La cultura del consumo digital verde
El
avance acelerado de la crisis civilizatoria humana en las últimas décadas ha
puesto en evidencia un modelo de desarrollo insostenible, basado en la
explotación de hidrocarburos y en dinámicas globales que profundizan las
desigualdades como los son, efectivamente, las tensiones y las guerras
interestatales y la intensificación de los procesos extractivos distributivos.
En este contexto, el consumo digital, a menudo percibido como inmaterial, emerge como un actor clave, cuyas huellas físicas y energéticas son cada vez más tangibles. Lejos de ser un fenómeno neutral, la digitalización masiva, impulsada por la inteligencia artificial y la interconexión global, reproduce una paradoja tan antigua como el propio capitalismo: la eficiencia tecnológica no garantiza la sostenibilidad. Entonces, surge la pregunta ¿Cómo afecta el consumo digital, impulsado por la inteligencia artificial y la interconexión global, a la sostenibilidad, y qué paradojas surgen entre la eficiencia tecnológica y su impacto físico y energético?
Este dilema, conocido como la «Paradoja de Jevons», adquiere nueva relevancia en la era digital. Como señalan Sun Bowen y Wang Shuxun (2025) en su reciente análisis sobre la civilización ecológica, cada revolución industrial, desde el vapor y el carbón hasta la IA, ha optimizado procesos, pero también ha multiplicado el consumo energético a escala global.[1] La inteligencia artificial, por ejemplo, reduce costos por cálculo y democratiza el acceso a herramientas antes impensables; sin embargo, su adopción masiva conlleva un aumento exponencial en la demanda de energía, materializado en centros de datos y redes de servidores. La ecuación es clara: a mayor eficiencia, mayor uso; y a mayor uso, mayor consumo total. Este es el efecto característico de lo que se denomina la «Paradoja de Jevons». Según proyecciones de la Organización Latinoamericana y Caribeña de Energía -OLACDE-, para 2035 la IA podría representar el 5% del consumo eléctrico global, una cifra que obliga a replantear el mito de la "inmaterialidad" de lo digital. [2]
Ante este escenario, surge una pregunta urgente: ¿cómo transitar hacia una cultura del consumo digital que no solo mitigue el impacto ambiental, sino que también transforme los valores y prácticas sociales que lo sostienen? Bowen y Shuxun proponen un cambio de paradigma: no basta con adoptar tecnologías verdes; es necesario cultivar un habitus, en el sentido bourdieusiano, que integre la conciencia ecológica en el uso cotidiano de lo digital.
Este giro implica, en primer lugar, desnaturalizar el consumo superfluo. La educación, desde la escuela hasta la universidad, debe revelar los costos ocultos de prácticas como el almacenamiento redundante en la nube, el entrenamiento innecesario de modelos de IA o la obsesión por contenidos en 4K. Pero también exige redefinir nuestras preferencias: elegir proveedores con certificaciones de carbono, priorizar dispositivos de larga vida útil, o incluso cuestionar el culto a la escala que domina el desarrollo tecnológico actual. ¿Acaso no es irónico que, en la era de la hiperconectividad, el exceso de cálculos, muchos de ellos trivialidades, esté acelerando la crisis climática?
Aquí es donde el pensamiento de Pierre Bourdieu y las reflexiones de Renán Silva adquieren especial relevancia. La investigación, como acto de construcción social del conocimiento, no puede limitarse a describir fenómenos; debe desmontar las certezas naturalizadas que los sostienen. Como diría Silva, la investigación es un ejercicio de duda y sonrisa disolvente: un proceso que, al develar las contradicciones del sistema, genera tanto incomodidad como libertad.
La transición hacia una cultura del consumo digital verde no es solo un desafío técnico, sino político y pedagógico. Requiere de marcos regulatorios que incentiven la eficiencia energética, pero también de una educación crítica que forme ciudadanos capaces de identificar las trampas de un sistema que confunde innovación con crecimiento infinito.
En otras palabras, surge nuevamente los valores, el papel de la educación y la función de las normas como mecanismos que permitan prácticas éticamente responsables conducentes a comportamientos y conductas basadas en la precaución, el cuidado y la responsabilidad. Reflexionar sobre la «Paradoja Jevons» enmarcada en el impacto civilizatorio de la IA en la humanidad se hace urgente, donde la regulación, la innovación tecnológica, el consumo consciente y responsable guíen la acción humana hacia la sostenibilidad.
En este sentido, el consumo digital sostenible no es un fin en sí mismo, sino un campo de lucha simbólica en el que se disputan modelos de desarrollo, valores y, en última instancia, el futuro de la biosfera.
[1] Bowen, W y Shuxun, S.
(2025). Digital ecological civilization Chinese wisdom and solutions for
resolving the “Jevons Paradox” in the era of digital intelligence. China population,resources and environment DOI:10.
12062/cpre. 20251208
[2]
https://www.olade.org/noticias/la-inteligencia-artificial-consumira-el-5-de-la-electricidad-en-america-latina-y-el-caribe-el-ano-2035/