Este es un espacio que propone reflexiones y debates sobre la inter-retro-conexión sociedad en la Naturaleza y la Naturaleza en la sociedad.

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viernes, 12 de abril de 2019

CORRUPCIÓN EN COLOMBIA


Corrupción en Colombia

Por:
Hernando Uribe Castro
Doctor en Ciencias Ambientales

La corrupción se expresa hoy como principio orientador de algunos sectores políticos en Colombia, que actúan en nombre de lo “democrático”. Como práctica, se extiende en los niveles de la administración del Estado (local, regional y nacional). Aparece acompaña de actos ilegales que se hacen pasar por “legales”, y en casos extremos, de hechos criminales que se legitiman con un discurso nacionalista: “todo es por el bien del país”.

Cada día se ven florecer nuevos casos de corrupción (en el discurso de los medios de comunicación, “escándalos políticos”) en las diferentes esferas de la institucionalidad. Pueden ser acciones individuales (por ejemplo, actos de corrupción de agentes de gobierno), o grupales (redes de autoridades) e incluso, en aquellos espacios que se suponen fueron construidos institucionalmente para el control y vigilancia[1]. Cada nuevo hallazgo parece superar en gravedad los casos anteriores. Los costos económicos, sociales, políticos -y sobre todo éticos-, de los estragos de la corrupción son muy altos para una sociedad considerada como una de las más ignorantes, inequitativas y desiguales del mundo.

Produce repudio que algunos sectores de ciudadanos acepten, sin discusión alguna, la idea de que las prácticas de corrupción son un mecanismo “necesario” para el buen y efectivo funcionamiento del Estado. Sectores que toleran y legitiman acciones corruptas. Que ofrecen su voto y eligen a “políticos” que son cuestionados ética y jurídicamente por su pasado, por los grupos a los que pertenecen y se adscriben, o por las personas de quienes se rodean y que los acompañan en los mandos del gobierno. Incluso, algunos sectores sociales perciben a estos agentes embriagados de corrupción, como excelentes ejemplos: audaces, vivos y creativos. Es frecuente escuchar expresiones como: “No importa que robe un poco con tal que haga algo por el país”.

La corrupción se fortalece en aquellos espacios donde: a) existen múltiples escalas de decisión y burocracia, b) la intervención de muchos agentes y delegados, c) poco control de los recursos económicos y d) los altos beneficios se ponen en juego. Algunos, para justificar sus acciones, “naturalizan” estas prácticas corruptas como si vinieran integrada al gen humano y desconocen que éstas son enseñadas, aprendidas y replicadas socialmente.

La corrupción, por tanto, no es un “algo” esencialista de la vida (en el sentido biológico) del ser humano, sino un proceso construido social y culturalmente que está ligado al campo del poder y del Estado y de la necesidad de quienes lo ejercen para acceder a bienes económicos y materiales para su propio beneficio o el de su grupo más cercano. La corrupción como práctica política se ha convertido en una limitante y un grave problema para la distribución de la justicia y la recomposición del tejido social humano.

En nuestros días observamos cómo las instituciones del Estado vienen desangrándose a montón por las redes de grupos especializados en desfalcar el Estado. Grupos que, enmascarados bajo el disfraz de lo “democrático” y del “bien común”, actúan como organizaciones criminales y delincuenciales. Son los grupos sociales más desfavorecidos, marginales y excluidos los que enfrentan las consecuencias de este atraco, esta violencia y esta represión que a veces se impone como acto legal.

Frente a ello, no queda más respuesta que unas respuestas socialmente poderosas cuyas bases reposan en la acción y la movilización de la sociedad civil. Sociedad civil que debe despojarse de su adormecimiento, para cumplir y ejercer un papel más destacado, preponderante, en la demanda, la exigencia y el juicio (que a todos los niveles desde el moral hasta jurídico) tendría que hacerse a los agentes y grupos corruptos. Participar en procesos de educación, en cultura política y participativa del ciudadano, es clave para que empiece esa transformación del entendimiento y la comprensión: cero tolerancia a la corrupción.

La corrupción no solo produce pérdida de bienes y capitales económicos, sino que produce violencia, muerte y pérdida de principios éticos. La sociedad civil tendría que comprender que la corrupción no es solo un fenómeno interno colombiano, sino que es una actividad que se practica también en las redes de la dinámica de la economía-mundo capitalista, que es el principal motor que condiciona la sociedad, el Estado y, por supuesto, el Mercado.




[1] Uno de los casos más conocidos en los últimos años, fue el de las acciones de corrupción del fiscal anticorrupción en Colombia.

jueves, 19 de febrero de 2015

PLAN NACIONAL DE DESARROLLO "TODOS POR UN NUEVO PAÍS" ¿QUÉ TIPO DE ESTADO SE CONSTRUYE?

Plan Nacional de Desarrollo “Todos por un nuevo país”
¿Qué tipo de Estado se construye?

Por:
Hernando Uribe Castro
Magíster en sociología
Estudiante del doctorado en Ciencias Ambientales, Universidad del Valle
Profesor Universidad Autónoma de Occidente

Uno de los indicadores que mejor puede dar cuenta del tipo de Estado que se construye por parte de los agentes interesados, es precisamente el Plan Nacional de Desarrollo, que es el mecanismo mediante el cual se plasma la gestión del Estado acorde al mandamiento constitucional y a los intereses de los agentes acumuladores del capital (oficiales y privados).

El Plan Nacional de Desarrollo también se convierte, de este modo, en un instrumento para la acción del Estado, proceso mediante el cual, los agentes y funcionarios administradores en colaboración con los agentes privados del capital transforman de esa idea de Estado (como abstracción) a algo concreto y real.

Tres elementos integran la acción de Estado: lo oficial, lo público y lo universal. (Bourdieu, 2014). Una dimensión oficial en el sentido de que son acciones realizadas por agentes legitimados oficialmente por ser representantes, comisionados o encargados por ocupar un puesto público en la estructura burocrática y administrativa, cobijados bajo legitimidad y en nombre del Estado, como por ejemplo, el Presidente de la República. Una dimensión pública en el sentido de que son acciones de interés público y de interés y conocidas por todos. Y una dimensión universal porque es de interés general a toda la sociedad, algo así, como una decisión que compete a todos.

Con todo esto claro, entonces se puede comprender el sentido que el gobierno nacional del presidente Juan Manuel Santos pretende dar con el Plan Nacional de Desarrollo bajo el título “Todos por un nuevo país” como propuesta que integra las tres dimensiones de la acción de Estado: lo oficial, lo público y lo universal.

Un nuevo país en el sentido de un contexto de transición hacia una sociedad en posconflicto. Un contexto que implica transformaciones importantes, por una parte, en los diferentes campos que componen el Estado: jurídico, administrativo y de lo legal, es decir en su sentido amplio, el campo burocrático o de la administración del Estado. Y por otra parte, en las transformaciones que requiere la sociedad para este nuevo contexto, en su sentido físico y simbólico.

El nuevo plan de desarrollo desplegará las estrategias de gestión encaminadas tanto a los procesos de financiación del posconflicto que ya han sido anunciados por el propio presidente -haciendo uso de los recursos obtenidos por las actividades extractivas, como la minería-; procesos de orden y control, como reestructuración de las fuerzas del orden público, transformación de las entidades del control fiscal, estadístico e informacional; como a los procesos de legitimación en la sociedad a través de las transformaciones simbólicas y culturales requeridas, tales como educación, comunicaciones y ritos de Estado. No es extraña, entonces, la propuesta del gobierno de lograr la jornada única de estudio para todo el sistema educativo en Colombia.

Pero las preguntas más importantes son  ¿qué es lo que se legitima con este plan nacional de Desarrollo? ¿Quiénes están detrás del nuevo proyecto de país? ¿Hacia dónde se encaminan los esfuerzos del posconflicto?

Indudablemente, el nuevo proyecto de país requiere de una Colombia en posconflicto no solo para atraer las inversiones extranjeras sino también para legitimar la explotación de los recursos de la naturaleza.

El nuevo escenario de posconflicto alienta la implementación de las políticas neoliberales, ahora presentadas bajo el discurso de la tercera vía.

Lo que pretendió hacer el gobierno de Uribe en sus dos gobiernos a través de la guerra y la confrontación armada haciendo uso de la entrega de los recursos y del territorio a las firmas extranjeras, hoy lo hace Santos a través de sus dos gobiernos, pacificando el país, para que una vez más pacificado se justifique el ingreso de capitales y se extraigan de modo más eficiente estos recursos.

El resultado finalmente es hacer del territorio nacional espacio de la economía globalizada, focalizando el desarrollo en algunos sectores y dejando otros al margen.

Para ello su Plan Nacional de Desarrollo con el lema “Todos por un país” que contiene en la frase misma, la expresión de una dominación simbólica en el sentido de que el mensaje pretende dar la idea de que todos están incluidos, de que es una decisión de todos, es decir, universal. Frase que legitima y universaliza las intenciones particulares de unos agentes, ahora transformadas (maquilladas y teatralizadas) como interés colectivos de la nación.

A pesar de ello, se requiere que se concrete el proceso de negociación en La Habana. Que los acuerdos sean el puente hacia la reconstrucción de una Colombia en convivencia: por el respeto a la vida y su dignidad, en toda su dimensión, al planeta Tierra y a todos los seres vivos que habitamos en ella.




viernes, 19 de julio de 2013

LA SOCIEDAD CIVIL Y EL ESTADO COLOMBIANO

La sociedad civil y el Estado colombiano

Por:
Hernando Uribe Castro
Magíster en Sociología

Cada día son más evidentes las formas de retraimiento del Estado colombiano y su responsabilidad con la sociedad. Un Estado que es administrado por grupos políticos afincados en el modelo neoliberal para administrarlo y hacerlo rentable para sus intereses particulares.

El descuido del gobierno nacional frente a los hechos del Catatumbo, como de otros casos bastante preocupantes, pone en evidencia, por un lado, la poca importancia que puede significar para éste, atender los problemas regionales de las comunidades locales, pero por otro lado, la excesiva importancia que tiene lograr la realización de un evento internacional en una de las principales ciudades del país, que a propósito no se logró.

Este descuido también se ve reflejado en el tratamiento represivo, policivo y estigmatizador con el que se trata a los campesinos y todo ciudadano que protesta y exige por sus derechos y sus necesidades. Es este tipo de reacción la que también caracteriza los gobiernos que glorifican el modelo neoliberal, el uso de la fuerza pública y los mercados financieros.

Lejos estamos de presenciar un Estado que proteja a todos sus ciudadanos con mejores condiciones de acceso a la salud, aportando en la consolidación de valores culturales ancestrales, respetando los derechos humanos y los del medio ambiente, valorando la diversidad étnica, de género y sexuales, fortaleciendo el sistema educativo, así como la atención a los problemas del campo, a los campesinos y campesinas.

Como las respuestas del Estado son retardadas, ineficientes, enredadas, represivas, policiales y sancionatorias, este hecho le exige a la sociedad civil más acción creativa, reflexiva, crítica y pacífica que confronte este modelo que se ha construido de Estado. Se necesita de un Estado que aporte nuevas instituciones verdaderamente democráticas, que permitan y construyan espacios participativos comunitarios. Pero no con aquella falsa democracia que ha servido para legitimar la inequidad social, la distancia social y el éxito del capitalismo avasallador.

Como lo expresaba en otra columna, una sociedad civil vigorosa que promueva la movilización social pacífica y además efectiva, puede conllevar a remover esquemas sólidos para avanzar hacia un cambio social.


19 de julio de 2013

viernes, 27 de julio de 2012

POBLADORES DEL JARILLON DEL RIO CAUCA: LOS SAMANES DEL CAUCA


POBLADORES DEL DIQUE DEL RÍO CAUCA: LOS SAMANES DEL CAUCA

Por
Hernando Uribe Castro
Magíster en Sociología

Lo primero que deseo expresar es que los pobladores del dique (técnicamente jarillón) del río Cauca no son homogéneos, pues sus procesos de ocupación han sido diferentes en términos de tiempo, espacio y origen. Asentamientos que tienen más de 30 años así como otros, mucho más recientes. No son los mismos los pobladores de Samanes del Cauca que los habitantes que se ubicaron en el sector de Villa Moscas. Son comunidades distintas. El origen de algunos de estos sectores contó con la participación de los mismos organismos del estado, de agentes y empleados estatales tanto nacional como local.

Lo segundo tiene relación con las viviendas y el entorno. Sector fresco, tranquilo, amplio y  arborizado, que le impregna una imagen de vereda más que de barrio, donde las relaciones de la tradición campesina se marcan todavía fuertemente y donde las personas desarrollan actividades agrícolas, ganaderas integradas a la estructura física de la casa. Esto se contrasta con lo que se puede ver a tan solo 200 metros, frente al asentamiento, con urbanizaciones como Valle Grande o Talanga donde las viviendas no alcanzan los 60 metros cuadrados, unas montadas sobre otras y donde el espacio público es reducido a pasajes peatonales y no calles. Casas que asfixian de calor, a altos costos, con endeudamientos de hasta 15 y 20 años y sin posibilidad de ampliación. Una casa lote en Samanes representa por lo menos la mitad de una manzana de casas en Valle Grande.

Lo tercero y tal vez la más importante es que frente a esa mirada estigmatizadora que elaboran  gobierno, periodistas y políticos, que dicen que estos pobladores son miserables, uno se encuentra con una realidad diferente. Una comunidad que viene tejiendo su red social, que construye un conjunto de valores comunitarios y vecinales que les ayuda a reforzar sus lazos de solidaridad, de amistad y cooperación. Valores indispensables para la construcción de ciudad y comunidad, en Cali han ido desapareciendo, diluyendo y quedándose en el olvido. 

Mientras que en Los Samanes del Cauca se percibe la unión de la comunidad, en algunos barrios de Cali surge el egoísmo, la envidia y la fragmentación. Mientras que en Los Samanes del Cauca la comunidad trabaja por la proximidad entre los integrantes, en los nuevos barrios de Cali como las urbanizaciones y los conjuntos cerrados producen integrantes des-unidos y lejanos, a pesar de su proximidad. Pareciera ser que lo que se viene perdiendo en los barrios tradicionales de Cali, se viene ganando en estos asentamientos humanos. Y esto parecer ser un logro del trabajo en comunidad, de sus líderes y de la participación ciudadana, que ha percibido el valor que tiene la solidaridad para reforzar el espacio público y el encuentro. De los hechos interesantes es que mientras que en otros sectores de la ciudad de Cali, las Juntas de Acción Comunal tienden a perder su sentido para el habitante del barrio, en Los Samanes del Cauca, esta institución al contrario se fortalece, se legitima y se alista a la resistencia y la sostenibilidad de la existencia de la comunidad.

De igual forma, frente a la imagen perturbadora que expresaba que los habitantes del jarillón son delincuentes, los propios habitantes del sector expresan algo diferente. Para los pobladores de Samanes del Cauca, su presencia genera un conjunto de ventajas de seguridad para los sectores vecinos. Es decir, la presencia de estos actores sobre el dique impide la presencia de actores criminales que han utilizado de modo regular los diques para botar cadáveres, organizar pandillas y cometer actos delictivos sobre el sector de las urbanizaciones. Para el poblador de Los Samanes del Cauca, éste se convierte en un aislante que de alguna forma hace más seguro el sector, precisamente por la red de protección y seguridad que posee  esta comunidad.

Finalmente, quiero expresar que me encuentro con personas humildes, en su mayoría mujeres, que les ha tocado levantar sus familias y ahora levantan la comunidad. Mujeres que en sus rostros reflejan el trabajo arduo de enfrentar una sociedad llena de injusticia, impunidad, corrupción y violencia. Una sociedad carente de institucionalidad seria que tenga la capacidad de atenderles sus problemas, sus necesidades y que les escuche. Instituciones del Estado, muchas de ellas manejadas con redes de clientelismo y corrupción.

Estas hechos descritos, por ahora de modo superficial, solo son posibles de expresar cuando se ha estado en el lugar, cuando se logran ingresar en la comunidad y profundizar en sus acciones, en su vida cotidiana; como lo expresa Clifford Geertz, ir a los sitios, estar con la comunidad para luego volver con información sobre la gente que vive allí, y poner dicha información a disposición de la comunidad profesional de un modo práctico. Y esto debe verse también reflejado en la capacidad del científico social en fortalecer la sociedad civil y la comunidad. Esto es trabajar por una forma distinta de democracia.

26 de julio de 2012

miércoles, 11 de julio de 2012

LOS INDIGENAS FRENTE A LOS ACTORES DEL CONFLICTO ARMADO EN COLOMBIA



Los indígenas frente a los actores del conflicto armado en Colombia

Por
Hernando Uribe Castro
Magíster en Sociología

El mes de julio de 2012 ha sido significativo en cuanto al rumbo que ha tomado el conflicto armado en Colombia, en especial, sobre el departamento del Cauca y, de manera particular, en el municipio de Toribio. El pueblo fue víctima de los hostigamientos de la guerrilla con armas artesanales que impactaron a la comunidad causando graves heridas a personas y daños en la infraestructura, entre ellas, las casas de los habitantes y el puesto de salud: “En medio de los hostigamientos de la guerrilla y las respuestas del Ejército, 11 civiles sufrieron heridas, entre ellos la enfermera jefe del puesto de salud, y 167 casas registraron graves daños. A la enfermera tuvieron que amputarle una pierna” (EL TIEMPO, 10-07-2012)[1].

Este hecho no dejaría de ser uno más de los cientos que un país como Colombia enfrenta en el marco de un conflicto armado, de no ser precisamente por la respuesta de la comunidad indígena asentada en el municipio de Toribio. Y es precisamente la respuesta  como un comportamiento colectivo, que permite tipificarla como un “repertorios de acción colectiva”; ésta se ha caracterizado, entre otras, por varios hechos: el primero de ellos, la concentración en el parque principal del pueblo por aproximadamente mil indígenas; La segunda, la organización indígena que designa una delegación para entablar diálogos con los jefes guerrilleros para exigir su retirada del sector; tercero, la retirada de sacos de arena que como barricadas protegían la estación de policía, exigiéndoles también su retirada del pueblo. Y cuarta, la expulsión de los guerrilleros por parte de la guardia indígena[2].

De estas sin duda, interesan las dos últimas porque demuestran la capacidad de organización que posee el movimiento social y su sentido de decisión de tomar acciones pacíficas de confrontación, tan delicadas y peligrosas, frente a estos actores armados. En la historia colombiana, por lo menos en la reciente, los indígenas han sido los únicos capaces de confrontar cara a cara a ambos actores armados expulsándolos de sus territorios, como expresión de un cansancio social y colectivo y de desconfianza en las instituciones y agencias del Estado. Este es un claro ejemplo de cómo el espacio como territorio es significativo para comprender la acción colectiva.

Esto también implica un mensaje claro para los colombianos: los indígenas asumen el control territorial, social y político de su territorio, expulsado actores del conflicto armado. Significa también, una desconfianza en la capacidad del Estado para garantizarles sus vidas y la percepción de que la presencia de la policía dentro de su comunidad como motivo de hostigamientos guerrilleros. Retirar la policía del municipio es garantizar de alguna forma la tranquilidad en su territorio, pues la presencia de la policía es motivo de ataque.

En este sentido, la autoridad no se constituye en garante del orden y la seguridad, sino en un motivador del conflicto. Y por tanto, se deslegitima la autoridad policial cuando se le desnuda de su cascaron protector. Así como en Toribio, en los municipios colombianos las estaciones policía son protegidas con retenes, vías bloqueadas, obstáculos en las vías para el paso lento de los autos, pero se desprotege la comunidad, pues prueba de ello son los altos indicadores todavía de crimen y delitos.

Estas respuestas colectivas de la no violencia de los grupos indígenas no pueden pasar desapercibido, pues se tornan en formas de resistencias significativas de pueblos que después de ser maltratados históricamente deben sentir de modo directo los estragos de una guerra sin sentido donde el pueblo pierde, y pocos son los que ganan. También deben convertirse en un ejemplo para el resto de ciudadanos que atónitos dejamos pasar miles de hechos violentos, incluso los naturalizamos como parte de la dinámica de un país como Colombia. La actuación de la comunidad indígena si se observa en su trasfondo puede ser uno de los ejemplos más significativos de la historia reciente del país, en cuanto a desnudar y recriminar la acción de los violentos y de las instituciones del Estado que han desgastado no sólo sus discursos, sino también, sus acciones.

12 de julio de 2012



[1]Tres explosiones controladas en Toribío en víspera de visita de Santos” EL TIEMPO.COM. 10 DE JULIO DE 2012.

[2] Noticiero 90 minutos. 10 julio de 2012. http://www.youtube.com/watch?v=NK2O4oiy8Z4