Este es un espacio que propone reflexiones y debates sobre la inter-retro-conexión sociedad en la Naturaleza y la Naturaleza en la sociedad.

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martes, 19 de enero de 2021

PRÁCTICAS DE CORRUPCIÓN

Prácticas de corrupción

Por:
Hernando Uribe Castro
Doctor en Ciencias Ambientales

 

Hernando Uribe Castro

La corrupción se expresa hoy como principio orientador en los sectores políticos que tienen a su cargo ese microcosmos social que es la administración del Estado, y en el que los agentes que actúan y lo dinamizan, lo hacen bajo las argucias del principio “Democrático”.

Como práctica, la corrupción y sus diferentes repertorios se extiende en todos los niveles de la administración local, regional y nacional,  acompañada de actos ilegales que se hacen pasar por “legales”, y en casos extremos, de hechos criminales que se legitiman con discursos nacionalista: “todo es por el bien del país”.

Día a día, surgen denuncias ciudadanas que ponen en evidencia estos actos de crueldad, suciedad política y criminalidad. Florecen nuevos casos de corrupción -que se suman a los ya existentes en las diferentes esferas de la institucionalidad-. Pueden ser acciones de corrupción individual (por ejemplo, actos de corrupción de agentes de gobierno), o grupal (redes de autoridades), e incluso, pueden ocurrir en aquellos espacios que se suponen, fueron construidos institucionalmente para el control y la vigilancia del manejo público, como sucedió en un país latinoamericano [1] 

No basta con el asombro para percibir que cada nuevo hallazgo de corrupción parece superar en gravedad los casos anteriores. Los costos económicos, sociales, políticos -y sobre todo éticos-, de los estragos de la corrupción son muy altos para una sociedad considerada como una de las más ignorantes, inequitativas y desiguales del mundo. A pesar de ser tan grandes y visibles para todos, con regularidad, son los medios internacionales los que dan a conocer estos asuntos mucho más de lo que lo hacen los medios nacionales. Y si por alguna razón, los casos son presentados por los medios nacionales, estos tienden a banalizarlos y restarles toda la importancia mediante la manipulación mediática.

La dificultad con la corrupción es que no solo se profundiza por el actuar de los agentes de Estado y de todas sus redes que se entretejen, sino también por todos aquellos sectores de ciudadanos que admiten, sin discusión alguna, la idea de que las prácticas corruptas son un mecanismo “necesario” para el buen y efectivo funcionamiento del Estado. Sectores que toleran y legitiman acciones corruptas.

Ciudadanos que ofrecen su voto y eligen a “políticos” que son cuestionados éticamente y jurídicamente por su pasado, por los grupos a los que pertenecen y se adscriben, o por las personas de quienes se rodean y que los acompañan en los mandos del gobierno. Incluso, algunos sectores de la sociedad perciben a estos agentes embriagados de corrupción, como excelentes ejemplos de éxito: audaces, vivos y creativos. Es frecuente escuchar expresiones como: “No importa que robe un poco con tal que haga algo por el país”.

La corrupción al estar presente en ese microcosmo social que es el campo de la administración del Estado se fortalece cuando, por ejemplo: a) existen múltiples escalas de decisión y burocracia institucional; b) donde es tan amplia, grande y marcada la fragmentación del Estado, que no existen medios de control para poder intervenir en cada uno de los rincones del entramado institucional; c) donde existe hacinamiento de personal en las oficinas del Estado como agentes y/o delegados; c) donde existe poco control institucional y dificultades para llevar a cabo las respectivas veedurías ciudadanas frente al gasto público y los recursos económicos; d) y donde hacer una denuncia ante las instituciones del control o ante la justicia puede producir un alto riesgo para la vida de quien hace la denuncia.  

Estos son sólo algunos aspectos que caracterizan esa “magia social” que es la corrupción institucional y que se impone como si fuera una verdad, una ley social, siempre manifiesta y necesaria. Y es aún más riesgoso, cuando un grupo criminal disfrazado de partido político usa todo tipo de armas -incluyendo las armas de corrupción- para instalarse en el poder absoluto de la institucionalidad del Estado. Esto es, sin duda alguna, un gran peligro para el interés público y la sociedad.

No es extraño entonces que algunos agentes “naturalizan” estas prácticas corruptas para justificar sus acciones como si vinieran integrada al gen humano. Desconocen que éstas son enseñadas, aprendidas y replicadas socialmente. Saben a quién incluir y a quién excluir, diseñan tetras, usan un lenguaje y demarcan las relaciones de fuerza y los principios de división. Quién es comprable y quién no. No permiten intromisión alguna de alguien que desee transformar o desenmascarar. Tratan de controlar los medios, la justicia y las instituciones. Confrontan a muerte a sus detractores u opositores. Conocen muy bien su clientela.

La corrupción, por tanto, no es un “algo” esencialista de la vida (en el sentido biológico) del ser humano, sino un proceso construido social y culturalmente que está ligado al campo del poder y de la administración del Estado y de la necesidad de quienes lo ejercen para acceder a bienes económicos y materiales para su propio beneficio o el de su grupo más cercano. Esto induce a una profunda revisión no solo del Estado sino de quiénes hacen el Estado y de quienes lo administran tras bastidores.

La corrupción como práctica política institucionalizada se ha convertido en una limitante y en uno de los más graves problemas para la distribución y el accionar de la justicia y la recomposición del tejido social humano. En un problema de tamaño mayor que se trata de  ocultar mostrándolo al ojo ciudadano, mientras las instituciones y la economía familiar vienen desangrándose a montón por las redes de grupos especializados en desfalcar la sociedad. Grupos que, enmascarados bajo el disfraz de lo “Democrático” y del “Bien Común”, en verdad pueden considerarse como organizaciones delincuenciales.

Son los grupos sociales más desfavorecidos, marginales y excluidos los que enfrentan las consecuencias de este atraco, esta violencia y esta represión que a veces se impone como acto legal. La eficacia en el ejercicio de la corrupción tiene que ver con la eficacia del “atolondramiento” que se le produce a los individuos de la sociedad con el esparcimiento de la mentira; con la reproducción del miedo; con la difusión de la violencia y el crimen; con el creciente espejismo del control social mediante decretos y normas hasta para poder respirar; y con la cantidad de impuestos de altos costos con los cuales se amenaza con poner la soga en el cuello de cada individuo.

Frente a ello, no queda más respuesta que respuestas socialmente fortalecidas y poderosas cuyas bases reposan en la acción y la movilización de la sociedad civil, las organizaciones sociales (mujeres, lgbti, ambientalistas, comunitarias, juventud, indígenas, afrodescendientes, estudiantes, entre otros) que exigen un cambio estructural. La sociedad civil urge despojarse de su ceguera colectiva, para cumplir y ejercer un papel más destacado, preponderante en la demanda, la exigencia y el juicio (que llegue a todos los niveles hasta tocar los escenarios jurídicos).

Participar en procesos de re-educación, incitar hacia una cultura política y participativa del ciudadano, es clave para que se fortalezca esa transformación del entendimiento y la comprensión: cero tolerancias a la corrupción. Más pensamiento crítico, reflexivo y aporte académico-intelectual capaces de discutir y proponer colectivamente acciones que contribuyan a construir unas renovadas acciones de hacer política.

La corrupción no solo produce la pérdida de bienes y de capitales económicos, sino que reproduce la violencia, la muerte y la crisis de los principios éticos. La sociedad civil tendría que comprender que la corrupción no es solo un fenómeno interno, sino que es una actividad que se practica también en las redes de la dinámica de la economía-mundo capitalista, que es el principal motor que condiciona la sociedad, el Estado y, por supuesto, el Mercado.

 



[1] Uno de los casos más conocidos en todo el mundo en los últimos años, fue el de las prácticas de corrupción realizadas por el fiscal anticorrupción en Colombia que hoy se encuentra tras las rejas y enfrentando la justicia. Este es uno de los casos que ha hecho que éste país se reconozca como uno de los más corruptos en el mundo.

martes, 14 de abril de 2020

¿MOSTRAR PARA OCULTAR? EN ESCENARIO DE COVID 19


¿MOSTRAR PARA OCULTAR” EN ESCENARIO DE COVID 19

Por
Hernando Uribe Castro.
Doctor en Ciencias Ambientales

Como especie humana enfrentamos los efectos de la insustentabilidad de la vida, producto de la construcción de un modelo de civilidad que redujo la vida a la imperiosa racionalidad económica basada en la acumulación incesante de capital y del crecimiento económico. Que destruye vida para transformarla en mercancías; que destruye humanos para hacerlos esclavos y objetos; que destruye naturaleza para transformarla en modernidad. El Covid 19 es expresión de esta insustentabilidad, que lleva a debatir a los gobiernos si la prioridad es prolongar la cuarentena para cuidar la vida, o terminar con ella para activar la economía.

El comportamiento de contagio por difusión del covid 19 es exponencial porque la transmisión de persona a persona se puede dar de un modo muy sencillo. La alerta de la Organización Mundial de la Salud no se hizo esperar, e instó a todos los gobiernos del mundo a tomar todas las medidas necesarias para contenerlo.

En algunos países donde no se acogieron las advertencias (por ejemplo Ecuador), la situación se salió de control. En los demás países del continente Americano hubo demoras para asumir con responsabilidad estas alertas por temor a paralizar la economía nacional. Se privilegió el capital económico sobre la vida. Sólo en algunas excepciones (Salvador y Cuba), los gobiernos actuaron de inmediato.

De este modo, los esfuerzos de los gobiernos por evitar el ingreso de personas contagiadas fueron perdidos, pues el virus ingresó por los principales aeropuertos y zonas de frontera. Una vez en los territorios nacionales, el covid 19 se expandió sin límite alguno y produce sus estragos. Ahora los gobiernos pretende aplanar la curva formada por las cifras diarias de contagiados, enfermos y muertes. Están perdiendo el control.

Los intentos por aplanar la curva sirven de argumento y defensa a los gobiernos para demostrar que sus acciones y decisiones fueron acertadas y así se evitan, no solo la sanción jurídica-legal sino también política-social. Ningún agente de gobierno desea complicarse la vida, enfrentando actos de Ley por no haber tomado las medidas necesarias. Por tanto, aplanar como sea la curva de muertes y enfermos -a pesar de que son conscientes de que no tomaron las medidas necesarias y a tiempo para enfrentar la calamidad- se convierte en prioridad y se debe lograr cómo sea, incluso eludiendo, ocultando y no ofreciendo en tiempo real los datos.

De ahí que una de las estrategias que usan los agentes de Estado para demostrar que sus acciones fueron acertadas es la manipulación de la información de distintos modos: obligando a los servicios de salud a entregar los datos a un ente central de gobierno para evitar que los datos llegue de modo directo a la sociedad; manipular estos datos integrándolos por partes o series de partes a la sociedad, por ejemplo, una vez al día; o por ejemplo, hacer más lenta la toma de muestras, el envío a los laboratorios y la entrega de resultados. Existen muchas formas de manipulación de los datos que son ocultos a la sociedad.

Enfrentamos entonces el efecto “mostrar ocultado” del que nos habla Bourdieu. Se publican los datos en los medios de comunicación y las plataformas oficiales para el conocimiento del público, pero solo aquellos datos que son autorizados con el propósito de ofrecer la sensación de que se comparte la información. De este modo, la voz oficial es la voz de gobierno que legitima su acción y valida la información que da a conocer.

Pero estos datos no incluyen los otros que fueron censurados, ocultos, ralentizados y/o engavetados. En Colombia, personal médico y de enfermería vienen denunciado a través de diferentes medios que los hospitales y servicios de salud, atienden más enfermos y existen más muertes de los que se comunican o se dan a conocer[1]. Denuncian que tampoco se les ha ofrecido todo el dispositivo de bioseguridad para cumplir con su trabajo[2]. El número de ciudadanos enfermos de covid 19 a los que no se les aplicó o ha aplicado la prueba es creciente. Ponen al ciudadano a comunicarse con una línea de emergencia que mantiene ocupada y que no logra atender a toda la población. 

El gobierno ha pretendido llevar a cabo acciones de apoyo ciudadano, usando programas de ayuda solidaria. Pero incluso en estas acciones aparecieron también los actos de corrupción. Por ejemplo, el gobierno colombiano habilitó una plataforma donde aparecen las cédulas registradas de aquellos colombianos que serían beneficiarios del apoyo estatal. Pero, al ingresar números de cédula, aparecen como beneficiarios familiares ya fallecido. Los muertos recobraban la vida para cobrar los apoyos solidarios del gobierno colombiano[3]. No se hizo esperar entonces, las voces en redes sociales que decían que así como los muertos recobraron vida para recibir apoyos, de pronto, también habían resucitado en las pasadas elecciones para votar por el actual presidente.

También aparecieron los hechos relacionados con corrupción por contratos robustos otorgados por agentes de gobierno (alcaldes, gobernadores y de más políticos) a firmas privadas que inflaron precios de equipos, ayudas y apoyos solidarios. Por ejemplo, aparecen mercados con alimentos básicos entregados a comunidades empobrecidas, cuyos valores están tres veces por encima del valor real[4].

Los efectos del Covid 19 para Colombia, además de evidenciar los problemas estructurales del sistema de salud, desmanteló la red de corrupción, de ineptitud y de irresponsabilidad de un gobierno nacional y de unos gobernadores y alcaldes locales que fueron incapaces de enfrentar, ética y limpiamente, los estragos de una pandemia. Pocos políticos son la excepción. Por ejemplo, de no haber sido por el carácter, la experiencia y la fuerza que impusieron algunos alcaldes municipales (Bogotá y Cali), que fueron capaces de enfrentar al gobierno nacional y exigieron tomar medidas urgentes para enfrentar la propagación del coronavirus, la situación en Colombia hubiese sido muy grave. Incluso más grave que la situación se vive en Ecuador hoy en día, donde las personas mueren en sus hogares y calles.

A ello se sumó, la importancia que tuvieron las asociaciones médicas y científicas que exigieron también al gobierno colombiano echar para atrás sus propósitos negligentes para atender la pandemia (por ejemplo cerrar el aeropuerto El Dorado), y éste se vio obligado (aunque muy tarde) a atender estas sugerencias. Hoy en día, profesionales de la salud, académicos, sociedad civil, artistas, periodistas y demás grupos de la sociedad civil dicen que este gobierno nacional ha sido torpe, inepto e imprudente para manejar esta situación. Las redes sociales se convirtieron en medios a través de las cuales la sociedad colombiana demostró su descontento y su desaprobación del modo como este gobierno ha enfrentado la situación.

Muchos agentes de Estado, a pesar de la situación de salud pública, se han dedicado a mentir, a robar, a manipular y a desinformar. Se ve claramente la ineptitud de una clase política que parece importarle muy poco el bienestar de los ciudadanos, pero si mucho sus negocios y el funcionamiento de sus economías. Agentes que privilegian la economía sobre la vida.

El Estado y su institucionalidad no pueden continuar como venían, pues se ha visto que el modelo es ineficiente, excluyente, corrupto, inexacto, ineficiente e inseguro. El Estado, sus agentes, las corporaciones y la sociedad misma deben cambiar. Y en ese cambio, la sociedad civil tiene una participación pertinente, importante y central.

La sociedad civil debe continuar con su lucha social que exige el bienestar colectivo, unas políticas sociales que favorezcan la salud de la población colombiana, respeto y el derecho a la vida. Los aprendizajes para enfrentar este tipo de situación también obligan a la sociedad civil a repensarse, a proyectarse y a continuar su papel de defensora de la verdad, de los ambientes sanos, de la defensa de los territorios y las soberanías alimentarias. También el conjunto de la sociedad, sus líderes y organizaciones sociales tienen la imperiosa necesidad de continuar con su trabajo y proyectos sociales. Tener en cuenta estos hechos para encontrar y tener muy claro -entre cejas-, las responsabilidades que jugaron los políticos corruptos, ineptos, irresponsables e ineficientes para enfrentarlos a los juicios sociales, políticos y legales a que den lugar.

Para superar esta situación, se requiere del trabajo conjunto de todos los actores de la sociedad civil, de sus luchas, acciones y propuestas. No es delegando en los agentes de Estado el cambio social que resultará de esta crisis. Como lo expresa Bourdieu en "Intervenciones políticas" (2015), “el poder de pensar y de cambiar la sociedad no se delega, y sobre todo no a un Estado que se arroga el derecho de hacer feliz a los ciudadanos sin contar con ellos.” (77).



[1] Pacientes con COVID-19 mueren en hospitales, pero no aparecen en registros: enfermera. https://www.pulzo.com/nacion/pacientes-mueren-coronavirus-hospitales-pero-no-estan-reportes-doctora-PP872478

[2] “Médicos del hospital de Kénedy protesta por falta de protección” https://www.eltiempo.com/bogota/medicos-del-hospital-de-kennedy-protestan-por-falta-de-proteccion-483680

[3] Denuncian que hay cédulas que no existen y sí aparecen como beneficiarias de ayudas del Gobierno. https://www.semana.com/nacion/articulo/denuncian-que-hay-cedulas-que-no-existen-y-si-aparecen-como-beneficiarias-de-ayudas-del-gobierno/662678


viernes, 12 de abril de 2019

CORRUPCIÓN EN COLOMBIA


Corrupción en Colombia

Por:
Hernando Uribe Castro
Doctor en Ciencias Ambientales

La corrupción se expresa hoy como principio orientador de algunos sectores políticos en Colombia, que actúan en nombre de lo “democrático”. Como práctica, se extiende en los niveles de la administración del Estado (local, regional y nacional). Aparece acompaña de actos ilegales que se hacen pasar por “legales”, y en casos extremos, de hechos criminales que se legitiman con un discurso nacionalista: “todo es por el bien del país”.

Cada día se ven florecer nuevos casos de corrupción (en el discurso de los medios de comunicación, “escándalos políticos”) en las diferentes esferas de la institucionalidad. Pueden ser acciones individuales (por ejemplo, actos de corrupción de agentes de gobierno), o grupales (redes de autoridades) e incluso, en aquellos espacios que se suponen fueron construidos institucionalmente para el control y vigilancia[1]. Cada nuevo hallazgo parece superar en gravedad los casos anteriores. Los costos económicos, sociales, políticos -y sobre todo éticos-, de los estragos de la corrupción son muy altos para una sociedad considerada como una de las más ignorantes, inequitativas y desiguales del mundo.

Produce repudio que algunos sectores de ciudadanos acepten, sin discusión alguna, la idea de que las prácticas de corrupción son un mecanismo “necesario” para el buen y efectivo funcionamiento del Estado. Sectores que toleran y legitiman acciones corruptas. Que ofrecen su voto y eligen a “políticos” que son cuestionados ética y jurídicamente por su pasado, por los grupos a los que pertenecen y se adscriben, o por las personas de quienes se rodean y que los acompañan en los mandos del gobierno. Incluso, algunos sectores sociales perciben a estos agentes embriagados de corrupción, como excelentes ejemplos: audaces, vivos y creativos. Es frecuente escuchar expresiones como: “No importa que robe un poco con tal que haga algo por el país”.

La corrupción se fortalece en aquellos espacios donde: a) existen múltiples escalas de decisión y burocracia, b) la intervención de muchos agentes y delegados, c) poco control de los recursos económicos y d) los altos beneficios se ponen en juego. Algunos, para justificar sus acciones, “naturalizan” estas prácticas corruptas como si vinieran integrada al gen humano y desconocen que éstas son enseñadas, aprendidas y replicadas socialmente.

La corrupción, por tanto, no es un “algo” esencialista de la vida (en el sentido biológico) del ser humano, sino un proceso construido social y culturalmente que está ligado al campo del poder y del Estado y de la necesidad de quienes lo ejercen para acceder a bienes económicos y materiales para su propio beneficio o el de su grupo más cercano. La corrupción como práctica política se ha convertido en una limitante y un grave problema para la distribución de la justicia y la recomposición del tejido social humano.

En nuestros días observamos cómo las instituciones del Estado vienen desangrándose a montón por las redes de grupos especializados en desfalcar el Estado. Grupos que, enmascarados bajo el disfraz de lo “democrático” y del “bien común”, actúan como organizaciones criminales y delincuenciales. Son los grupos sociales más desfavorecidos, marginales y excluidos los que enfrentan las consecuencias de este atraco, esta violencia y esta represión que a veces se impone como acto legal.

Frente a ello, no queda más respuesta que unas respuestas socialmente poderosas cuyas bases reposan en la acción y la movilización de la sociedad civil. Sociedad civil que debe despojarse de su adormecimiento, para cumplir y ejercer un papel más destacado, preponderante, en la demanda, la exigencia y el juicio (que a todos los niveles desde el moral hasta jurídico) tendría que hacerse a los agentes y grupos corruptos. Participar en procesos de educación, en cultura política y participativa del ciudadano, es clave para que empiece esa transformación del entendimiento y la comprensión: cero tolerancia a la corrupción.

La corrupción no solo produce pérdida de bienes y capitales económicos, sino que produce violencia, muerte y pérdida de principios éticos. La sociedad civil tendría que comprender que la corrupción no es solo un fenómeno interno colombiano, sino que es una actividad que se practica también en las redes de la dinámica de la economía-mundo capitalista, que es el principal motor que condiciona la sociedad, el Estado y, por supuesto, el Mercado.




[1] Uno de los casos más conocidos en los últimos años, fue el de las acciones de corrupción del fiscal anticorrupción en Colombia.

lunes, 17 de diciembre de 2018

GRANDES EVENTOS SOBRE CAMBIO CLIMÁTICO


Grandes eventos sobre cambio climático

Por
Hernando Uribe Castro
Doctor en Ciencias Ambientales

Llama profundamente la atención que a pesar de la lucha contra el cambio climático en diferentes partes del mundo, los resultados demuestren que las cosas en este tema cada día son más preocupantes. Lucha que se ha materializado especialmente con los eventos globales denominados Conferencia sobre Cambio Climático promovidos por la ONU.  El más reciente de ellos realizado en diciembre de 2018 en Polonia.

Organismos como Intergovernmental Panel on Climate Change –IPCC- ponen en evidencia que las emisiones de dióxido de carbono no se detienen, en países como China (4,755) y Estados Unidos (2,5%) y que se espera que en este camino, entre los años 2032 y 2052, se supere el tope de la temperatura mundial por encima de 1.5 grados [1].

Surge la pregunta si ¿son suficientes estos eventos para ir hacia un rumbo distinto que impida el camino  hacia la destrucción? Este ha sido un espacio en el que convergen todos los países en espera de avanzar, no solo hacia un entendimiento del problema, sino a la búsqueda de soluciones y alternativas. Pero por lo visto, estos intentos quedan insuficientes debido a la indiferencia de agentes corporativos frente a estos temas, así como por el tipo de discurso “elevado” y muy “técnico” con el que se trata la profundidad del cambio climático  que no alcanza a ser comprendido por los ciudadanos.

En el presente, existe un flujo de grandes capitales económicos avalados por decisiones políticas que deben invertirse en la lucha global contra el calentamiento global, pero también es evidente que parte de esas grandes inversiones quedan en las redes de corrupción y de las clientelas políticas en los diferentes países. Corrupción que se manifiesta en las diferentes dimensiones: manejo de recursos públicos, obras mal diseñadas y construidas, sobornos a agentes, construcción de políticas nocivas para la naturaleza, toma de decisiones gubernamentales que afectan los intereses comunitarios, pago a redes criminales, políticas que avalan actividades extractivistas, entre otras. El agua se convirtió en un negocio y no un derecho. La tala aumenta y la desertificación no se detiene.

Pienso que los agentes dinamizadores del mercado que toman las decisiones estructurales de los negocios globales, así como muchos gobiernos, aún no han interiorizado –y no tienen interés alguno en que les llegue a interesar-, la preocupante situación de planeta en términos de los factores que producen los gases de efecto de invernadero y la contaminación de todos los ecosistemas del mundo a pesar de todas las evidencias ya existentes.

Aún se percibe una marcada prioridad de los agentes del mercado por la acumulación del capital a partir de la explotación incesante de los elementos de la naturaleza y de la explotación de la mano de obra humana de masas de poblaciones en situación de pobreza y vulnerabilidad en los países más pobres, que no solo ven sus recursos explotados, sino que quedan con sus territorios destruidos.

En América latina, el viraje hacia gobiernos de extrema derecha como en Brasil, Argentina y Colombia, es de una inmensa preocupación no solo por los efectos sociales sino también para los ecosistemas estratégicos. Y estos virajes afectan la disposición que se tiene en la lucha contra el cambio climático. Gobiernos preocupados más por los negocios, las redes comerciales, los tratados internacionales, la forma de hacer más dinero, que por el bienestar de la población y del ambiente natural.

Se percibe también un inmensa brecha entre los hallazgos producidos desde el mundo científico por los temas ambientales -que están en sintonía con las demandas y denuncias que hacen los pueblos ancestrales y las comunidades locales que sienten en carne viva los efectos de la destrucción de la vida en el planeta-, frente a los espacios del mundo político donde se toman las decisiones estructurales de los países y los espacios de las grandes organizaciones corporativas, muchas de ellas más poderosas que los mismos Estados en el mundo.

La sociedad civil, las organizaciones sociales de bases y los movimientos sociales ambientalistas y ecologistas, continúan su trabajo de defensa y protección. A veces con altos costos humanos en el sentido de que muchos líderes son asesinados y desparecidos. No obstante, existe también una gran masa de ciudadanos que aparece con un actor negligente y poco interesado.

Panorama preocupante y a veces desolador.






[1] Según el IPCC “Human activities are estimated to have caused approximately 1.0°C of global warming above pre-industrial levels, with a likely range of 0.8°C to 1.2°C. Global warming is likely to reach 1.5°C between 2030 and 2052 if it continues to increase at the current rate.” (IPCC, 2018, p. 6).

viernes, 16 de febrero de 2018

LA MISERIA DE COLOMBIA

La miseria de Colombia

Por: Hernando Uribe Castro
Doctor en Ciencias Ambientales

La miseria estructural de Colombia no está en aquellos grupos comunitarios que enfrentan las dificultades producidas y reproducidas por un sistema de Estado que los marginó y los condujo sin remedio a condiciones de altas carencias, empobrecimientos y segregaciones, y sobre los que recae toda la estigmatización de la sociedad. Pienso que estos grupos humanos en estas condiciones son resultado de un proceso estructural que abarcó el modo como una elite vitalicia -familias que heredaron y se lograron hacer al ejercicio del poder dentro de la dinámica del proceso de la construcción histórica del Estado y de todos los beneficios que implicó la concentración y acumulación de recursos de toda una nación-, se ha mantenido como dinastía entre bastidores de la vida política y económica.

En esta clase vitalicia y dinástica radica la verdadera miseria de Colombia. Aquella que logró incrustarse como parte de engranaje del movimiento histórico de la construcción del Estado y que ha ocupado todos los órdenes de su estructura y de sus instituciones. Elite que, como agentes privados con intereses en el ejercicio público, delegó y aun delega entre sus propios miembros (de sangre o de transmisión por afinidad o compromiso de familia) las riendas del manejo institucional del Estado en todos los niveles de operación.

Esta elite miseria de Colombia es la que profundizó la práctica de la corrupción como principal práctica en el ejercicio político. Y la profundizó, la convalidó y la convirtió como algo natural o inherente a la condición humana. Naturalizar la práctica de la corrupción era garantizar su existencia como clase dirigente, dinástica y cicatera, controlando y tratando de controlar y contener toda la estructura funcional del Estado.

Lograron hacer de la corrupción, un “algo” que necesariamente debía estar presente en la estructura social, estructura mental y cognitiva de los individuos. Como un hecho consustancial a todas las ramas y poderes oficiales. No es raro entonces la desatada lucha política por el control de todos estos espacios producidos por el Estado y para el Estado.  Confrontaciones por acceder a estos espacios de la institucionalidad del Estado en crecimiento.  Al crecer la burocracia y los espacios que conforman el lugar de las tomas de decisión, mucho de ello, fue quedando por fuera del circuito de control y de dominación de estos agentes dinásticos. El campo del Estado evidencia la competencia por el monopolio del poder coercitivo del Estado y de la burocracia entre esta clase dinástica y los nuevos agentes políticos que fueron surgiendo por fuera del centro del poder hereditario.

Luchas agrestes por acceder a esas posiciones estratégicas (ministerios, senado, asambleas, concejos, gobernaciones, alcaldías, corregidores, etc,) que son partecitas del espacio institucional total del Estado desde donde pueden absorber a mordiscos, por el hecho de que se encuentran en la red de la delegación y de las decisiones, beneficios económicos, simbólicos y políticos. En últimas, las prácticas corruptas de la miseria del Estado fueron aprendidas, reproducidas y mantenidas por los nuevos agentes políticos que aprendieron que la única forma para hacerse a los espacios de control y delegación del Estado era precisamente la corrupción de todo del aparato burocrático estatal.

Elites que -al cumplir su doble rol de ser políticas y económicas- requerían, para concentrar y ejercer el poder, contener las prácticas de corrupción y así garantizar ese lugar privilegiado del mandato, la delegación y la capitalización de todas las ventajas económicas que ofrecía y ofrece. Por ello, era necesario producir, anexarse, aliarse o construir redes criminales y de la criminalidad. Producir tantos dispositivos de dominación violenta (física y simbólica) así como también sutil (a través del control de los medios de comunicación, la religión y la educación).

Dinastías mezquinas, familias hegemónicas cuyos apellidos se repiten y se repiten porque vienen de los bisabuelos, abuelos y padres que cumplieron su papel de políticos. Burocracias corruptas que hacen del Estado y de toda su institucionalidad, su principal fuente de vida, su mina de oro. Mientras que para la mayoría de la población, lo convierten en un espejismo, en una bruma. Pero es esa población -con su mano de obra y el sudor de su frente-, y la riqueza de todo su territorio, la principal materia prima de las ganancias que produce toda la institucionalidad de ese Estado que desde principio fue y sigue siendo capturado y cooptado por esas dinastías, esas familias hegemónicas con sus redes criminales.

Dinastias y familias hegemónicas, elites del poder económico y político, que se han autodelegado el papel de velar por los valores morales y éticos de toda la sociedad colombiana. 




martes, 26 de febrero de 2013

CRISIS AMBIENTAL, MINA DE ORO PARA LA CORRUPCIÓN EN COLOMBIA


CRISIS AMBIENTAL, MINA DE ORO PARA LA CORRUPCIÓN EN COLOMBIA[1]

Por
Hernando Uribe Castro
Investigador CIER – Magíster en Sociología

Existe una relación entre crisis ambiental y corrupción. Los efectos tanto del periodo de lluvias intensas como el periodo de mucho calor en Colombia, nos invita a pensar dos cosas: primero, que tanto las fuertes lluvias como el intenso calor están afectando de manera clara el sistema de cuencas hidrográficas en donde está la población urbana y rural, pero que además, esto efectos también son producidos por el modelo de desarrollo económico y político que se instaló sobre estos lugares. Un modelo extractivo que acaba con bosques, cobertura vegetal protectora del suelo y que impulsa la expansión ganadera, la minería, la tala y quema de bosques, el desplazamiento de personas, entre otros.
           
Segundo, que esta crisis socio ambiental, producida por las actividades humanas, conlleva a un incremento en la producción de desastres como inundaciones en el campo y la ciudad, afectación de infraestructuras (carreteras, vías), así como también incendios forestales, sequía, envenenamiento del agua, la tierra y el aire. Frente a esto, el gobierno colombiano responde activando las alarmas por emergencia y  hace anuncios de importantes ayudas para atender estos eventos. El problema es que a la crisis socio ambiental se le suma una catástrofe que es perversa porque es intencionada y está arraigada en las prácticas políticas: la corrupción.

Ya lo anunciaba el periódico El País del viernes 11 de febrero: “Se hicieron ‘agua’ los dineros de ola invernal en el Valle del Cauca: El Valle del Cauca es el departamento que registra el mayor número de irregularidades por obras del programa Colombia Humanitaria que aún no inician o presentan grandes retrasos”. Solo un seguimiento atento a los medios periodísticos daría cuenta de los muchos anuncios de apoyos, recursos y dineros que se anuncian pero no tienen seguimiento. No se sabe si efectivamente esos recursos se concretan o llegan a quienes lo necesitan realmente. Por ejemplo, en el municipio de Roldanillo tumbaron un puente para hacer otro similar con el único propósito de contratar.[2]

El Informe Mundial de Corrupción 2011 señala que en los países donde precisamente existían dineros que se giraban a la atención de los problemas por riesgos por desastres naturales o medioambientales, se evidenciaba incremento de la corrupción[3]. Hoy en día los presupuestos nacionales incluyen recursos para atender desastres y eventos de calamidad, pero como estos eventos son procesos de largo plazo, los controles administrativos casi que son imposibles y muchos grupos de poder, líderes y gamonales, se están beneficiando de esta crisis socio ambiental. 

Debe el Gobierno de Santos, en representación del Estado, activar todos los dispositivos y equipamientos para atender, favorecer y defender a los ciudadanos que se encuentran dispersos a lo largo y ancho del territorio nacional afectados por las crisis socio ambientales, pero también llamar la atención de los organismos de control, Procuraduría y Contraloría, para vigilar la función pública, en especial lo que tiene que ver con la efectiva y eficiente administración de cuantiosos recursos fiscales, que deslegitiman al Estado y naturalizan la corrupción.

 






[1] Este artículo fue publicado por El Pueblo, sábado 23 de febrero de 2013.
[2] “Informe: los puentes ‘voladores’ que no han logrado convencer en Roldanillo.  El Valle del Cauca es el departamento que registra el mayor número de irregularidades por obras del programa Colombia Humanitaria que aún no inician o presentan grandes retrasos.” El País, 8 de febrero de 2013.
[3] Informe Mundial de Corrupción “Cambio Climático”. Estados Unidos: Transparency International, 2011.


lunes, 18 de febrero de 2013

LA INSEGURIDAD CIUDADANA NO SOLO ESTA EN LAS CALLES


LA INSEGURIDAD CIUDADANA NO SOLO ESTA EN LAS CALLES

Por
Hernando Uribe Castro
Magíster en Sociología

Es necesario aclarar que la seguridad de los ciudadanos se ha enfocado a los problemas de la calle y del espacio público, como si la inseguridad fuera provocada solo por ladrones, bandas criminales y desadaptados. Para eso, las autoridades y los gobiernos enfocan esfuerzos y una gran cantidad de recursos para  el aumento de autoridad armada como militares, policías, tecnologías para la vigilancia y políticas de seguridad.

Pero se olvida que la inseguridad de los ciudadanos también está en algunos de los espacios públicos de las instituciones del Estado, donde la criminalidad, la corrupción, el clientelismo y la politiquería atentan contra la integridad de todos y todas.

Ejemplos sobran, tales como: la corrupción dada en el sistema de salud colombiano que produjo no solo la mercantilización de la salud, sino también, y de modo directo, la pésima e ineficiente atención de muchas personas que perdieron la vida esperando atención en una sala de espera de un hospital o clínica; agencias del Estado que debían realizar las obras necesarias para evitar que temporadas de invierno y/o sequía no afectaran la población de la forma como lo habían hecho, pero que al final de cada evento, fueron evidentes los estragos, el desastre y la muerte de muchas personas por la ineficiencia y la corrupción; inseguridad educativa; la parapolítica como expresión de esa inseguridad que vivió el país en tiempos recientes, así como las organizaciones criminales aliadas con políticos y gamonales regionales que hacían presencia en los espacios de decisión y de inteligencia más importantes del país; la inseguridad que produce un sistema financiero que clienteliza a toda una población. Las agencias del Estado encargadas del control del mismo Estado parecen insuficientes frente a tantos casos de delitos cometidos contra la misma nación por sus mismos agentes. Todo tipo de funcionario público operando en las instituciones del Estado desde la corrupción y la criminalidad.

Esa es la otra inseguridad que viven los colombianos. En este sentido, es necesario repensar la sociedad colombiana desde otros ángulos. Exigir la seguridad producida tanto por las instituciones del Estado en ellas mismas, así como la seguridad en el espacio público tanto urbano como rural. Limpiar las instituciones del Estado de criminales y corruptos es necesario para transformar la institucionalidad del país y para lograr la garantía de la responsabilidad  del Estado con sus ciudadanos.

Parece que en Colombia se administra la inseguridad y no la seguridad pues algunos funcionarios públicos enfocados a procurar el bienestar y la integridad de los colombianos son quienes en realidad están fomentando todo tipo de daños y perjuicios, que, en vez de prometer un camino hacia al bien común, donde tomen medidas profundas y maticen de raíz, terminan aportando soluciones a problemas más triviales, que ante el público, parecen ser más efectivas como la captura de un gran delincuente, o un  plan antirrobos, o la investigación de grupos criminales.

Lo que es extraño, es que, por más capturas que hagan, por más inversión que se promueva y por más discurso que demuestre que lo que se está haciendo, los hechos evidencian que todo ha sido, es, y sigue por el mismo camino, y que los colombianos tanto en los espacios institucionales como en el escenario público y de la vida cotidiana siguen experimentando la reproducción de la inseguridad.

18 de febrero de 2013



lunes, 3 de diciembre de 2012

CRISIS AMBIENTAL, GOBIERNO Y CORRUPCIÓN EN COLOMBIA


Crisis ambiental, gobierno y corrupción en Colombia

Por
Hernando Uribe castro
Magíster en Sociología

Tanto los hechos  presentados durante el periodo de lluvias intensas, denominadas como la “ola invernal”, como los hechos enmarcados durante el periodo de sequía y calor, y que se expresaron de modo especial en problemas de abastecimiento de agua e incendios forestales sobre zonas de ladera, han demostrado que el Gobierno (local y nacional) se queda corto para atender estas situaciones de emergencia ambiental. Hechos que también demuestran que el modelo de desarrollo económico de tipo extractivo está causando estragos irreversibles en zonas estratégicas y frágiles de los ecosistemas colombianos como los páramos.

El gobierno se queda corto, no solo porque es ineficiente su acción directa en términos de prevención y atención de estos desastres, también porque existen incoherencias y contradicciones en sus discursos. Por un lado, se dirige a alentar una necesaria relación amigable y de respeto con el medio ambiente, pero, por otro, sus acciones se han enfocado a fortalecer y  poner en marcha las locomotoras del desarrollo, dispuestas desde los Planes de Desarrollo Nacional, como  el caso propuesto por el gobierno del presidente Santos, cuyos impactos en territorios que deberían ser protegidos, son desastrosos, pero lucrativos para las multinacionales que se encuentran detrás de  estas actividades mineras.

Son visibles estas contradicciones. A la que se suman por ejemplo, incongruencias con los datos de los supuestos aportes y/o apoyos en términos de dineros girados, subsidios, a familias afectadas, e incluso apoyo a los propios municipios. Anuncios y anuncios de dineros a los que nunca se les hacen ningún tipo de control. No se sabe si efectivamente esos recursos se concretan. No se sabe nada de ese control y seguimiento. Por tanto se debe exigir una gobernabilidad climática.

En un informe sobre corrupción mundial y cambio climático, se señalaba que uno de los campos en los que más se evidenciaban altos niveles de corrupción era precisamente los dineros que se giraban a la atención de los problemas por riesgos por desastres naturales o medioambientales[1]. Como el problema es mayúsculo, los presupuestos nacionales tenderán a concentrarse en estos aspectos, pero como son procesos de largo plazo, los controles administrativos casi que son imprecisos e imposibles. De esto ya se ha venido observando en Colombia.

Se teje así una relación que parece invisible: crisis ambiental, gobierno y corrupción, de la que muchos grupos de poder se benefician. Como siempre, es la población más pobre y marginal la que resulta afectada y haciendo peticiones y no exigencias al gobierno nacional, como si se tratara de un favor y no de un derecho,  cuando debe  ser el Gobierno en representación del Estado quien ponga en marcha todos los dispositivos y equipamientos para atender, favorecer y defender a los ciudadanos que se encuentran dispersos a lo largo y ancho del territorio nacional afectados por las crisis socioambientales.




[1] Informe Mundial de Corrupción “Cambio Climático”. Estados Unidos: Transparency International, 2011.

martes, 10 de julio de 2012

¿Y QUIÉN CONSTRUYE HOY EL ESTADO COLOMBIANO?


¿Y quién construye hoy el Estado colombiano?

Por:
Hernando Uribe Castro
Magíster en sociología

“El Estado hasta donde sea posible y el mercado hasta donde sea necesario” (PND, 2011), es la proclama de trabajo en la cual se escudan muchos de los poderes mundiales. Proclama que sin duda muestra claramente la concepción que los últimos gobiernos, como los latinoamericanos, tienen respecto al papel del Estado en las sociedades contemporáneas. El Estado que se construye y opera hoy está distante del ideal de Estado que requiere el conjunto de la sociedad. El caso colombiano pareciese ser uno de los más críticos en el contexto de la región, dadas las dinámicas de violencia, corrupción, necesidades insatisfechas, entre otras, que distancian y polarizan al ciudadano del y con respecto Estado.

Para aquellos(as) que consideran que el Estado moría en la lógica de la globalización, es necesario advertir que éste no está agonizando, ni mucho menos en estado de coma. Han sido los ideólogos dueños del poder y el imperio del mercado en la economía-mundo capitalista, quienes han incidido en su proceso de construcción, mutándolo y transformándolo a partir de sus propias necesidades a través de agentes globales como el Banco Mundial, la Organización Mundial del Comercio y el Fondo Monetario Internacional en un actor decisivo para el funcionamiento del sistema. Según lo explican las ciencias sociales, sin Estado, la economía-mundo capitalista no hubiese sido posible.

Los gobiernos nacionales, regionales y locales, administradores del Estado, en sus diferentes niveles territoriales no les queda más que convertirse en buenos gerentes y especialistas negociadores de lo que implica hacer del Estado y todos sus elementos, importantes atractivos para la explotación de recursos, la atracción de inversiones y, por consiguiente, para la reproducción de excedentes de capital de las fuerzas hegemónicas del mercado.

No es raro, entonces, escuchar que en muchos de los pueblos latinoamericanos se levanten protestas contra la privatización de la educación, la precariedad de las instituciones del estado y su responsabilidad con la sociedad, la presencia de multinacionales que extraen importantes recursos de la naturaleza, que construyen todo tipo de mega y macro proyectos como represas e hidroeléctricas para negociar con las energías y los recursos hídricos, ampliar la minería para la obtención de metales preciosos y la extensión de pueblos enteros para garantizar el libre uso de los territorios rurales. Hablar de los efectos ambientales, sociales y culturales de grandes obras.

Un Estado que muestra una cara a la población de defensa, progreso, comprensión y seguridad para problemas cotidianos y otra cara a las fuerzas del mercado. Convirtiéndose en un actor dual sin intención de defender los intereses generales, antes que los intereses del mercado. Un claro ejemplo de ello se tiene con lo que sucedió a lo largo de la primera década del siglo XXI con respecto al desmonte del Ministerio del Medio Ambiente para poder potenciar sin ningún tipo de tropiezos las actividades productivas altamente rentables como la minería y la extracción de biodiversidad que generaban impactos  negativos socioambientales a lo largo del todo el territorio nacional.

Este Estado, si bien puede gozar de niveles de legalidad, no goza del mismo nivel de legitimidad en las capas sociales menos favorecidas. Ejemplo de ello, es lo que ha venido ocurriendo en Colombia, donde asistimos a un Estado administrado por órganos de gobierno con altos índices de corrupción, que de forma tramposa utilizan su poder en espacios como el congreso, los ministerios y hasta las casas presidenciales para beneficiarse de todo este andamiaje perverso y arrasador. Es ejemplar, por su carácter absurdo y tramposo, el caso reciente del proyecto de Ley de reforma a la justicia en Colombia que demuestra claramente los altos niveles de corrupción.

Unos gobiernos que desmantelan el Estado para la gente y le proveen de herramientas y dispositivos de un Estado para el mercado, y por supuesto para sus intereses personales y particulares.

¿En manos de quién está nuestro Estado colombiano?

10 de julio de 2012