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lunes, 11 de mayo de 2015

SISTEMA FINANCIERO GLOBAL, CRISIS AMBIENTAL Y ÉTICA

Sistema financiero global, crisis ambiental y ética

Por
Hernando Uribe Castro

La acción humana ha generado importantes efectos sobre los elementos de la naturaleza. Lo que ha sucedido a lo largo de la existencia social sobre la tierra, es que precisamente cada época precisó un modo particular de comprender su relación con ella. De ahí, emerge el planteamiento del filósofo Hans Jonas, cuando estima que: “Para el hombre antiguo y medieval, pretécnico (en la acepción moderna de la «técnica»), la naturaleza era algo duradero y permanente, sometido ciertamente a los ciclos y cambios, pero capaz de curar sin dificultad las pequeñas heridas que el hombre le causaba con sus minúsculas intervenciones. Esto ha cambiado radicalmente con la aspiración de la ciencia moderna y la técnica que de ella se deriva. Ahora el hombre constituye de hecho una amenaza para la continuación de la vida en la Tierra. No sólo puede acabar con su existencia, sino que también puede alterar la esencia del hombre y desfigurarla mediante diversas manipulaciones. Todo esto representa una mutación tal en el campo de la acción humana que ninguna ética anterior se encuentra a la altura de los desafíos del presente.” (1995:8)

En los últimos siglos el capitalismo generó impactos ecológicos profundos e irreversibles. Un actor responsable de la crisis ambiental global es el Sistema Financiero y sus principales organismos: Banco Mundial, Fondo Monetario Internacional y la Organización Mundial del Comercio. Es responsable porque a través de sus organismos, oficinas y sedes, se han aprobado inversiones, préstamos y apoyos a Estados, corporaciones y/o empresas. Un sistema que financia todo tipo de iniciativas que produzcan rentabilidad, sin importar los daños que generen sobre la naturaleza y la humanidad.

A través de sus políticas, alienta a los gobiernos, a imponer planes de desarrollo alineados con sus intereses, para hacer aún más frágiles a los Estados en lo que toca a sus instituciones y en su responsabilidad social y ambiental. Al tiempo que los debilitan, los hacen fuertes para afianzar el negocio internacional, liberar sus economías al mercado mundial, especializar los territorios a partir de las llamadas ventajas comparativas. A promover actividades extractivistas focalizadas en los recursos fósiles, minerales y biológicos. A desarrollar megaproyectos que impactan las comunidades y sus entornos locales. A abaratar la mano de obra. A imponer paquetes tecnológicos que destrozan el ambiente y exterminan las comunidades campesinas, indígenas y afrodescendientes. Esto ha sido claro en América Latina con la tendencia al extractivismo, los megaproyectos y la ampliación de la línea de pobreza y miseria.

También alienta a las Corporaciones globales (ICBC, China Construction Bank, JPMorgan, General Electric, Exxon Mobil, HSBC Holdings, Royal Dutch Shell) y grupos empresariales, como las mineras (BHP Bilinton, Vale, Rio Tinto, Anglo American, Freport-McMoRan) con préstamos jugosos, para financiar sus proyectos e inversiones en recursos fósiles como petróleo, carbón y mercados de carbono. Incluso, se les han aprobado inversiones, préstamos y apoyos para implementar negocios con el agua, la tierra, el aire, el subsuelo en diferentes partes del mundo, con retorno a grandes velocidades de capitales y ganancias. Y detrás de estos proyectos, aparece “oculta” la ciencia y todos sus desarrollos científicos y técnicos.

Como es de esperarse - y frente a la presión global por la necesidad de resolver el problema del calentamiento global y depredación de la naturaleza-, estos organismos internacionales construyen un discurso ecológico (ecología débil), como mecanismo con el que pretenden mostrar su interés y preocupación por la salud del planeta y la sociedad. Por ejemplo, en algunos países se vienen utilizando los “Bonos verdes”. Según el Banco Mundial “El año anterior se  emitieron bonos verdes por unos US$11 000 millones.” ¿Son estos bonos verdes una posible solución? ¿Acaso no se pueden poner en  práctica de parte de estas corporaciones, soluciones mucho más radicales?

¿Cuánto dinero se mueve a través  del sistema financiero global para la exterminación ambiental en los territorios latinoamericanos? ¿Se abstendrá el sistema financiero de aprobar préstamos a corporaciones globales encargadas realizar proyectos extractivos altamente destructores del planeta y de las condiciones del sistema viviente? ¿Cuánto de nuestro dinero depositado en los bancos, como ahorros, fueron utilizados para financiar empresas destructoras de la naturaleza y de las comunidades locales? ¿Es posible que las corporaciones financieras utilicen criterios éticos para realizar préstamos a empresas que acaban con el ambiente local y global?

¿Por qué en Colombia no se ha planteado este debate ético de los bancos y corporaciones financieras en su responsabilidad con la crisis ambiental? ¿Se habla siquiera de las inversiones sostenibles tanto del Estado como de los  privados? ¿Hacen parte estas discusiones de la agenda política en los escenarios de decisión en este país? Por tanto, urge poner en juicio ético y político -por las implicaciones que han tenido sus acciones y actos sobre la naturaleza, el clima, la destrucción de zonas frágiles y las comunidades locales- al sistema financiero y sus secuaces.

Estamos urgidos de tomar la recomendación que magistralmente lanzó a todas voces Hans Jonas sobre la necesidad de una nueva ética orientada al futuro, que debe regir el presente: la ética de la responsabilidad. Las éticas fundadas en el pasado quedaron desbordas con las acciones humanas logradas por la ciencia y la tecnología. Y esto nos pone en un grave problema porque para las condiciones de crisis ambiental y humana del presente, todavía operan esas éticas ya desgastadas. Por ello, la naturaleza parece no doler, no importar y no ser parte de nuestra responsabilidad en un mundo que está gobernado por la ingenuidad de la humanidad, el egocentrismo de especie, la arrogancia de unos pocos y la vanidad de su poder, donde el capital es flujo -invertido y con altas y veloces tasas de retorno y ganancia-, y que tiene la capacidad de ocasionar daños irreparables e irreversibles sobre el planeta.


La ética de la responsabilidad se hace mucho más urgente: “Obra de tal modo que los efectos de tu acción no sean destructivos para la futura posibilidad de vida”. (H. Jonas, 1995:40).

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