribe Castro[2]

A pesar de todos los anuncios e informes globales sobre la crisis ambiental, la sociedad brinda pocos signos de miedo frente a las consecuencias de sus actos y actividades irresponsables con la naturaleza en los lugares que habitan y las implicaciones que tienen para el planeta Tierra.

Pareciera como si la posibilidad de ocurrencia de un desastre ambiental no se percibiera como algo que pueda suceder en cualquier momento, sino como un acontecimiento lejano en tiempo y espacio. Incluso, en un mundo donde la tendencia es a la concentración de población en las ciudades, el miedo en y a la ciudad se sigue percibiendo en términos de criminalidad, seguridad e inseguridad y poco se siente la preocupación por el miedo ecológico y/o ambiental.

En buen medida, el miedo ambiental se in-visibiliza de parte de los gobiernos y los inversores privados y se manipula para orientar la opinión pública, para favorecer los intereses económicos y políticos con el fin de ejecutar la ciudad concebida por la racionalidad del reduccionismo técnico y económico, que beneficia a unos pocos y afecta a la gran mayoría.

La magnitud de los impactos ambientales a causa de este desarrollo se abandona y se opaca a los ojos de los ciudadanos. Muy a pesar de que los profesionales en el estudio y evaluación del impacto ambiental hagan gritos desesperados de la necesidad de transformar el modo de comprender, actuar y vivir en un mundo que es limitado para la humanidad; mientras tanto, los poseedores de las decisiones, de los planes, programas y proyectos de “desarrollo” los ejecutan sin importar las consecuencias para el presente y futuro de la naturaleza que, en última instancia, también es nuestro presente y futuro como especie.

En Cali, por ejemplo, ciudad colombiana, el desastre ocasionado por el “desarrollo” con respecto a los elementos de la naturaleza como el agua, el aire y el suelo expresan ya, a simple vista, efectos irreversibles. Cuencas hídricas destruidas, montañas erosionadas y desnudadas de su cobertura vegetal, bosques extintos, pérdida de ecosistemas endémicos y especies nativas, grandes socavones sobre las pendientes de la montaña para la extracción minera y material para la construcción.

Adicional a ello, una expansión urbana sobre áreas que no deben ser urbanizadas, como zonas de antiguos humedales o de inundación del río Cauca, como sucede en el oriente y suroriente de la ciudad y, la construcción sobre las laderas de las montañas ubicadas próximas a fallas geológicas o en cercanías del de reservas forestales y el Parque Nacional Natural Farallones.

El aire, el agua, el suelo y la vida por la presencia y expansión de la ciudad podrían considerarse en crisis y aun así, el miedo ambiental no se percibe entre los ciudadanos, ni entre los autores intelectuales y ejecutores de los proyectos.

La carencia del miedo repercute en los actos irresponsables de gobiernos y gobernados para quienes la crisis de la naturaleza parece ser cuento de fábulas. La carencia de miedo implica seguir desarrollando políticas de desarrollo urbano sin ningún tipo de respeto por las condiciones locales ecosistémicas. La producción de la carencia de miedo es hacer de los ciudadanos negligentes a los proyectos liderados por el capital privado y el Estado.

Existe entonces, una distancia entre el riesgo potencial y la percepción que los habitantes tienen y puedan tener de sus entornos. Es decir, la sociedad caleña, sus políticos y comunidades, a pesar de haber construido sobre zonas con amenazas latentes, no han querido (intencional o no) percibir ese riesgo histórico del cual hacemos parte.

Pero también suele suceder que se perciba el riesgo que se corre, pero pueden llegar a pesar más los intereses particulares, las necesidades u otros aspectos que conllevan a que sabiendo que se corre riesgo, se continúe promoviendo estos procesos de desarrollo urbano y los efectos nocivos sobre las condiciones naturales de los entornos. Un ejemplo claro se tiene con el proyecto conocido inicialmente como Ecociudad Navarro (hoy llamado Ciudadela CaliDa), cuyo proyecto pretende desarrollar 45 mil viviendas construidas sobre el antiguo botadero de basura de Navarro. Incluso, el que al proyecto se le haya cambiado de denominación de Ecociudad Navarro a Ciudadela CaliDa puede entenderse como un ocultamiento de lo que verdaderamente sucede con este lugar y las implicaciones que tendría a futuro para la de salud de las personas que empiecen a vivir en ese lugar. 

En este sentido, tanto la construcción como la percepción social del riesgo, son elementos que se pueden complementar, que son históricos y sociales, pero también espaciales, porque regularmente el riesgo surge de las acciones de los individuos y su comportamiento y acciones sobre el espacio. El mejor y más reciente ejemplo lo tuvimos aquí mismo, en Colombia, con el municipio de Salgar, ubicado sobre todo el cauce del río, quien por una mezcla de causas naturales e intervenciones antrópicas, reclamó su lugar, su antiguo cauce.

Es un ejemplo al que deberíamos prestarle toda la atención y empezar a pensar sobre nuestra realidad y lugar donde desarrollamos nuestras vidas. Sin lugar a dudas, Cali hoy es una expresión de desastre ambiental, actual y potencial, tanto por lo que ocurren en su zona rural como por lo que acontece en su zona urbana.





[1] Administrador del Medio Ambiente y de los Recursos Naturales. Joven Investigador. Universidad Autónoma de Occidente.
[2] Magíster en Sociología. Estudiante del Doctorado en Ciencias Ambientales, Universidad del Valle. Profesor Universidad Autónoma de Occidente.

lunes, 11 de mayo de 2015

SISTEMA FINANCIERO GLOBAL, CRISIS AMBIENTAL Y ÉTICA

Sistema financiero global, crisis ambiental y ética

Por
Hernando Uribe Castro

La acción humana ha generado importantes efectos sobre los elementos de la naturaleza. Lo que ha sucedido a lo largo de la existencia social sobre la tierra, es que precisamente cada época precisó un modo particular de comprender su relación con ella. De ahí, emerge el planteamiento del filósofo Hans Jonas, cuando estima que: “Para el hombre antiguo y medieval, pretécnico (en la acepción moderna de la «técnica»), la naturaleza era algo duradero y permanente, sometido ciertamente a los ciclos y cambios, pero capaz de curar sin dificultad las pequeñas heridas que el hombre le causaba con sus minúsculas intervenciones. Esto ha cambiado radicalmente con la aspiración de la ciencia moderna y la técnica que de ella se deriva. Ahora el hombre constituye de hecho una amenaza para la continuación de la vida en la Tierra. No sólo puede acabar con su existencia, sino que también puede alterar la esencia del hombre y desfigurarla mediante diversas manipulaciones. Todo esto representa una mutación tal en el campo de la acción humana que ninguna ética anterior se encuentra a la altura de los desafíos del presente.” (1995:8)

En los últimos siglos el capitalismo generó impactos ecológicos profundos e irreversibles. Un actor responsable de la crisis ambiental global es el Sistema Financiero y sus principales organismos: Banco Mundial, Fondo Monetario Internacional y la Organización Mundial del Comercio. Es responsable porque a través de sus organismos, oficinas y sedes, se han aprobado inversiones, préstamos y apoyos a Estados, corporaciones y/o empresas. Un sistema que financia todo tipo de iniciativas que produzcan rentabilidad, sin importar los daños que generen sobre la naturaleza y la humanidad.

A través de sus políticas, alienta a los gobiernos, a imponer planes de desarrollo alineados con sus intereses, para hacer aún más frágiles a los Estados en lo que toca a sus instituciones y en su responsabilidad social y ambiental. Al tiempo que los debilitan, los hacen fuertes para afianzar el negocio internacional, liberar sus economías al mercado mundial, especializar los territorios a partir de las llamadas ventajas comparativas. A promover actividades extractivistas focalizadas en los recursos fósiles, minerales y biológicos. A desarrollar megaproyectos que impactan las comunidades y sus entornos locales. A abaratar la mano de obra. A imponer paquetes tecnológicos que destrozan el ambiente y exterminan las comunidades campesinas, indígenas y afrodescendientes. Esto ha sido claro en América Latina con la tendencia al extractivismo, los megaproyectos y la ampliación de la línea de pobreza y miseria.

También alienta a las Corporaciones globales (ICBC, China Construction Bank, JPMorgan, General Electric, Exxon Mobil, HSBC Holdings, Royal Dutch Shell) y grupos empresariales, como las mineras (BHP Bilinton, Vale, Rio Tinto, Anglo American, Freport-McMoRan) con préstamos jugosos, para financiar sus proyectos e inversiones en recursos fósiles como petróleo, carbón y mercados de carbono. Incluso, se les han aprobado inversiones, préstamos y apoyos para implementar negocios con el agua, la tierra, el aire, el subsuelo en diferentes partes del mundo, con retorno a grandes velocidades de capitales y ganancias. Y detrás de estos proyectos, aparece “oculta” la ciencia y todos sus desarrollos científicos y técnicos.

Como es de esperarse - y frente a la presión global por la necesidad de resolver el problema del calentamiento global y depredación de la naturaleza-, estos organismos internacionales construyen un discurso ecológico (ecología débil), como mecanismo con el que pretenden mostrar su interés y preocupación por la salud del planeta y la sociedad. Por ejemplo, en algunos países se vienen utilizando los “Bonos verdes”. Según el Banco Mundial “El año anterior se  emitieron bonos verdes por unos US$11 000 millones.” ¿Son estos bonos verdes una posible solución? ¿Acaso no se pueden poner en  práctica de parte de estas corporaciones, soluciones mucho más radicales?

¿Cuánto dinero se mueve a través  del sistema financiero global para la exterminación ambiental en los territorios latinoamericanos? ¿Se abstendrá el sistema financiero de aprobar préstamos a corporaciones globales encargadas realizar proyectos extractivos altamente destructores del planeta y de las condiciones del sistema viviente? ¿Cuánto de nuestro dinero depositado en los bancos, como ahorros, fueron utilizados para financiar empresas destructoras de la naturaleza y de las comunidades locales? ¿Es posible que las corporaciones financieras utilicen criterios éticos para realizar préstamos a empresas que acaban con el ambiente local y global?

¿Por qué en Colombia no se ha planteado este debate ético de los bancos y corporaciones financieras en su responsabilidad con la crisis ambiental? ¿Se habla siquiera de las inversiones sostenibles tanto del Estado como de los  privados? ¿Hacen parte estas discusiones de la agenda política en los escenarios de decisión en este país? Por tanto, urge poner en juicio ético y político -por las implicaciones que han tenido sus acciones y actos sobre la naturaleza, el clima, la destrucción de zonas frágiles y las comunidades locales- al sistema financiero y sus secuaces.

Estamos urgidos de tomar la recomendación que magistralmente lanzó a todas voces Hans Jonas sobre la necesidad de una nueva ética orientada al futuro, que debe regir el presente: la ética de la responsabilidad. Las éticas fundadas en el pasado quedaron desbordas con las acciones humanas logradas por la ciencia y la tecnología. Y esto nos pone en un grave problema porque para las condiciones de crisis ambiental y humana del presente, todavía operan esas éticas ya desgastadas. Por ello, la naturaleza parece no doler, no importar y no ser parte de nuestra responsabilidad en un mundo que está gobernado por la ingenuidad de la humanidad, el egocentrismo de especie, la arrogancia de unos pocos y la vanidad de su poder, donde el capital es flujo -invertido y con altas y veloces tasas de retorno y ganancia-, y que tiene la capacidad de ocasionar daños irreparables e irreversibles sobre el planeta.


La ética de la responsabilidad se hace mucho más urgente: “Obra de tal modo que los efectos de tu acción no sean destructivos para la futura posibilidad de vida”. (H. Jonas, 1995:40).

sábado, 11 de abril de 2015

CALI, AGONÍA DE SU NATURALEZA

Cali, agonía de su naturaleza

Por:
Hernando Uribe Castro
Magíster en Sociología
Estudiante del doctorado en Ciencias Ambientales de la Universidad del Valle
Profesor e Integrante del Centro Interdisciplinario de Estudios de la Región Pacífico Colombiana, CIER

La construcción de la ciudad de Cali, así como la de cualquier otra en el mundo, tiene efectos destructivos sobre la naturaleza. En tiempos pasados esto no se consideraba de importancia, como sí lo es hoy en día.

Cuando se observa al Municipio de Cali, es claramente visible que lo ambiental sigue siendo y considerándose como un elemento muy marginal, porque los primeros elementos de preocupación para sus gobernantes como para la mayor parte de la población son: el desarrollo, el progreso y el crecimiento económico.

La ciudad y sus pobladores se han convertido en mercancía y consumidores, respectivamente, por ese reduccionismo económico con el que se asume la vida. Incluso, se plantea abiertamente, “ingenuamente”, que con más desarrollo y crecimiento se pueden resolver los problemas sociales y ambientales.

La ciudad de Cali cuenta con problemas y conflictos ambientales complejos y estructurales a los que al parecer, aun no se les ha plantado solución alguna, así como tampoco se vislumbran soluciones a futuro, a pesar de que su Plan de Ordenamiento Territorial (POT) sea considerado como un POT ambiental: consideración ésta que es verdaderamente falsa.

Uno de esos problemas tiene que ver con el lugar que ocupan sus ríos y los usos en sus respectivas cuencas. Nada más perverso que una ciudad que tapizó sus afluentes y que los convirtió en canales residuales. Los ríos Cañaveralejo, Meléndez y Lilí, terminan en el canal CVC Sur, como afluentes de las aguas servidas de la ciudad. Depositadas luego, como aguas contaminadas, en el río Cauca.

La sobre explotación que tiene el río Cali a lo largo de todo su trayecto; la presión increíble que por procesos de urbanización y del turismo (“ecoturismo”) presenta el río Pance; la canalización del río Cañaveralejo que desapareció totalmente del paisaje urbano, son solo algunos casos.

Otro de los problemas, tremendamente complejos, es la pérdida de la cobertura vegetal y la constante erosión de las montañas. Es visible la explotación de recursos minerales sobre las faldas de la cordillera. Solo basta dar un vistazo desde cualquier lugar de la ciudad hacia la cordillera, para observar el avanzado estado de deterioro de las laderas, causadas por la incesante urbanización legal e informal que va, desde asentamientos ilegales, hasta la construcción de edificios de apartamentos para clases sociales adineradas, expansión de las casas de campo o de descanso (fincas turísticas), la tala del bosque, los incendios y la pérdida de suelo sobre las pendientes.

Increíblemente y frente a las narices de toda la comunidad y las autoridades, el Cerro de las Tres Cruces -ícono histórico, simbólico y atractivo-, se ha ido tajando poco a poco por la extracción de material de la roca de la montaña que se realiza en uno de sus lados. El efecto causado en este Cerro es irreparable, sobre todo, porque la actividad extractiva que se realiza ahí, está incidiendo tanto en la ladera como en el río Cali. Volquetadas de material de roca son extraídas incesantemente. El Cerro muere poco a poco por mutilación y erosión.

Las contaminaciones atmosférica, por ruido y paisajística tanto en el norte de la ciudad -causada por las actividades constantes del sector industrial- como en el sur -por la alta concentración de autos generando polución, quema de caña, presencia de lo que un pasado fue el basuro de Navarro y la transformación del paisaje por la expansión de las empresas urbanizadoras-, han hecho de estos sectores puntos críticos ambientales.

Además de que existen problemas y conflictos ambientales -por áreas atestadas de basuras por comercio o falta de recolección, zonas de escombros sin control, puntos de concentración de calor urbano, tala de árboles y disminución de fauna urbana, olores por industria urbana, la disminución de los parques arbolizados-,  existen otros graves problemas que están relacionados con la historia de la ciudad. Más de la mitad de Cali está asentada y fue construida sobre zonas de humedal, lagos y madres viejas que fueron exterminadas en nombre del progreso y el desarrollo urbano y regional. Humedales que fueron desecados, rellenados y urbanizados, eliminando la dinámica del río Cauca y toda la biodiversidad existente en ellos.

Las políticas ambientales no solo son insuficientes, sino que parecen no ponerse en funcionamiento para disminuir estos irreversibles impactos. La sociedad aun no parece reconocer estos graves problemas pues de reconocerlos, no harían espera las protestas y movilizaciones en contra de la muerte de la naturaleza local.

El miedo a la ciudad se sigue percibiendo en términos de criminalidad, seguridad e inseguridad, pero la sociedad aun no percibe el miedo ecológico y ambiental frente a la increíble amenaza ambiental a la que se ha expuesto esta ciudad.

Como lo he planteado insistentemente, se está ante Administraciones locales impotentes, congeladas, indolentes y negligentes frente al deterioro ambiental y el riesgo al que se expone la ciudad al haber destruido su plataforma estructural ambiental, entre ellas, sus cuencas hidrográficas, en nombre del desarrollo y progreso. Una sociedad adormecida que poco percibe y poco le interesa el riesgo ambiental al que se expone por la destrucción de la naturaleza local.

Todo ello, porque las problemáticas ambientales urbanas y rurales del Municipio, aquellas que nos afectan, todavía se perciben como hechos secundarios, cuando deberían estar en el primer lugar y como eje central de nuestras preocupaciones.



lunes, 6 de abril de 2015

COMENTARIOS A TEODORO PÉREZ "ONTOLOGÍA OBJETIVISTA Y ONTOLOGÍA CONSTITUTIVA

Comentarios al texto “Convivencia solidaria y democrática, nuevos paradigmas y estrategias pedagógicas para su construcción” de Teodoro Pérez P.

Por:
Hernando Uribe  Castro

El texto en mención se corresponde con una disertación que construye Teodoro Pérez con respecto al estatuto ontológico y epistemológico de la realidad, y que es abordada por la ciencia y los intelectuales. En este texto, Pérez establece una diferenciación entre la ontología objetivista y la ontología constitutiva.

Marca diferencias entre una y otra a partir de una serie de características y elementos que la componen. Con respecto a la ontología objetivista plantea que estas pretenden alcanzar una representación fidedigna del mundo donde el estatuto epistemológico predominante es el sistema  observado. Esta ontología se pregunta por las entidades observadas mediante el método científico. Por ello, el modo de aprender es mediante la objetividad y el conocimiento será objetivado. La explicación es monocausal, y en este sentido, sólo es posible un universo.

Este modo de ver el mundo, es decir objetivo, es el único considerado válido y comprobable. Se confía en los sentidos que dan cuenta de los hechos fielmente como se expresan y que por tanto, mediante procesos de procesamiento de la información y procesos analíticos se pueden hacer inferencias de ese mundo observado. El observador está al modo de una “urna de cristal” desde donde observa el objeto qué es exterior a él. Por tanto el énfasis está en el objeto observado y en el método usado para la observación.

La otra es la ontología constitutiva. Para Pérez, esta ontología emerge como respuesta a la crisis del mecanicismo newtoniano. Sus bases se encuentran en la mecánica cuántica, la teoría de la relatividad de Einstein y las teorías de las incertidumbres de Heisemberg. Desde esta perspectiva, toda observación implica una relación con las características cognitivas y contextuales históricas de quien observa. No solo existe una relación entre el observador y lo observado sino que lo observado incide también en el observador.

En el observador no existe una separación entre su cuerpo biológico y su mundo social, sino que ambos forman un todo como unidad y operan y son operados en el momento de disponerse a observar. Y al observar un fenómeno, ese fenómeno también observa a su observador. De este modo quien observa está determinado por muchos aspectos como su origen y contexto cultural, nivel educativo, clase social, el estado de salud de sus órganos sensoriales y motrices y en general por aquellas cosas que lo hacen un organismo vivo y un humano.

La ontología constitutiva comprende que existe un determinismo estructural del observador que significa que “la operación de todo sistema, tanto en su dinámica interna como relacional, depende de su estructura: lo que le pasa al sistema en cada instante depende del estado de la dinámica estructural del sistema en ese instante” (Pérez, 2001:19). Por ello para Pérez, el medio juega un papel activo en la construcción que hacen los seres vivos de sus observaciones: existen estímulos del medio que lo afectan y del modo cómo los afectan.

Así mismo, lo que se percibe y del cómo se percibe también depende de esa estructura (que es filogenética, es decir lo que se porta genéticamente, y ontogenética, es decir lo que se construye con la experiencia). El ejemplo más interesante es aquel que dice que si tuviéramos visión microscópica, nuestra percepción sobre los rostros y cuerpos de las personas y los objetos sería diferente. Se transformaría nuestras concepciones de belleza y estética.

Lo interesante de todo esto es que Pérez plantea que el problema está en que para todas estas diferentes formas de percepción tenemos una limitación en el lenguaje porque, como sociedad o grupo, usamos unos códigos alfabéticos y numéricos que son desbordados por la complejidad de la realidad. En este sentido, al percibir, percibimos no solo con nuestros sentidos sino con el peso de nuestra historia, de nuestra experiencia, de nuestras creencias y de nuestro modo de ver, ser y de estar en el mundo. Pérez, haciendo uso de las concepciones de Maturana y Varela, considera que el lenguaje se convierte en la experiencia y la construcción/reconstrucción de la vida humana. 

Es lo que nos hace humanos porque a través de él se explica, se describe, se distingue y se piensa. A través del lenguaje se proponen ideas, conocimientos y todo tipo de construcción analítica y explicativa que puede ser o no aceptada por el otro que se dispone a prestarnos atención y quien acepta o rechaza lo que afirmamos desde el lugar compartido, una comunidad. La explicación dada a través del lenguaje recoge entonces la experiencia de vida, por ello frente a un mismo fenómeno un campesino y un especialista darán explicaciones desde sus lugares.

Ahora bien, una vez leído este bello texto del profesor Teodoro Pérez, pienso una perspectiva de la ontología constitutiva que plantea que la construcción del conocimiento depende del observador cuya base es la epistemología de los sistemas observadores, es apropiado para aquellas propuestas, que como la mía, aborda asuntos socioambientales entendidos como sistemas complejos y dinámicos. Asuntos socioambientales en los que se integran las dinámicas de los propias de los ecosistemas con las intervenciones de las acciones y las interacciones sociales de las comunidades, del grupos privados y del Estado. Recuérdese que mi propuesta de investigación trata sobre las comunidades que resisten a la expansión de la agroindustria azucarera en el valle geográfico del río Cauca. 

Por tanto, el camino no es la de asumirme como un observador que se encuentra en la “urna de cristal” desde la cual hago una vista panorámica interpretativa del mundo de modo “objetivo”, sin que ese mundo logre incidir él. Mi lugar como observador es desde el presupuesto de la ontología constitutiva en la que se establece una conexión profunda entre el observador y lo observado que también observa al observador.

Pienso que la complejidad de la comprensión del mundo social solo se puede enfrentar estando en la sociedad, con los que son y no son. Vivenciando las circunstancias que envuelven a los actores sociales en sus espacios de vida desde las cuales desarrollan su vida cotidiana, sus interpretaciones y sus proyecciones, todo ello como expresión de sus modos y formas de interactuar entre ellos mismos y con sus ambientes.

El contexto de sociedad que abarca las múltiples dimensiones de la realidad incide y están determinando de manera directa el oficio del investigador así como las particulares condiciones sociales de producción intelectual y científica.


Bibliografía


PÉREZ P., TEODORO. Convivencia Solidaria y Democrática: nuevos paradigmas y estrategias pedagógicas para su construcción. Instituto María Cano, Bogotá, Colombia, 2001. Páginas 15-27 (Capítulo 1. Del universo al multiverso)