Superar la trampa de las antinomias
La ciencia de la sostenibilidad, como campo interdisciplinario que converge entre las ciencias naturales, sociales y humanidades, enfrenta un desafío epistemológico y metodológico que trasciende lo técnico: la persistencia de antinomias falsas que fragmentan su potencial transformador. Pierre Bourdieu, en su aguda crítica a las ciencias sociales, advirtió sobre los riesgos de caer en oposiciones estériles, como la que se establece entre teoricismo vacío y empirismo ciego. Esta dicotomía, lejos de ser un mero debate académico, se convierte en un obstáculo para construir una ciencia capaz de responder a los urgentes desafíos globales. Según Bourdieu, estas parejas enemigas no solo limitan el avance del conocimiento, sino que distorsionan la práctica científica al reducirla a refugios intelectuales o a clasificaciones disciplinares rígidas (Bourdieu, 2000, p. 71).
En el ámbito de la sostenibilidad, esta antinomia se materializa de dos formas complementarias. Por un lado, como refugio, donde investigadores, ya sea desde el teoricismo o el empirismo, se aferran a su zona de confort disciplinar para eludir las exigencias de un campo complejo y multidimensional. El teoricista se resguarda en la abstracción, evitando el contacto con lo empírico; el empirista, en cambio, se atrinchera en los datos, desestimando la reflexión conceptual. Ambos, sin embargo, comparten una misma motivación: evitar la incomodidad de adentrarse en territorios poco explorados, donde sus limitaciones podrían quedar expuestas. Esta actitud no solo perpetúa la fragmentación del conocimiento, sino que debilita la capacidad de la ciencia ambiental para ofrecer respuestas integrales a problemas que, por naturaleza, son sistémicos.
Por otro lado, la antinomia opera como mecanismo de clasificación disciplinar, donde los prejuicios sobre el origen formativo de los investigadores determinan su valoración dentro del campo. Así, los humanistas son estigmatizados como “teoricistas”, mientras que los científicos naturales son reducidos a “empiristas”, como si estas etiquetas definieran su rigor o relevancia. Estas representaciones, arraigadas en estereotipos académicos, refuerzan jerarquías artificiales y obstaculizan la colaboración transdisciplinar, esencial para abordar la complejidad de los problemas ambientales en un planeta que enfrenta crisis global ecológica.
La ciencia de la sostenibilidad no puede permitirse el lujo de perpetuar estas divisiones. Como señalaba Bourdieu, toda práctica científica, ya sea teórica o empírica, requiere de un diálogo constante entre conceptos y datos, entre reflexión y evidencia. En el estudio de los desafíos ambientales, esta interdependencia se vuelve aún más crítica. Por ejemplo, analizar la justicia climática exige no solo marcos teóricos robustos, sino también datos concretos sobre desigualdades en el acceso a recursos; del mismo modo, medir la contaminación requiere vincular esos datos con modelos de desarrollo insostenible que los explican.
La definición de un objeto de estudio ambiental, por tanto, debe articular teoría, metodología y empiria en un proceso dinámico y recursivo. Lo empírico necesita de referentes teóricos para ser interpretado, mientras que la teoría requiere de casos concretos para validarse o refutarse. En este sentido, la regla bourdieana de rechazar el empirismo sin conceptos y el teoricismo sin datos adquiere una dimensión ética: no se trata solo de rigor metodológico, sino de responsabilidad frente a un planeta en crisis.
La ciencia de la sostenibilidad está llamada a trascender las falsas antinomias que han limitado a otras disciplinas. Esto implica, en primer lugar, reconocer que teoría y empiria no son polos opuestos, sino dimensiones complementarias de un mismo proceso de conocimiento. En segundo lugar, exige abandonar los refugios disciplinares y las clasificaciones reduccionistas, que solo sirven para perpetuar divisiones estériles. Finalmente, requiere asumir el desafío de construir un diálogo transdisciplinar, donde la complejidad de los problemas ambientales sea abordada con herramientas conceptuales y empíricas en constante interacción.
Como advirtió Bourdieu, el futuro de la ciencia, y, en este caso, de la ciencia de la sostenibiidad, depende de su capacidad para acumular logros sin caer en dogmatismos. En un mundo donde la crisis ecológica demanda respuestas urgentes y creativas, la superación de estas antinomias no es una opción, sino una necesidad. La sostenibilidad, después de todo, no es solo un objeto de estudio: es un compromiso con la acción informada y transformadora.