Este es un espacio que propone reflexiones y debates sobre la inter-retro-conexión sociedad en la Naturaleza y la Naturaleza en la sociedad.

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viernes, 23 de enero de 2026

LA SOSTENIBILIDAD COMO LEGADO

La Sostenibilidad como Legado:
Una Reflexión sobre el Tiempo Profundo y la Ética Intergeneracional
 
Hernando Uribe Castro, PhD.
 
El filósofo Roman Krznaric*, en su obra El Buen Antepasado, formula una crítica contundente al cortoplacismo que caracteriza a las sociedades contemporáneas, un fenómeno que, al priorizar lo inmediato, socava la posibilidad de construir un futuro sostenible. La sostenibilidad, entendida como la intersección entre el desarrollo humano y la preservación de la biosfera, exige una revolución en nuestra concepción del tiempo**. Krznaric argumenta que la obsesión por lo urgente -ya sea en la política, la economía o la cultura- nos impide abordar desafíos globales como el cambio climático, la pérdida de biodiversidad o la degradación de los ecosistemas, problemas que demandan soluciones con horizontes temporales amplios y una ética centrada en las generaciones futuras.
 
Uno de los aportes más significativos de Krznaric es el concepto de «humildad del tiempo profundo», que invita a situar la existencia humana en una escala temporal geológica y cósmica. Esta perspectiva, al revelar la fugacidad de nuestra presencia en el planeta, fomenta una actitud de responsabilidad ecológica y justicia intergeneracional. Reconocer que procesos naturales, como la formación de suelos, la evolución de las especies o la regeneración de los bosques, operan en escalas de miles o millones de años subraya la urgencia de adoptar prácticas que preserven estos ciclos. La sostenibilidad, desde esta óptica, no es solo una cuestión técnica, sino un compromiso ético con quienes heredarán la Tierra.
 
La justicia intergeneracional emerge como un principio central en la reflexión de Krznaric. La equidad no se limita a la distribución de recursos en el presente, sino que debe extenderse a las futuras generaciones, garantizando que sus necesidades no se vean comprometidas por las decisiones actuales. Este enfoque desafía modelos económicos y políticos que priorizan el beneficio inmediato sobre el bienestar colectivo a largo plazo. Por ejemplo, la transición hacia energías renovables o la protección de áreas naturales no son solo estrategias ambientales, sino actos de justicia que evitan imponer a las generaciones venideras las consecuencias de nuestra miopía temporal.
 
Krznaric recupera la metáfora del pensamiento catedral, inspirado en la construcción de las catedrales medievales, proyectos que trascendían la vida de sus artífices. Este enfoque invita a diseñar políticas, infraestructuras y sistemas que perduren en el tiempo, incluso si sus beneficios no son inmediatos. En el ámbito de la sostenibilidad, esto se traduce en inversiones en educación ambiental, planificación urbana sostenible o tecnologías limpias, cuyas repercusiones positivas se materializarán en décadas o siglos. La pregunta «¿Cómo seremos recordados por las generaciones futuras?» se convierte así en un faro que debe guiar la acción pública y privada.
 
El autor también critica la tiranía del reloj y la distracción digital, fenómenos que nos atrapan en un presente perpetuo y fragmentado, dificultando la reflexión sobre el futuro. Las condiciones de la sostenibilidad exigen desacelerar y priorizar lo esencial: desde el consumo responsable hasta la reconexión con los ritmos naturales del planeta. Krznaric señala que la cultura del usar y tirar, impulsada por la publicidad y las modas efímeras, es incompatible con los principios de una economía circular y regenerativa.
 
Finalmente, Krznaric distingue entre el optimismo pasivo y la esperanza activa, subrayando que la sostenibilidad no se logra con actitudes complacientes, sino con compromiso y movilización colectiva. Movimientos sociales como Fridays for Future o Extinction Rebellion ejemplifican cómo la presión ciudadana puede acelerar cambios políticos y culturales hacia modelos más justos y sostenibles. Además, el autor cuestiona si las instituciones actuales, como el capitalismo global o la democracia representativa, están preparadas para enfrentar los desafíos a largo plazo, proponiendo reformas profundas que incorporen economías regenerativas y mecanismos de participación deliberativa, como las asambleas ciudadanas.
 
En conclusión, la sostenibilidad, desde la perspectiva de Krznaric, es un acto de legado ético. No se trata solo de adoptar prácticas ecológicas, sino de redefinir nuestra relación con el tiempo y el planeta. La pregunta ¿Estamos siendo buenos antepasados? debe inspirar cada decisión, desde lo individual hasta lo global, para construir una civilización que valore el largo ahora y garantice un futuro digno para las generaciones venideras.
 
Referencia:
 
* Krznaric, R. (2022). El buen antepasado: cómo pensar a largo plazo en un mundo cortoplacista. Capitán Swing Libros.
** Para una definición de Sostenibilidad ver el documento: Uribe Castro, H. et al. (2024). La sostenibilidad como ethos institucional. Cali: Progama Editorial de la Universidad Autónoma de Occidente.

jueves, 27 de noviembre de 2025

SUPERAR LAS ANTINOMIAS

 Superar la trampa de las antinomias

 Por: Hernando Uribe Castro

La ciencia de la sostenibilidad, como campo interdisciplinario que converge entre las ciencias naturales, sociales y humanidades, enfrenta un desafío epistemológico y metodológico que trasciende lo técnico: la persistencia de antinomias falsas que fragmentan su potencial transformador. Pierre Bourdieu, en su aguda crítica a las ciencias sociales, advirtió sobre los riesgos de caer en oposiciones estériles, como la que se establece entre teoricismo vacío y empirismo ciego. Esta dicotomía, lejos de ser un mero debate académico, se convierte en un obstáculo para construir una ciencia capaz de responder a los urgentes desafíos globales. Según Bourdieu, estas parejas enemigas no solo limitan el avance del conocimiento, sino que distorsionan la práctica científica al reducirla a refugios intelectuales o a clasificaciones disciplinares rígidas (Bourdieu, 2000, p. 71).

En el ámbito de la sostenibilidad, esta antinomia se materializa de dos formas complementarias. Por un lado, como refugio, donde investigadores, ya sea desde el teoricismo o el empirismo, se aferran a su zona de confort disciplinar para eludir las exigencias de un campo complejo y multidimensional. El teoricista se resguarda en la abstracción, evitando el contacto con lo empírico; el empirista, en cambio, se atrinchera en los datos, desestimando la reflexión conceptual. Ambos, sin embargo, comparten una misma motivación: evitar la incomodidad de adentrarse en territorios poco explorados, donde sus limitaciones podrían quedar expuestas. Esta actitud no solo perpetúa la fragmentación del conocimiento, sino que debilita la capacidad de la ciencia ambiental para ofrecer respuestas integrales a problemas que, por naturaleza, son sistémicos.

Por otro lado, la antinomia opera como mecanismo de clasificación disciplinar, donde los prejuicios sobre el origen formativo de los investigadores determinan su valoración dentro del campo. Así, los humanistas son estigmatizados como “teoricistas”, mientras que los científicos naturales son reducidos a “empiristas”, como si estas etiquetas definieran su rigor o relevancia. Estas representaciones, arraigadas en estereotipos académicos, refuerzan jerarquías artificiales y obstaculizan la colaboración transdisciplinar, esencial para abordar la complejidad de los problemas ambientales en un planeta que enfrenta crisis global ecológica.

La ciencia de la sostenibilidad no puede permitirse el lujo de perpetuar estas divisiones. Como señalaba Bourdieu, toda práctica científica, ya sea teórica o empírica, requiere de un diálogo constante entre conceptos y datos, entre reflexión y evidencia. En el estudio de los desafíos ambientales, esta interdependencia se vuelve aún más crítica. Por ejemplo, analizar la justicia climática exige no solo marcos teóricos robustos, sino también datos concretos sobre desigualdades en el acceso a recursos; del mismo modo, medir la contaminación requiere vincular esos datos con modelos de desarrollo insostenible que los explican.

La definición de un objeto de estudio ambiental, por tanto, debe articular teoría, metodología y empiria en un proceso dinámico y recursivo. Lo empírico necesita de referentes teóricos para ser interpretado, mientras que la teoría requiere de casos concretos para validarse o refutarse. En este sentido, la regla bourdieana de rechazar el empirismo sin conceptos y el teoricismo sin datos adquiere una dimensión ética: no se trata solo de rigor metodológico, sino de responsabilidad frente a un planeta en crisis.

La ciencia de la sostenibilidad está llamada a trascender las falsas antinomias que han limitado a otras disciplinas. Esto implica, en primer lugar, reconocer que teoría y empiria no son polos opuestos, sino dimensiones complementarias de un mismo proceso de conocimiento. En segundo lugar, exige abandonar los refugios disciplinares y las clasificaciones reduccionistas, que solo sirven para perpetuar divisiones estériles. Finalmente, requiere asumir el desafío de construir un diálogo transdisciplinar, donde la complejidad de los problemas ambientales sea abordada con herramientas conceptuales y empíricas en constante interacción.

Como advirtió Bourdieu, el futuro de la ciencia, y, en este caso, de la ciencia de la sostenibiidad, depende de su capacidad para acumular logros sin caer en dogmatismos. En un mundo donde la crisis ecológica demanda respuestas urgentes y creativas, la superación de estas antinomias no es una opción, sino una necesidad. La sostenibilidad, después de todo, no es solo un objeto de estudio: es un compromiso con la acción informada y transformadora.

 

viernes, 20 de junio de 2025

CALI Y LA ENTROPÍA URBANA

 Cali y la entropía urbana

 Por: Hernando Uribe Castro, PhD.

En las últimas décadas se ha venido incrementado la producción académica asociada a la entropía urbana como una medida que nos posibilita entender el desorden inherente a las ciudades. Lo interesante de estos estudios es que consideran necesario asumir la ciudad como un sistema complejo en el que todo ocurre simultáneamente: el movimiento de objetos y personas, el tránsito vehicular, la actividad económica, el empleo, el consumo de bienes y servicios, la generación de residuos, el crimen, entre otros aspectos. Este dinamismo constante crea un ambiente caótico en un escenario que ha pretendido, mediante el diseño y la planeación, un cierto orden, donde la energía y los recursos frecuentemente se malgastan, incrementando la desorganización.

Cuando reflexiono sobre la entropía urbana la identifico en múltiples manifestaciones, algunas de ellas, en la producción continua de desechos que no se reciclan; del mismo modo, en la capa de contaminación que se posa sobre la ciudad por el constante tráfico y las actividades económicas que no cesan; también, en la producción continua de ruido urbano que proviene de diferentes actividades humanas; incluso, en el movimiento estratégico y subrepticio del crimen que mantiene su dinámica sigilosamente y en espacios ocultos, y entre otros elementos de la vida diaria. Todos estos son indicios de un sistema que no funciona de manera óptima. 

Estas capas de caos interactuantes se materializa en problemas cotidianos como sucede con la congestión vehicular, los servicios públicos deficientes y el deterioro de la infraestructura. Cada uno de estos factores reduce la calidad de vida y hace que la ciudad sea un espacio menos agradable para vivir. En esencia, la entropía urbana funciona como un termómetro que mide el nivel de desorganización en un sistema urbano cuando no se gestionan adecuadamente sus recursos y flujos de energía. 

Al aplicar esta categoría a Santiago de Cali, observo una ciudad que, como muchas otras en América Latina, ha experimentado un crecimiento acelerado sin una planificación suficientemente robusta. El aumento en la demanda de recursos, la saturación del tránsito, la acumulación de residuos, el deterioro de la vida de los sectores más empobrecidos, el desgaste de los espacios públicos, el deterioro de las infraestructuras y servicios básico y el incremento en los niveles de contaminación del agua, la tierra, el aire y la afectación a la diversidad ecológica, son síntomas claros de este fenómeno. Si no se toman medidas para gestionar estos aspectos del vivir, el caos urbano -la entropía-, seguirá en aumento, consumiendo grandes cantidades de energía social y urbana libres.

Uno de los factores críticos que expone la entropía urbana es el sistema de movilidad. Un transporte público ineficiente y una infraestructura vial insuficiente y deteriorada, exacerban el problema. La congestión no solo genera más contaminación, sino que también representa pérdidas de tiempo y un desperdicio de energía social y fósil. Por ello, implementar sistemas de transporte eficientes y sustentables, como un metro eficiente o una red integrada de ciclorrutas, podría ayudar a reducir esta entropía, mejorando significativamente la fluidez de la ciudad. 

Otro aspecto determinante es la gestión de residuos. La acumulación de basuras en zonas públicas como calles, parque y plazas, así como las bajas tasas de reciclaje, son señales evidentes de entropía. Cuando los residuos no se recolectan y se procesan adecuadamente, contaminan el ambiente urbano y afectan la salud pública, agregando incluso en términos de percepción, el paisaje social que es referente de la baja calidad de vida en los espacios habitados colectivamente. Introducir políticas efectivas de manejo de residuos y de reciclaje, así como promover medios y sistemas económicos eficientes y apropiados, serían pasos fundamentales para restablecer el orden en el sistema. 

Los espacios verdes también juegan un papel crucial. Aunque Cali cuenta con valiosos escenarios naturales como sus ríos y zonas boscosas, dada su localización asociada a los Farallones de Cali, la expansión urbana descontrolada ha puesto en riesgo los ecosistemas estratégicos existentes. Preservar y ampliar estas áreas no solo mejora la calidad y el flujo del aire, sino que también ayuda a mitigar el efecto de isla de calor y restablece parte del equilibrio perdido. Infortunadamente, el desarrollo urbano de Cali se realizó desconociendo el papel crucial de las cuencas hidrográficas de los ríos tributarios del río Cauca. Este desconocimiento conllevó a la muerte de muchos cursos de agua y la transmutación de importantes ríos como canales de aguas servidas. La ciudad tiene una deuda ecológica y ambiental con las fuentes de agua.

Un aspecto crucial que aumenta la entropía urbana es la inseguridad, pues esta puede entenderse como un factor de inestabilidad del tejido social. Cuando una población se expone a alta incertidumbre, de inmediato se afecta la confianza colectiva. Es importante recordar que Cali, ha sido considerada en varias oportunidades como una de las urbes más violentas del mundo, no solo por lo que se encuentra asociado a los temas del narcotráfico, sino también de las redes de crimen organizado. La población experimenta ciclos de violencias por distintas causas, y para dar cuenta de ello, solo basta con atender las tasas de homicidios de los últimos años.

Dado este contexto, es claro que, las soluciones no sólo dependen de las autoridades. La participación ciudadana es igualmente importante. La colaboración entre el gobierno, el sector privado y la sociedad civil puede marcar la diferencia. Campañas de educación planetaria, ecopedagógicas, políticas públicas claras y una activa participación comunitaria son elementos clave para transformar la gestión urbana y reducir el caos. 

La adaptación al cambio climático emerge como un factor indispensable. Las ciudades adaptadas están mejor preparadas para manejar la entropía. Invertir en infraestructura resistente, prevenir inundaciones y promover el uso de energías limpias son acciones que disminuyen la vulnerabilidad frente a los fenómenos climáticos y, al mismo tiempo, reducen el desorden urbano. 

Con una planificación adecuada, innovación tecnológica y voluntad política, es posible transformar a Cali hacia niveles más bajos de entropía. El objetivo no es eliminar por completo el caos -algo imposible en un sistema tan dinámico como una ciudad-, sino aprender a gestionarlo de manera que se optimice el uso de la energía, se reintegren los recursos y, sobre todo, se mejore la calidad de vida de todos sus habitantes. Para una ciudad como Cali, es importante que se reflexione y proponga estrategias para potenciar la energía social en función de un cambio estructural que mejora las condiciones de vida de sus pobladores y de los ecosistemas que hacen parte del sistema de plataforma ecológica de este vasto territorio vallecaucano.

miércoles, 7 de mayo de 2025

A 35 AÑOS DEL TEXTO "LA AMENAZA CONTRA EL TEJIDO DE LA VIDA" DE AUGUSTO ÁNGEL MAYA

    A 35 años del texto “La amenaza contra el tejido de la vida” de Augusto Ángel Maya

                                                                        Por: 
                                                       Hernando Uribe Castro, PhD.

 

A 35 años de la publicación del artículo La amenaza contra el tejido de la vida de Augusto Ángel Maya, su obra sigue siendo relevante al explorar la interacción entre la actividad humana y la biodiversidad, destacando los impactos negativos de esta relación. Augusto Ángel Maya expresó que la vida se configura como un sistema interconectado en el cual la flora y la fauna son componentes esenciales, interrelacionados a través de nichos ecológicos. La biodiversidad es crucial para el equilibrio de los ecosistemas, ya que cada especie desempeña una función específica en los flujos energéticos y los ciclos biológicos.

Esta visión me hace reflexionar sobre cómo, desde la revolución industrial, la actividad humana ha alterado y destruido las relaciones ecológicas, a menudo sin una comprensión plena de sus consecuencias. Recuerdo su ejemplo del DDT en Vietnam, que ilustra cómo las intervenciones humanas pueden desestabilizar las cadenas alimentarias y generar efectos imprevistos. Este ambientalista expuso que se estima que se pierden miles de especies al año, a un ritmo significativamente más rápido que en épocas prehumanas. La deforestación, la agricultura intensiva y la urbanización son las causas principales de esta pérdida, especialmente en los ecosistemas tropicales, que albergan la mayor diversidad biológica.
 
Al profundizar en su texto percibo que la concepción que Ángel Maya tenía con respecto a la relación biodiversidad y desarrollo humano. La Biodiversidad, en su comprensión, es fundamental para el desarrollo humano, ya que proporciona recursos esenciales como alimentos, medicinas y materiales industriales. La destrucción de especies desconocidas o poco estudiadas limita futuras oportunidades científicas y tecnológicas. Las zonas tropicales, aunque ricas en biodiversidad, son especialmente vulnerables debido a la fragilidad de sus suelos y la dificultad de regeneración. La expansión de actividades como la ganadería y la agricultura en estas áreas amenaza con destruir ecosistemas irremplazables.
 
Ángel Maya también destacó cómo la caza, la pesca y la tala con fines comerciales están llevando al borde de la extinción a numerosas especies. La demanda internacional de productos como madera, marfil y pieles ejerce una presión insostenible sobre los recursos naturales. Existe una responsabilidad política y social, en donde las comunidades locales no son las principales responsables de la destrucción, sino las fuerzas económicas globales que impulsan la explotación desmedida. Me queda claro que la conservación requiere cambios estructurales en las sociedades y políticas internacionales que prioricen la sostenibilidad.
 
Aunque existen iniciativas internacionales para proteger la biodiversidad, como convenciones y reservas, estas son insuficientes frente a la magnitud del problema. La solución no solo depende de la ciencia, sino también de decisiones políticas y económicas que integren la conservación como un valor fundamental. El autor enfatizó la urgencia de proteger la biodiversidad como base para la supervivencia humana y el desarrollo sostenible, criticando el modelo actual de explotación descontrolada y proponiendo una mayor conciencia y acción política para revertir esta tendencia.
 
Desde la publicación del texto de Augusto Ángel Maya, varios aspectos de su análisis sobre la biodiversidad y el impacto humano se mantienen vigentes, mientras que otros han evolucionado debido a los avances científicos, la mayor conciencia ambiental y el agravamiento de la crisis ecológica. La idea central de Maya sobre la interdependencia de la vida y la importancia crítica de la biodiversidad sigue siendo irrefutable. Hoy, como entonces, los ecosistemas funcionan como redes complejas donde la desaparición de una especie puede desencadenar efectos en cascada. La deforestación, especialmente en zonas tropicales como la Amazonía, sigue siendo una amenaza grave, al igual que la sobreexplotación de recursos marinos y terrestres. Además, la tensión entre el desarrollo económico y la conservación persiste, con modelos extractivistas que priorizan ganancias a corto plazo sobre la sostenibilidad. La crítica de Ángel Maya hacia la responsabilidad de las fuerzas económicas globales, más que de las comunidades locales, también sigue siendo relevante, ya que corporaciones multinacionales y mercados internacionales continúan impulsando la degradación ambiental.
 
La ciencia ha profundizado en el conocimiento de los umbrales planetarios, como el cambio climático y la acidificación de los océanos, fenómenos que en tiempos de Maya eran menos comprendidos. Hoy sabemos que la pérdida de biodiversidad no solo afecta ecosistemas aislados, sino que está vinculada a crisis globales, como pandemias (por la destrucción de hábitats que acercan patógenos a humanos) y el colapso de polinizadores esenciales para la agricultura. Además, la tecnología ha permitido avances en conservación, como el monitoreo satelital de deforestación o la genómica para rescatar especies en peligro.
 
Otro cambio significativo es la emergencia de movimientos sociales en diferentes latitudes del planeta y la consolidación de acuerdos internacionales más sólidos, tales como el Convenio sobre la Diversidad Biológica de Naciones Unidas (CDB) (https://www.un.org/es/observances/biodiversity-day/convention) y los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) de las Naciones Unidas, junto con las contribuciones científicas del Stockholm Resilience Centre (https://www.stockholmresilience.org/), que evidencian una creciente conciencia global, y de centros académicos investigativos nacionales y regionales existentes en todo el mundo. Sin embargo, a pesar de estos avances, la acción concreta sigue siendo insuficiente. La tasa de degradación ambiental ha excedido las proyecciones realizadas en las décadas de 1980 y 1990, y aunque actualmente se dispone de más herramientas legales y científicas, la implementación efectiva de políticas se ve obstaculizada por intereses económicos y desigualdades estructurales.
 
Las advertencias de Maya sobre la fragilidad de la vida y la irresponsabilidad humana siguen siendo válidas, el mundo actual enfrenta una crisis más acelerada e interconectada. La paradoja es que, a pesar de tener más conocimiento y mecanismos para actuar, la falta de voluntad política y la inercia de un sistema económico depredador mantienen al planeta en un camino insostenible. Su llamado a un cambio estructural sigue siendo urgente, pero ahora con menos margen de error y mayor necesidad de soluciones radicales.
 
El análisis de Augusto Ángel Maya sobre la relación entre la humanidad y los ecosistemas puede interpretarse a través del concepto de entropía territorial, entendida como el proceso de desorganización progresiva de los sistemas naturales debido a la intervención antrópica. Este enfoque nos permite entender cómo actividades como la deforestación, la agricultura industrial y la urbanización desarticulan las redes tróficas, simplifican la estructura ecológica y reducen la capacidad de los territorios para mantener sus funciones vitales, lo que hoy se conoce como entropía territorial, noción que, aunque no fue utilizada directamente por Ángel Maya, su análisis apuntó en este sentido. Este fenómeno refleja un principio fundamental: todo sistema alejado de su equilibrio dinámico tiende hacia estados de mayor desorden, con consecuencias que pueden volverse irreversibles.
 
Un aspecto crítico de esta entropía territorial es su carácter acumulativo y no lineal. Maya enfatiza que la destrucción de ecosistemas complejos —como los bosques tropicales— no solo elimina especies individuales, sino que degrada todo el entramado de relaciones que sostienen la biodiversidad. Al sustituir estos sistemas por modelos productivos homogéneos (monocultivos, pastizales), se reduce drásticamente su resiliencia, aumentando su vulnerabilidad ante perturbaciones externas, como el cambio climático o las invasiones biológicas. Este proceso es particularmente grave en regiones de alta diversidad, donde la recuperación natural puede tardar siglos o incluso resultar imposible, como lo demuestran los casos citados por el autor, donde ecosistemas devastados no logran regenerarse pese al paso de centurias.
 
Además de la dimensión ecológica, Maya vincula la entropía territorial con dinámicas socioeconómicas insostenibles. El extractivismo, impulsado por mercados globales y estructuras de poder desiguales, transforma los territorios en espacios de sacrificio, donde la explotación desmedida genera caos ambiental y social. Esta visión amplía el concepto de entropía más allá de lo biológico: incluye la pérdida de saberes tradicionales, la fragmentación de comunidades y la mercantilización de la naturaleza, procesos que aceleran la degradación sistémica. En este contexto, el autor cuestiona la ilusión de que la tecnología pueda compensar indefinidamente dicha entropía, destacando que muchas intervenciones humanas —como el uso de agroquímicos o la ingeniería genética— a menudo introducen nuevas formas de desequilibrio.
 
No obstante, el texto no se limita a una crítica fatalista. Maya sugiere que la entropía territorial podría mitigarse mediante estrategias basadas en el conocimiento ecológico integral y la reorganización societal. La creación de reservas naturales, el respeto a los ciclos biogeoquímicos y la adopción de modelos económicos alternativos aparecen como caminos para restaurar cierto orden funcional. Sin embargo, el autor es consciente de que estas soluciones requieren un cambio paradigmático: abandonar la visión del territorio como recurso explotable y reconocerlo como un sistema vivo cuyas leyes internas no pueden violarse impunemente.
 
La obra de Maya nos ofrece un marco conceptual profundo para entender la entropía como metáfora central de la crisis ambiental contemporánea. Su enfoque revela que la degradación de los territorios no es un fenómeno aleatorio, sino consecuencia directa de un modelo civilizatorio que privilegia el cortoplacismo sobre la complejidad de la vida. Frente a esto, su pensamiento invita a reconstruir las relaciones sociedad-naturaleza bajo principios de precaución, justicia y regeneración, únicas vías para reducir la entropía que hoy amenaza tanto a los ecosistemas como al futuro de la humanidad.
 
El planteamiento de Augusto Ángel Maya sigue siendo para todos nosotros como humanidad, crucial, porque aborda, con una lucidez visionaria, problemas que no solo persisten, sino que se han agravado con el tiempo. Su análisis trasciende lo ecológico para convertirse en una crítica profunda a los modelos de desarrollo y a la relación del ser humano con la naturaleza, temas que hoy son centrales en debates globales sobre supervivencia y justicia ambiental. Maya subraya la interdependencia de la vida, un principio ecológico que la ciencia moderna ha confirmado con creces. Hoy sabemos que la pérdida de biodiversidad debilita sistemas esenciales para la humanidad, como la polinización, la regulación climática y la purificación del agua. Su advertencia sobre la fragilidad de los ecosistemas ante la intervención humana se ha visto reflejada en crisis recientes, como el aumento de zoonosis (ej. COVID-19) vinculadas a la destrucción de hábitats, o el colapso de pesquerías por sobreexplotación. La humanidad empieza a entender, con dolor, que su destino está entrelazado con el de todas las especies.
 
Su crítica al antropocentrismo y a la arrogancia tecnológica resuena en un mundo donde la inteligencia artificial y la geoingeniería prometen soluciones mágicas a problemas creados por el mismo modelo depredador. Maya advirtió que el ser humano actúa como si estuviera por encima de los ecosistemas, ignorando que depende de ellos. Esta idea es hoy el núcleo de enfoques como One Health o los derechos de la naturaleza, reconocidos en constituciones como la de Ecuador. Sin embargo, pese a estos avances conceptuales, la explotación desmedida continúa, demostrando que su llamado a un cambio de paradigma sigue pendiente.
 
Su denuncia sobre la desigualdad en la destrucción ambiental anticipó conflictos actuales. Maya señaló que las comunidades locales y los países pobres cargan con las consecuencias de un sistema económico global que privilegia el lucro sobre la vida. Hoy, esto se evidencia en el desplazamiento de indígenas por megaproyectos, o en cómo el Sur Global sufre los peores efectos del cambio climático pese a ser el menos responsable. Su enfoque socioecológico sigue siendo vital para entender que la crisis ambiental es, en el fondo, una crisis de justicia.
 
Finalmente, su obra es relevante porque combina urgencia con esperanza. Maya no solo diagnostica el problema, sino que insiste en que otro futuro es posible si se prioriza la cooperación, el conocimiento científico aplicado con humildad y la reorganización de las sociedades alrededor de la vida, no del consumo. En una era de pesimismo climático, su mensaje recuerda que la humanidad aún tiene la capacidad —y la responsabilidad— de redefinir su relación con el planeta. En esencia, el planteamiento de Maya es importante porque es a la vez un espejo y un faro: refleja las contradicciones que nos han llevado al borde del colapso, pero también ilumina caminos alternativos. Su obra desafía a la humanidad a elegir entre seguir siendo una fuerza de destrucción o convertirse, por fin, en un custodio consciente de la red de vida que lo sostiene todo.
 
 

Referencia del texto:

Angel Maya, A. (1991). La amenaza contra el tejido de la vida. Cuadernos de Geografía: Revista Colombiana de Geografía, 3(1), 9-19.

 

miércoles, 27 de noviembre de 2024

LA SOSTENIBILIDAD COMO ETHOS INSTITUCIONAL

 LA SOSTENIBILIDAD COMO ETHOS INSTITUCIONAL


Presento nuestro más reciente libro:


Se puede descargar del siguiente link (acceso abierto): 
https://editorial.uao.edu.co/gpd-la-sostenibilidad-como-ethos-institucional.html


El documento maestro de sostenibilidad de la Universidad Autónoma de Occidente (UAO) trata sobre la evolución del enfoque de sostenibilidad en la universidad hasta consolidarse como un ethos institucional. Este documento explica cómo la UAO ha integrado la sostenibilidad en sus funciones sustantivas: docencia, investigación y proyección social. Va dirigido a toda la comunidad universitaria, incluyendo directivos, docentes, investigadores, estudiantes y personal administrativo, con el fin de alinearlos con este compromiso institucional. El lector encontrará en el documento los fundamentos conceptuales y metodológicos que sustentan el sello UAO de sostenibilidad, así como ejemplos concretos de su implementación en la universidad, con la intención de que este enfoque permee y transforme todas las actividades académicas y administrativas de la institución.