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viernes, 17 de julio de 2015

ENTRE PUENTES, SEMÁFOROS Y CAOS URBANO: UN URBANISMO EXTRAÑO

Entre puentes, semáforos y caos urbano: un urbanismo extraño

Por: Hernando Uribe Castro
Magíster en sociología,
Estudiante del Doctorado Interinstitucional en Ciencias Ambientales, Universidad del Valle
Profesor, Universidad Autónoma de Occidente

De las cosas que llama profundamente la atención con respecto a la movilidad de Cali, tiene que ver con un conjunto de obras civiles, construcciones e infraestructuras realizadas a lo largo de la historia urbana de la ciudad que tras una cuidadosa observación, produce preguntas, inquietudes y cuestionamientos. Muchas de estas obras impactan no por su diseño arquitectónico ejemplar, sino por lo mal elaboradas y por la pobre función que cumplen.

Obras que se construyeron muy mal y que no han logrado solucionar muchos de los problemas de movilidad de la ciudad prometidos. Una ciudad que en su mayor parte posee una topografía plana, piensa uno, facilitaría una excelente planificación. Desafortunadamente, las obras evidencian que sobre su ejecución, pesaron más los intereses económicos en beneficio de lo privado y personal que unos intereses auténticamente ciudadanos y colectivos.

Inicio con la mal llamada “Autopista suroriental” cuyo  trazado, extraño de por sí, zigzaguea desde el norte hacia el oriente, y del oriente hacia el occidente y del occidente hacia el sur. No es una línea recta.

Esta “Autopista” tiene la particularidad de que sobre ella existe un número importante de puentes vehiculares y debajo de cada puente una cantidad de semáforos (casi en cada cruce con vías secundarias importantes).

Piensa uno, en su ingenuo y poco conocimiento en obras civiles, que si se construyen puentes sobre las principales vías es para que el flujo de autos no se interrumpa y, en consecuencia, se eviten trancones y obstáculos para la movilidad. Por tanto, la función de que se construyan puentes es para mantener el flujo continuo de vehículos y peatones.

Pero precisamente esto es lo que no sucede sobre esta autopista: obsérvese cómo en el sector donde se conecta la “Autopista” Suroriental con la “Autopista” Simón Bolívar, existe el puente de los Mil Días y debajo de él están los semáforos. Si se sigue el recorrido, se llega al hundimiento vial de la autopista frente al edificio Comfandi de Prados de Oriente con Troncal de Aguablanca. Un hundimiento que se hace con el fin de agilizar la movilidad por el sector en beneficio del transporte masivo MIO, termina finalmente construido con una maraña de cruces y semáforos que producen una movilidad lenta y trancones a las horas pico. Los autos, peatones y ciclistas se confunden a la hora de transitar por este lugar. Y lo peor es que este hundimiento termina en uno de sus extremos con unos semáforos. 

Luego se llega al sector de La Luna (Autopista con calle 13), donde también existe un inmenso puente y debajo de él este están los semáforos. Igual sucede en el sector de la 39, junto a las canchas Panamericanas. Puentes con semáforos por doquier. ¡Qué locura!

Sobre la “autopista” Simón Bolívar hace algunos años se construyeron unos puentes largos peatonales que nadie usa, y debajo de estos puentes se han puesto semáforos. Las personas pasan la autopista al ras del piso y no hacen uso de los puentes.

Ahora bien, sobre el sector del Valle del Lili a la altura de la calle 25 con carrera 100, se vuelven a unir la Autopista suroriental que con la Avenida Simón Bolívar que traen cada uno de a 5 carriles. Estas dos vías con 10 carriles al unirse quedan tan solo en dos, que son los dos carriles que van desde el puente de la 25 con 100 hasta el Municipio de Jamundí. En este lugar también se ha formado un paradero “pirata” de los buses intermunicipales que van hacia el sur del país. En este punto diariamente se producen trancones, accidentes de vehiculares, choques con motos y tránsito de carretillas (vehículos de tracción animal). Se pincha una llanta de bicicleta y el trancón sobre este lugar es monumental.

Con una ciudad tan plana como Cali, el trazado de las vías, se supone debe ser eficiente para la movilidad vehicular y sobre todo, para la movilidad en bicicleta y peatonal. Cali carece de ciclorutas y las que existen, como por ejemplo sobre la avenida Simón Bolívar es perversa. No solo por los problemas del diseño de esta ciclo ruta, sino también por su mal estado, su descuido y falta de mantenimiento y por la inseguridad permanente en el sector.

La reciente construida Avenida Ciudad de Cali en el oriente de la ciudad es otro ejemplo de los trazados viales cuyo estado es lamentable. Semáforos en cada esquina a veces sin funcionar, huecos por doquier, no existe señalización alguna, no posee cicloruta, los andenes peatonales están en muy mal estado y en algunos lugares no se construyeron.

Existe en esta ciudad uno de los trazados viales más extraños, caóticos y poco funcionales como la llamada “Troncal de Aguablanca”. Una vía sobre la que opera el servicio del transporte masivo Mío cuyo diseño y trazado es espantosamente dis-funcional. Un carril de vehículo en cada lado, un carril para el masivo Mío y unos andenes de menos de 1 metro de ancho para los peatones. El tránsito lento de una bicicleta en este lugar produce un trancón monumental. Los peatones deben bajar del andén en algunos sectores y transitar sobre la vía por donde van los autos, porque los andenes son un peligro mortal, puesto que no están diseñados en condiciones dignas para la movilidad de personas. No imagino como pueden transitan sobre este lugar personas en condición de discapacidad, de la tercera edad o madres con sus niños de brazo.

No se entiende cómo en esta ciudad los ciudadanos hemos permitido este tipo de obras increíblemente mal elaboradas que no solucionaron los problemas de movilidad y que al contrario produjeron muchos otros problemas que no existían.

Y es sobre esta perversa plataforma urbana que se está construyendo el futuro de la ciudad. Se expresa intereses políticos que no tuvieron la precaución de establecer si estas obras cumplían con los requerimientos técnicos y sociales, y las ejecutaron más por lo que, seguramente, representaba para sus arcas personales y redes clientelares, que los beneficios y servicios que prestaran a la ciudadanía.

Hoy tenemos una ciudad caótica en términos de movilidad, cuyos problemas se pretende resolver con el castigo económico de la fotomulta, la sanción económica de la norma de tránsito, pero que no se cuestiona el perverso diseño, función y estado que la maya vial urbana y peatonal cumple en esta ciudad.

Terminamos siendo los ciudadanos los responsables por aceptar que se hagan estas obras. Afectados por tener que exponer nuestras vidas al movilizarnos por estos mal diseñados lugares  y, lo peor, siendo culpables por no cumplir con lo exigido por la norma y el control social en una malla vial urbana que produce caos, descontrol e inseguridad.

La ciudad reproduce en este sentido miedos urbanos para vivirla y disfrutarla. Un diseño urbano que impide su disfrute para caminarla y reconocerla en placenteros y seguros paseos urbanos.


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